district y circle
Las melodías de un flautín subterráneo
se enroscaban por el pasillo que solía recorrer
hacia donde sabía que siempre me esperaba
mi observador sobre las baldosas, junto a la gorra,
los dedos inquietos, los ojos clavados en mí
con una mirada no acusadora y que yo no eludía,
o aún no al menos, puesto que ambos pretendíamos
ver con nuestros propios ojos.
La música correteaba
y brincaba mientras yo manoseaba y hacía amago
con una moneda en ristre, pero luego bajaba los ojos
pues ¿acaso no había un reconocimiento en nuestro trato?
Concedido el paso, volvía a guardarla en el bolsillo y asentía,
y él, que no había dejado de mirarme, asentía a su vez.
Apostados, mirada al frente, sobre el confuso baluarte
de las escaleras mecánicas que suben y que bajan
acompañadas de un monótono y ligero balanceo,
éramos transportados, sin mover ni un pie.
En otra parte, soterrado, un motor se encendía,
retumbaba, aceleraba, se acompasaba, callaba.
Relucían blancos azulejos. En pasadizos llenos
de corrientes de túneles más fríos, extrañaba la luz
de un día que a esas alturas era un misterio absoluto,
los parques a la hora de comer donde quien toma el sol
se acuesta sobre un césped que calienta su cuerpo
pese a todo, una escena de resurrección minutos antes
de la resurrección, asiduos
de su jardín de las delicias, del escalonado verano.
Una planta más abajo el andén estaba abarrotado.
Me reincorporé a la seguridad de los números,
una multitud medio caóticamente distante medio unida
como una cadena humana, el torrente de recién llegados
avasallando a empujones, rumorosos debajo de la bóveda,
en sus marcas para ser el primero en cruzar las puertas,
ruidosos de la calle, luego sucumbiendo al silencio de la masa…
¿Había sido un traidor, hacia mí mismo o hacia él?
Siempre me resulta nuevo y siempre familiar,
este irredento, ahora arrepentido giro
mientras espero, alegre al sentir un primer temblor,
luego atrapado en la tromba de ahora o nunca
de todos y cada uno de un extremo a otro del tren.
Tras salvar el espacio entre coche y andén,
ya sobre el metal del vagón, traté del alcanzar
la rechoncha y negra raíz del techo y coger posición
del plantado pulpejo del pie al pulpejo de la mano
a la vez que el tirón y la agradable tracción me sostenían.
Ya estaba de camino, aprestado, mas en vilo,
clavado al suelo, a flote, distanciado,
atento al sucederse de los menguantes ecos,
de espaldas a la puerta sin cerrar, con el andén
vacío; y deseé que pudiera haber durado más
esa larga pausa intermedia antes de la agitación
y el acristalamiento, cuando ningún impulso
es bienvenido y los cuerpos se readaptan,
ciegos ante sí mismos y otros cuerpos.
Así que más adentro, arrastrado por la turba, colgado
de la cinta, el brazo alzado girando sin parar como un mayal,
el rostro acristalado de mi padre en mi propia mengua
y cuello alzado…
Y de nuevo el gruñido
de las puertas cerrándose, la sacudida y el tiple excepcional
del hierro sobre el hierro, luego el largo y centrífugo
empellón de la velocidad sobre cada articulación tironeada.
Y de este modo ser transportado noche y día
por las hondas galerías junto a ellos, el único relicto
de todo a lo que yo pertenecía, precipitado,
reflejado en una ventana detrás de cuyo espejo
pasaba la ráfaga de las paredes de piedra rezumante.
Entre destellos.