campo visual
Me acuerdo de esta mujer sentada durante años
en una silla de ruedas, siempre mirando de frente
por la ventana a los sicómoros que perdían
y echaban hojas en la otra punta de la senda.
Directamente tras el televisor de la esquina,
el raquítico, agitado arbusto del majuelo,
los mismos terneritos expuestos al viento y a la lluvia,
la misma extensión de hierba cana, la misma montaña.
Era tan imperturbable como el propio ventanal.
Su frente relucía igual que los cromados de la silla.
No se lamentó ni una sola vez y nunca
escatimó ni un gramo de carga emocional.
Un cara a cara con ella suponía una enseñanza de esas
que obtienes a través de un portón bien apuntalado…
uno de esos delgados, limpios, de hierro, al borde del camino
entre dos pilares encalados, en donde alcanzas a ver
mucho más lejos en el campo de lo que te habías
esperado y descubres que el terreno tras el seto
se va volviendo más y más extraño según sigues allí
concentrado y atraído por lo que te impedía el paso.