chanson d’aventure
I
Amarrado, de la camilla al elevador, fijado
en posición para el viaje,
zarandeado, dando botes con la velocidad,
la enfermera junto al conductor, tú instalada
en el asiento que dejó libre en el rincón, yo boca arriba…
sin cambiar de postura todo el trayecto,
nos dijimos todo y nada, las miradas
se entrelazaron a la velocidad del láser, ningún transporte
había sido como aquel, en el frío soleado
de una ambulancia una mañana de domingo
cuando podríamos, oh amor mío, haber citado a Donne
sobre el amor en suspenso, cuerpo y alma separados.
II
Separados: la palabra misma es como una campana
que el sacristán Malachy Boyle hacía sonar
in illo tempore en Bellaghy
o la que yo hacía doblar en Derry en mi época
de campanero en el colegio, el tirón todavía
en la base de la antes competente y tibia
mano, mano que no pude sentir que me alzaras
y abrigaras con la tuya durante aquel trayecto
en el que colgaba lacia como una cuerda de campana
y corríamos a toda velocidad por Dungloe,
Glendoan, nuestras miradas extáticas y bisecadas
por la bolsa del suero conectada a la cánula.
III
El auriga de Delfos se sostiene él solo,
desaparecidos sus seis caballos y su carro,
la mano izquierda cercenada
desde una muñeca que sobresale como un surtidor,
las riendas de bronce ondeando en la derecha, la mirada
vacía como el espacio donde debería estar el tiro,
la postura de vista al frente, espalda recta, como la mía
al hacer la fisio en el pasillo, sosteniéndome
como si una vez más lograra mantener el paso
entre dos estevas, la mano de otro sobre la mía,
cada deslizarse de la reja del arado, cada piedra golpeada
detectada como un pulso en las empuñaduras de madera.