País Poema - Autores

seamus heaney

de digas lo que digas no digas nada

I
Escribo esto justo después de un encuentro
con un periodista inglés que buscaba «opiniones
sobre el tema irlandés». He vuelto a los cuarteles
de invierno, donde las malas noticias ya no son noticia,
donde periodistas y corresponsales husmean y señalan,
donde teleobjetivos, grabadoras y cables enrollados
tapizan los hoteles. El mundo está fuera de quicio
pero siento la misma inclinación por los rosarios
que por los rápidos apuntes y los análisis
de los políticos y los reporteros
que han transcrito la larga campaña desde el gas
y las protestas a la gelignita y los subfusiles,
que comprobaron en su propio pulso la «escalada»,
la «reacción» y la «represión», «el ala provisional»,
la «polarización» y el «odio prolongado».
Pero yo vivo aquí, yo vivo aquí también, canto,
experto en ser civilizado con los civilizados vecinos
en la cuerda floja de los primeros informes radiofónicos,
y me trago el falso regusto, los sabores pedregosos
de aquellas réplicas autorizadas, antiguas y rebuscadas:
«Oh, es vergonzoso, sin duda, estoy de acuerdo».
«¿En qué acabará todo esto?» «Cada vez es peor».
«Son asesinos». «Reclusión, como es natural…».
La «voz de la cordura» se está quedando ronca.
III
«La religión aquí nunca se menciona», por supuesto.
«Los reconoces por sus ojos» y muérdete la lengua.
«Un bando es tan malo como el otro», nunca peor.
Por Dios, ya es hora de que se abra una pequeña brecha
en los grandes diques que hizo el holandés
para contener la peligrosa marea que siguió a Seamus.
Pero pese a todo este arte y sedentario intercambio
no soy capaz. La famosa
reticencia norteña, la apretada mordaza del lugar
y la época: sí, sí. A los «seis pequeños» canto,
donde para salvarte solo esto hace falta: salva la cara
y digas lo que digas, no digas nada.
Las señales de humo son escandalosas comparadas
con nosotros: las maniobras para averiguar nombre
y escuela, la sutil discriminación según el barrio
con apenas alguna excepción a la regla
de que Norman, Ken y Sidney indicaban «Protestante»
y Seamus (llamadme Sean) con toda seguridad «Papista».
Oh tierra de contraseñas, apretones de manos, guiños y muecas,
de abiertas mentalidades como una trampa abierta,
donde las lenguas se encogen como bajo las llamas las mechas,
donde la mitad de nosotros, como en un caballo de madera,
estábamos oprimidos y encerrados como astutos griegos,
asediados dentro del asedio, susurrando en morse.
IV
Esta mañana desde la autopista cubierta de rocío
reparé en el nuevo campo de reclusos:
una bomba había dejado un cráter de fresca arcilla
en la cuneta, y arriba entre los árboles
las ametralladoras perfilaban una verdadera empalizada.
Había esa neblina blanca propia de las llanuras bajas
y era como un déjà-vu, como alguna película
sobre Stalag 17, como un mal sueño sin sonido.
¿Hay vida antes de la muerte? Eso está escrito
en Ballymurphy. Aptitudes para el dolor,
el sufrimiento coherente, un bocado y un sorbo:
volvemos a abrazar nuestro pequeño destino.