de los sonetos de glanmore
II
Presentimientos, algo que aflora de los escondites,
palabras que casi forman parte del sentido del tacto,
saliendo como hurones de su oscura conejera…
«Son un misterio estas cosas, no un secreto»,
me dijo Oisin Kelly ya hace años
en Belfast, mientras suspiraba por una piedra
cómplice del cincel, una en la que la veta
recordara lo que el golpe del mazo ansiaba saber.
Luego aterricé en la escuela clandestina de Glanmore
y desde detrás de los ribazos esperaba alzar
una voz a distancia entre la consigna y el puntero lento
que pudiese continuar, retener, disipar, aplacar:
vocales que arasen un terreno distinto, abierto,
donde los versos volviesen como volvía el arado.
VII
Dogger, Rockall, Malin, mar de Irlanda: los verdes
y veloces estallidos, la inestabilidad del Atlántico norte
conjurada por esa voz que pronostica la borrasca,
se colapsan en una sibilante penumbra.
Medianoche y cierre. Las sirenas de la tundra, del camino
de la anguila, de la foca, de la quilla, de la ballena,
alzan su endecha de galerna tras la puerta de paño
y conducen a los pesqueros al abrigo de Wicklow.
L’Étoile, Le Guillemot, La Belle Hélène
mecían sus nombres brillantes esta mañana en la bahía
lenta como argamasa. Era maravilloso
y real, dije en voz alta, «un refugio»,
y la palabra era intensa, clara, como el cielo
en otra parte, en los Minches, en Cromarty, en las Feroe.