efemérides
Me acordé,
esta mañana medianamente bucólica,
de la sombra bondadosa que ofrecía
el níspero que sembró doña Cecilia
tu madre
hace una cantidad insabible de veranos.
Los mismos veranos que,
plegados a la esquina de la verja
que arrinconaba dicho arbolejo japonés,
podían oírse en todo el jardín
de la casa de tus abuelos,
tus jadeos color turquesa y
las risillas vivarachas del niño
que vivió al lado y extrañamente fui yo.
Años después pasaron a escucharse
de las mismas bocas,
los gemidos color violeta
de un par de primeras veces;
yo intentaba toser el humo fuera de tus piernas,
tu retorcías el torso por los pormenores del sexo oral.
Recuerdo a medias haberme enamorado de ti
Durante la infantil inocencia de unos correteos.
No sé si fue el tonto cliché del vestidito de flores,
tu olor a esperanza y limón,
o la forma en la que reías
cuando rosaba con la yema de los dedos
la planta de tus pies.
Los arbustos que rodeaban el perímetro
de nuestras fantásticas nimiedades,
pronto se hicieron recovecos llenos de tesoros,
cartas al otro
y escondites obvios.
Luego de mucho, me hubiera complacido admitir
que ese rincón seguía cumpliendo su prometido,
solo que los tesoros pasaron a ser
quetes de cocaína que robábamos de don Cesar
tu madre
y las cartas se tornaron ceniza
arrebatada por el aire que alguna vez
se alojo entre nuestras lenguas de fuego.
Durante los días oscuros,
cuando me pedías sostenerte el cabello
y yo te imploraba parar,
los recuerdos invadían mi mente
igual que perros hambrientos;
tu bulimia revestida en excesos falsos de alcohol
pronto se metamorfoseaba en las lágrimas que brotaban de tus ojitos
caramelo, ayer
cuando te gané en quien llega primero al tercer piso y de vuelta.
Me temo que hoy,
en recuerdo de hace una cantidad –adrede insabible- de veranos,
unos hijos de puta cortaron el níspero
y la casa de muñecas a gran escala
(así le decía yo a la casa de tus abuelos)
fue demolida y puesta en disposición de un fin supremo y estúpido.
Entonces, volvimos a por nuestro cruel redescubrimiento,
y sostuve la mano que dejaste caer
(esa que siempre pones en el antebrazo para cubrir
las marcas, nunca supe porque no solo
utilizas blusas manga larga)
y dije que te amaba.
Espero que no me hayas creído,
ni hoy,
ni hace dos horas
ni hace veinte años.
Espero que no me creas nunca.
Ahora nosotros somos el níspero y las efemérides,
el útero y la sepultura,
el antes de Cristian, que nos enseño a lanzar
y el después de mí,
cuando me vaya.
Y dije que te amaba,
cobardeando sus ruinas,
solo para no olvidarme nunca que
hay cosas que el tiempo no puede borrar.