País Poema - Autores

seamus heaney

de fuera del maletín

1
Todos nosotros salimos del maletín del doctor Kerlin.
Solía llegar con él, desaparecer en el cuarto
y en el momento en que reaparecía para lavarse
aquellas manos entrometidas, rosadas, grandes, suaves,
en el fregadero, el interior forrado
(del color del interior de la oreja de un spaniel)
estaba vacío a la vista de todos, la abertura de la trampa
desabotonada y abierta de par en par. Como un hipnotizador
nos relajaba luego: volvía a envolver los instrumentos
en su forro, le hacía un nudo al paño
como si fuera un mandil,
ponía un pie en la puerta y se marchaba
maletín en mano, un arca regordeta asida por la quilla…
Hasta que se presentaba la siguiente ocasión y regresaba
con su cuello forrado de piel, también color spaniel,
y subía encorvado a la habitación: un olorcillo
a desinfectante, el destello como de interior holandés
del satén del chaleco y los reflejos sobre el fórceps.
Poner el agua a punto, eso era lo siguiente…
no borboteantemente caliente, y tampoco tibia, sino suave,
deliciosamente jabonosa, sacada del depósito de lluvia
solo para él, que luego la probaba, rechazando
agradecimientos mientras se secaba con la toalla,
después alargaba de repente los brazos hacia atrás
para ser atendido y ataviado con el abrigo de camello.
Momento en el cual posó una vez sus ojos en mí,
hiperbóreos, de un azul más azul que el viento del norte,
dos mirillas hacia la habitación cerrada que yo veía
cada vez que se mencionaba su nombre, leche
desnatada y hielo, porcelana fregada, los azulejos
blancos y fríos, los ganchos de acero, el cromado instrumental
y el gotear de la sangre sobre el serrín en donde se espesaba
al pie de cada pared helada. Y en lo alto
las pequeñas partes de bebé color chupete
colgadas pulcramente en una hilera junto al techo:
un dedo, un pie y una canilla, un brazo, un pito
con cierto parecido a la pequeña rosa de su ojal.
4
La habitación de la que salí yo y salimos todos
sigue siendo pura realidad ahora que estoy yo solo,
aguantando el paso del tiempo, y ella duerme
en sábanas puestas para el médico, regalos de boda
que han aparecido una y otra vez, nupciales
y usuales y útiles como los partos y las defunciones.
Yo estoy junto a la cama, incubando de verdad,
mirando, apareciendo ante ella según cierra
y abre los ojos, luego vuelve a adquirir
una sonrisa ausente en cuyo campo visual
yo entro todo el rato, para ayudar y que me pregunte
con ese enronquecido susurro triunfal:
«¿Y qué te parece
el nuevo bebecito que nos ha traído el doctor
mientras estaba dormida?».