Cuando, en medio del profundo jacinto que ciñe el cielo,
viste, Oh Hermano, antes que tus ojos se nublaran,
en ira y soledad, a Él,
en medio de Su arrodillada e iluminada jerarquía:
escuchaste canciones que brotaban de labios extrañados con los años,
marginados y arruinados, hermosos en llamas,
tú —con los perdidos entre los pocos condenados,
la rebelde tropa caída—
al escuchar los halagos que adulaban Su nombre,
volviste al infierno un rostro que brillaba con lágrimas.
¿No esperaste en los portales hundidos,
donde cayeron los estuarios dorados,
contemplando el cielo antes del resplandor del infierno,
extendiendo tu mano hacia el trono donde se sienta el tirano?
Con el primer grito que sacudió al mundo esclavizado,
rápido, plateado, claro, ¡Contemplad! ¡Os hago libres,
libres como los vientos y las aguas,
hijos del lucero de la mañana!
¡Oh almas mías, os doy libertad,
ningún odio fulminante arrojado a la oscuridad!
No desde esos espacios encantados desde el ocaso al alba,
ni desde las túnicas de luz y música encerrada,
llegó el suave gemido de la desilusión,
sino más bajo que los más humildes en sus aflicciones,
los pisoteados y los desposeídos del destino;
éstos, meditando en un silencioso destello de lágrimas,
junto a las estrellas esculpidas en la inmensa noche,
recordaron su austero refugio:
el dolor y la amargura de los años,
concebidos en la ruina y embalsamados en odio.
¡Y ahora los hombres ya no temerán ni temblarán!
Porque el Cielo está destrozado,
descolorida está la hueste que, sin piedad,
juzgó a los atormentados
y repartió radiantemente a los muertos.
¡Mira! Donde tu trono fundido se alza en la noche
brillan las legiones, vuelan los buitres somnolientos;
lo primero que encontraron tus quejumbrosos ojos humanos,
incluso eso, es el paraíso...
¡Por fin, hermano mío, el despertar!
Antes de que rompa el amanecer, un crisólito perfecto.