País Poema - Autores

seamus heaney

alfabetos

I
Una sombra que hace su padre uniendo las manos
y los pulgares y los dedos mordisquea en la pared
como la cabeza de un conejo. Entiende
que entenderá más cuando vaya a la escuela.
Allí dibuja humo con tiza durante la primera semana,
luego dibuja el palito ahorquillado que llaman una Y.
Esto es escribir. Un cuello de cisne y un lomo de cisne
forman el 2 que ahora ya reconoce y también lee.
Dos vigas y un travesaño en la pizarra
son la letra que algunos llaman a, otros llaman ei.
Hay tablas, hay encabezados, hay una forma
correcta de sujetar la pluma y una incorrecta.
Lo primero es «copiar», y luego «inglés», marcadas
con una pequeña azada torcida que indica que están bien.
El olor de los tinteros flota en el silencio del aula.
En la ventana un globo está inclinado como una O coloreada.
II
Las declinaciones resonaban en el aire como un hosanna
mientras, una columna estratificada tras otra,
el primer volumen de Elementa Latina,
marmóreo y amenazador, tomaba forma en él.
Pues fue acogido después en una escuela más estricta
que llevaba el nombre del santo patrón del robledal
donde las clases cambiaban al sonar una campana
y decidió abandonar el foro latino por la sombra
de la nueva caligrafía en la que se sentía
como en casa. Las letras de este alfabeto eran árboles.
Las mayúsculas eran huertos en plena floración,
las líneas escritas, como zarzas enroscadas en las zanjas.
Allí, con su redecilla en el pelo y los pies descalzos,
con tirabuzones en asonancia y sonidos silvestres,
ella, sueño del poeta, le invadió como la luz del sol
y se adentró en los matorrales tenebrosos.
Y aprende esta otra escritura. Es el escriba
que condujo una yunta de plumas por su campo blanco.
Por la puerta de su celda los mirlos picotean y pasan.
Luego la abnegación, el ayuno, el puro frío.
Según reglas más duras cuanto más cerca del norte
se inclina sobre su mesa y comienza de nuevo.
La hoz de Cristo ha estado en la maleza.
La escritura es ahora despojada y merovingia.
III
El globo ha girado. Se encuentra en una O de madera.
Hace alusión a Shakespeare. Hace alusión a Graves.
El tiempo ha demolido la escuela y la ventana de la escuela.
Las empacadoras dejan caer fardos como impresos
donde las gavillas formaban lambdas sobre el rastrojo
y la forma delta de cada hoyo de patatas había sido
cubierta y moldeada para protegerlo de la helada.
Todo desapareció, también la omega que hacía
guardia en cada puerta, la herradura de la suerte.
Pero el lenguaje formado de notas, absoluto en el aire
como el in hoc signo escrito en el cielo de Constantino,
puede aún dominarle; o el nigromante
que solía colgar de la bóveda del techo de su casa
una figura del mundo con colores
para que fuera en la figura del universo
y «no solo en cosas aisladas» en lo que reparase
cuando caminase fuera. Igual que el astronauta
ve desde su ventanuco aquello de donde procede,
la ascendida, acuosa, singular, luciente O
como un óvulo amplificado y flotante…
o como mi propia mirada pre-reflexiva, intrigada
del todo ante el enlucidor que subido a su escalera
repasa nuestro hastial y escribe allí nuestro nombre
con la punta de su paleta, una extraña letra tras otra.