el lazo de la cosecha
Al trenzar el lazo de la cosecha
entretejiste el sosegado silencio que hay en ti
en unas espigas que no se deterioran
sino que mejoran al tensarse vuelta a vuelta
en forma de corona familiar,
un desechable nudo de amor hecho de paja.
Las manos que envejecieron asidas a varas de fresno y cañas,
las que envolvieron las espuelas de los gallos de pelea,
atendían a su talento y trabajaban con gran concentración
hasta que tus dedos se movieron sonámbulos:
lo palpo y toqueteo como si fuera braille,
espigando de lo palpable lo no dicho,
y si indago entre sus dorados círculos
nos veo caminar junto al talud de las vías
hacia un atardecer de hierba alta y de mosquitos,
una columna de humo azul, viejos arriates y arados en los setos,
el anuncio de una subasta en la pared de un cobertizo…
tú con un lazo de la cosecha en la solapa,
yo con la caña de pescar, ya nostálgico
del ánimo de esos atardeceres, mientras tu bastón
que desmocha matorrales y hierbajos
bate a destiempo, y bate, pero no levanta
nada: aquella campiña original
con la lengua aún atada en la paja atada por tu mano.
La paz es la finalidad del arte
podría ser la divisa de este frágil emblema
que he clavado en nuestra cajonera de pino:
como un cepo abierto
del que el espíritu del trigo acaba de escaparse
dejándolo pulido, y aún caliente.