de station island
VII
Había llegado al borde del agua,
cuya sola vista me aliviaba, y me quedé allí,
como si fuera un barómetro transparente
o un espejo, cuando sin que apareciera
su reflejo alcancé a sentir una presencia
que irrumpía en mi intento de concentrarme
en no estar concentrado cuando al momento
pronunció mi nombre. Y aunque reticente,
me volví para ver su rostro y aún me dura
la impresión que me produjo lo que vi. Tenía
la frente abierta sobre el ojo y sangre
seca sobre el cuello y la mejilla. «Calma»,
dijo, «soy yo. Has visto a tipos tan maltrechos
tras un partido de fútbol… Qué hora era
cuando me despertaron sigo sin saberlo
pero escuché muchos golpes en la puerta, y eso
me asustó, como un teléfono a altas horas,
así que tuve el tino de no encender la luz
sin antes asomarme a mirar por las cortinas.
Vislumbré a dos clientes a la entrada
y un viejo Land Rover con las puertas abiertas
aparcado en la calle, así que solté las cortinas;
pero debían de esperar verlas moverse,
pues me gritaron que bajara a la tienda.
Ella empezó a llorar y a dar vueltas en la cama,
lamentándose y lamentándose,
sin siquiera preguntar quién era. “¿Se te ha ido
la cabeza, o qué te ha dado?”, rugí, más
por recobrar la cordura
que por haberme realmente enfadado con ella,
pues los golpes me habían inquietado, su insistencia,
y las quejas de ella y sus alaridos lo empeoraban.
Durante todo el tiempo no dejaron de gritar: “¡Tendero!
¡Tendero!”, así que me puse los zapatos y una chaqueta
y regresé a la ventana y les pregunté a voces:
“¿Qué queréis? Haced el favor de no armar más jaleo
o no pienso bajar”. “Hay un niño que no está bien.
Abra y mire a ver si tiene algo… pastillas
o unos polvos o un frasco de cualquier cosa”,
dijo uno. Dio un paso para bajarse de la acera
de modo que pude verle la cara a la luz de la farola
y cuando el otro se movió los reconocí a ambos.
Por muy malos que hubieran sido los golpes, el silencio
me afectó más. Ella se había quedado ahora callada,
completamente quieta, susurrándome que tuviera cuidado.
Al llegar a la puerta del dormitorio encendí la luz.
“Es extraño que no fueran a buscar a un boticario.
¿Quiénes son de todos modos a estas horas
de la noche?”, me preguntó, con los ojos bien abiertos.
“Los conozco de vista”, dije, pero algo
me hizo buscar su mano en la cama y apretársela
antes de bajar las escaleras hasta el pasillo
de la tienda. Me quedé allí, sintiendo cómo
me flaqueaban las piernas. Recuerdo un olor rancio
a guiso de carne o a algo parecido colándose
cuando iba a abrir. Desde ahí en adelante
de lo que pasó tú sabes tanto como yo».
«¿No dijeron nada?». «Nada. ¿Qué iban a decir?».
«¿Llevaban uniforme? ¿Algún tipo de máscara?».
«Llevaban el rostro descubierto como si fuera de día,
unos mierdas que se creían los amos del cotarro».
«No es que vaya a servirte de consuelo
pero los atraparon», le conté, «y los encerraron».
Grandullón, amable, con cara de buen tipo, se quedó
absorto de todo lo que no fuera ahora
lo que le bullera en su descalabrada cabeza,
y esbozó una sonrisa. «Has cogido unos kilos
desde que ibas a por tu novia en aquel gran Austin
que conseguiste prestado un domingo por la noche».
Ni la vida ni la muerte lo habían envejecido.
Siempre hubo una pulcritud atlética
que resplandecía en él, y salvo por la destrozada
frente y la sangre, seguía siendo el mismo
centrocampista larguirucho de jersey azul y pantalones
almidonados, el único tipo con estilo en el equipo,
la perfecta, limpia e inconcebible víctima.
«Perdón por haber vivido con esta indiferencia…
perdóname mi tímida implicación circunspecta»,
me sorprendí diciéndole. «Perdonar
nada», dijo, «todo eso ya no es cosa mía».
Y luego una punzada de dolor pareció recorrerlo
y tembló como el aire caliente y se desvaneció.
XII
Como un convaleciente, acepté la mano
que me ofrecían desde el muelle, y volví a sentir
un ajeno consuelo cuando al poner un pie en tierra
me encontré la mano amiga aún en la mía,
huesuda y fría como un pez, pero si para guiar
o para ser guiado no podía saberlo a ciencia cierta,
puesto que el hombre alto que caminaba conmigo
parecía ciego, aunque iba recto como un junco
con su bastón de fresno, fija la mirada al frente.
Después le reconocí al instante
al verlo allí en el asfalto entre los coches,
severamente envejecido, afilado como un endrino.
Recordé su voz, un remolino de las vocales
de todos los ríos, aunque seguía sin hablar,
una voz de fiscal o de cantante, astuta,
narcótica, mimética, definida como el primer
trazo de un plumín de acero, limpio y rápido,
y de repente golpeó una papelera
con el bastón, y dijo: «Tu obligación
no puede desempeñarla ningún rito común.
Lo que haces debes hacerlo a tu manera.
Lo más importante es escribir
por el placer de hacerlo. Cultiva unas ganas de trabajar
que imaginen su meta como tus manos por la noche
sueñan con el sol en la mancha solar de un pecho.
Has ayunado, estás mareado, eres peligroso.
Parte de aquí. Y no seas tan concienzudo,
tan dispuesto a ceñirte el cilicio. Déjate
llevar, suéltate, olvida. Ya basta
de escuchar. Que ahora suene tu nota».
Fue como si hubiera puesto un pie en el vacío
a solas y con nada que no supiera
ya. Las gotas de lluvia me golpeaban la cara
cuando volví en mí y escuché el sermón y las broncas
que seguían y seguían. «El idioma inglés
nos pertenece. Remueves hogueras extinguidas,
repites las antiguas quejas a tu edad.
El tema del pueblo subyugado es un juego de pega,
algo infantil, como este peregrinaje de palurdo.
Pierdes más de ti mismo de lo que te compensa
al hacer lo correcto. Vete por la tangente.
Cuando amplían el círculo es hora de que salgas
nadando por ti mismo y llenes el elemento
con compases de tu propia frecuencia,
sondas acústicas, búsquedas, pesquisas, acicates,
brillos de angulas en la oscuridad del mar inmenso».
La llovizna se convirtió en un chaparrón, el asfalto
humeaba y siseaba. Al alejarse apurando el paso
el telón del aguacero cayó sobre su recto caminar.