de tala
3
Cuando todos los demás se marchaban a misa
me tenía solo para ella y pelábamos patatas.
Rompían el silencio al dejarlas caer una a una
como de un soldador las lágrimas de estaño:
fríos consuelos entre los dos, cosas compartidas
que relucían en un cubo de agua limpia.
Y otra caía. Los pequeños y gratos chapoteos
del trabajo mutuo nos devolvían a la realidad.
De modo que mientras el párroco al lado de su cama
seguía dale que dale con las plegarias fúnebres
y algunos le respondían mientras otros lloraban,
recordé su cabeza inclinada hacia mi cabeza,
su aliento en el mío, la fluidez de los inmersos cuchillos…
que nunca volvieron a estar tan cerca en nuestra vida.
7
En los últimos minutos le dijo casi más
que durante toda su vida juntos.
«Estarás en New Row el lunes por la noche
y subiré a buscarte y te pondrás contenta
cuando entre por la puerta… ¿no es cierto?».
Inclinaba la cabeza hacia la de ella, recostada en la almohada.
Ella no podía oír, pero estábamos exultantes.
Él la llamaba mi bien, mi niña. Después murió,
se abandonó la búsqueda de un pulso
y todos supimos una cosa estando allí.
El espacio que ocupábamos había sido vaciado
en nosotros para que lo conserváramos, penetró
en lugares talados que se abrieron de repente.
Se abatieron altos llantos y sobrevino un cambio puro.