siervos
Siervos, viejos criados de mi infancia vinícola y pesquera
con grandes portalones de bodegas abiertos a la playa,
amigos,
perros fieles,
jardineros,
cocheros,
pobres arrumbadores,
desde este hoy en marcha hacia la hora de estrenar vuestro pie la nueva era del mundo,
yo os envío mi saludo
y os llamo camaradas.
Venid conmigo,
alzaos,
antiguos y primeros guardianes ya desaparecidos.
No es la voz de mi abuelo
ni ninguna otra voz de dominio y de mando.
¿La recordáis?
Decídmelo.
Mayor de edad,
crecida,
testigo treinta años de vuestra inalterada servidumbre,
es mi voz,
sí,
la mía,
la que os llama.
Venid.
Y no para pediros que deis alpiste o agua al canario,
o al jilguero
o al periquito rey;
no para reprocharos que la jaca anda mal de una herradura
o que no acudís pronto a recogerme por la tarde al colegio.
Ya no.
Venid conmigo.
Abramos,
abrid todos las puertas que dan a los jardines,
a las habitaciones que vosotros barristeis mansamente,
a los toneles de los vinos que pisasteis un día en los lagares,
las puertas a los huertos,
a las cuadras oscuras donde os esperan los caballos.
Abrid,
abrid,
sentaos,
descansad.
¡Buenos días!
Vuestros hijos,
su sangre,
han hecho al fin que suene esa hora en que el mundo va [a cambiar de dueño.