el hombre de grauballe
Como si lo hubieran bañado
en alquitrán, descansa
en una almohada de turba
y parece llorar
el río negro de sí mismo.
Las vetas de las muñecas
son de madera de turbera,
la base del talón
es un huevo de basalto.
El empeine se ha contraído,
frío como la pata de un cisne
o una húmeda raíz del pantano.
Las caderas son las estrías
y la bolsa de un mejillón,
la columna una anguila detenida
bajo un destello de fango.
La cabeza se levanta,
la barbilla es una visera
alzada sobre el respiradero
de la garganta degollada
y endurecida al curtirse.
La acecinada herida se abre
hacia dentro, hacia un lugar
oscuro como bayas de saúco.
¿Quién llamaría «cadáver»
a este molde vívido?
¿Quién llamaría «cuerpo»
a esta quietud opaca?
Y el cabello herrumbroso,
una maraña igual de insólita
que la de un feto.
Vi su rostro retorcido
por primera vez en una foto,
una cabeza y un hombro
asomando de la turba, magullados
como tras un parto con fórceps,
pero ahora descansa
perfeccionado en mi memoria
—también la roja cuerna
de sus uñas-
colgado en la balanza
junto a Atrocidad y Belleza:
junto al Gálata moribundo
rigurosamente encajado
encima de su escudo,
junto al peso real
de cada encapuchada víctima,
acuchillada y tirada.