de ruta 110
I
Con un manchado guardapolvo abotonado por delante
—de un marrón seco con las costuras carmesíes—
desde la sección de Clásicos hacia un pasillo
que huele a desinfectante y madera carcomida
emerge ella, absorta contando las monedas,
vista al frente, la mano derecha ocupada
en la flácida abertura marsupial
de su bolsita de cambio, pensando en cuánto va a cobrarme
por un ejemplar usado de la Eneida VI.
Una bocanada de polvo a la entrada del cubículo
es lo que inhalo mientras ella desliza mi compra
en una bolsa de papel marrón con barbas.
III
En cuanto el conductor oprimió una manilla
los destinos empezaron a dar vueltas
a cámara rápida en el letrero, y todo
cobró vida. Los pasajeros
se congregaron en la acera como agitados grajos
en torno a la colonia, con mucho revuelo
pero indecisos. Momento en el que el revisor
que controlaba el gallinero en la estación y el autobús
separó y dirigió a todo el mundo
anunciando no los nombres sino los números de ruta,
y así nos dispersamos según las instrucciones, yo
hacia la Ruta 110, Cookstown vía Toome y Magherafelt.
XII
Y ahora la época de los nacimientos. Como cuando
una vez al amanecer al pie de nuestro jardín trasero
el último en marcharse volvió con flores frescas
para disipar cualquier olor de alcohol o de tabaco
que pudiera quedar en el lugar a donde madre e hija
llegarían más tarde esa mañana de la clínica,
así ahora, como acción de gracias para alguien
cuya larga espera en la orilla sombría ha concluido,
llego con mi manojo de tallos y pétalos plateados
como candelas que no se atenuarán cuando despunte
su luz terrestre y nosotros nos reunamos
en torno hablando con lenguaje de bebé.