louis armstrong
Me van a decir, seguramente, que Louis Armstrong ha muerto.
Por ejemplo. Y yo lo creeré. Seguro que lo creeré.
Nadie me negará, no obstante,
que algun día, me vendrá a buscar,
un poco más atrás del sonido,
un poco más allá de lo que puede escucharse,
una vibración casi musical y rítmica, en el aire.
Y será él.
O que, si, tal vez, algún día,
me sorprenda en los labios
una canción negra,
penetradamente triste y negra,
casi sin sentirla,
quién sabe.
O que alguna tarde,
o mejor, algún atardecer,
parado en la esquina de Santa Fe y Mitre,
esperando algo o alguien,
en la fisura quebrada del sonido neumático del 200
y la bocina algo aguda de un Citröen,
se deslice, de perfil,
un pequeño trozo de melodía oscura,
pegajosa,
húmeda,
apenas un trozo,
no más.
Y será él.
Pero si me dicen que ha muerto,
lo creeré,
claro que lo creeré.
Ha muerto.