el castillo
Muros, montículos, apretadas corrugaciones de oscuridad,
luz de luna sobre la hierba seca.
Caminando por este patio, sin dormir, afiebrado;
planeando usar —pero por definición
no hay salida, no hay salida—
escaleras de cuerda, vigas de madera, poleas,
un cohete zumbando sobre los muros y el foso,
máquinas fáciles de improvisar.
No hay escapatoria,
no hay tal cosa; soñar con nuevas dimensiones,
burlar el jaque mate pintando la túnica del rey
para que se deslice como una reina;
o gritar: «¡Pesadilla, pesadilla!»
como un cuerpo en el pozo del cólera
bajo una carga de cadáveres;
o golpear la cabeza contra esas paredes ciegas,
entrar en la mazmorra, atormentar los ojos
con duplicadas apariciones encadenadas,
y volverse frenético de miedo...
Morir y despertar sudando a la luz de la luna
en el mismo patio, sin dormir como antes.