casco
El de Bobby Breen. Su regalo de bombero de Boston
con Breen en letras escarlata sombre la amplia
ala en abanico,
tinturas de sudor y de gomina
en la almohadilla ajada y el tejido amortiguador
bajo la corona
—o mejor dicho la cimera, que es lo que es—
revestida de cuero, con cantos de acero, forjada y cosida la mano,
terminada en una pequeña yema de cobre batido…
El casco blasonado de Bobby Breen lleva en mi estante
veinte años, «el yelmo
de la tribu», como lo llamó O’Grady
en un apropiado tono heroico aquella tarde
cuando el bombero-poeta me hizo entrega del mismo
como «bombero visitante»:
como si yo estuviera a la altura, como si hubiese
servido bajo él, su escudo de barón del fuego,
entoldando su hombro, mientras cristales rotos
y escombros procedentes de un tejado en llamas
llueven sobre los hombres con hachas y mangueras
hasta romper el firme y alzado muro de los escudos.