País Poema - Autores

seamus heaney

desde la república de la conciencia

I
Cuando aterricé en la república de la conciencia
era tanto el silencio al apagarse los motores
que alcancé a oír un alcaraván sobre la pista.
En inmigración el funcionario era un anciano
que se sacó una cartera del abrigo de sayal
y me mostró una fotografía de mi abuelo.
La mujer de la aduana me pidió que declarara
las palabras de nuestros tradicionales remedios y conjuros
para curar la mudez y alejar el mal de ojo.
Sin mozo de equipajes. Sin intérprete. Sin taxi.
Cada uno cargaba con lo suyo y muy pronto
cualquier síntoma de latente privilegio se esfumaba.
II
La niebla es un temido presagio allí pero el relámpago
augura un bien universal y los padres cuelgan
de los árboles niños en pañales durante las tormentas.
La sal es su preciado mineral. Y se acercan una caracola
a la oreja durante los funerales y los nacimientos.
La base de toda tinta y pigmento es el agua de mar.
Su símbolo sagrado es un estilizado navío.
La vela es una oreja, el mástil una pluma inclinada,
el casco el contorno de una boca, la quilla un ojo abierto.
Durante su investidura, los dirigentes públicos
deben jurar defender la ley no escrita y llorar
para expiar la osadía de ostentar un cargo…
y reafirmar su fe en que toda vida procede
de la sal de las lágrimas que lloró el dios del cielo
después de soñar que su soledad era infinita.
III
Regresé de aquella austera república
con las manos vacías, pues la mujer de la aduana
insistió en que lo único permitido era yo mismo.
El anciano se incorporó y me miró a los ojos
y proclamó que quedaba reconocido oficialmente
que desde entonces disfrutaba de doble ciudadanía,
por lo que me rogó que cuando llegara a casa
me considerara su representante
y que hablara en mi idioma en su favor.
Sus embajadas, añadió, estaban en todas partes
pero operaban de forma independiente
y a los embajadores no los destituían jamás.