rubens
Era del hombre la pasión, la vida.
Era el caballo que se eleva a hombre,
relámpago las crines, y los ojos,
rayos de lluvia enamorada.
Era…
La edad que no conoce la edad, una corriente
como una espalda rosa de mujer sonreída,
ensanchando los bosques la ladridos y ciervos.
Era, tirante, un músculo en la fija ignorancia
de la hora y el filo que pudieran cortarlo.
Un alcohol siempre alto, una espuma ebria siempre,
rota en nácares blancas y venillas azules.
Era también, preciso y girando en su aguja,
un compás siempre en punto al dibujo de un seno,
tembloroso en las yemas ansiosas de asumirlo
y escapar en la noche un levante de estrellas.
Era además. . .
¡Oh nubes!
Que los ríos no olviden esta lección de agua
que puede dislocarse trasmutando los cielos,
que recuerde la mar y apunte en su memoria
las posibilidades de amanecer sin playas,
que la tormenta piense en el riesgo que corre
de abrirse al firmamento de las alegorías,
y la Belleza bella, en un despertar súbito,
verterse en los cabellos de Diana cazadora.
¡Oh dioses,
dioses,
dioses!
Delirio de la mano por sorprender que Venus
mide igual, de hombro a hombro, que Adonis poseído,
que la cadera pálida de una ninfa en huida
tiembla el mismo color que los ojos del sátiro.
¡Dionisos! ¡Cómo estallan los enjambres de mosto
bajo tu vagabunda risa voluminosa,
cómo ufanas tu vientre circunscrito al escándalo
de las contorneadas y repletas bacantes!
Jardines. Amplias Gracias de la luz que no oculta
más pasión que extenderse desnuda por los cuerpos,
de la línea que sabe en su concreto impulso
ceder anchos espacios al color que los llene.
¡Oh pintor de mayúsculas desmedidas no escritas,
de las exclamaciones que no encontraron signo,
de la boca y los ojos que al intentar decirte
tu hermosura no pueden expresarse y se espantan!
Tú, el Amor, tú los cielos en orgía, tú el árbol
que ha cubierto el mordido pezón flotante en fuga,
la solidificada música más redonda,
tú, el tumulto del sueño en volutas de carne,
tú, en fin, ese caballo que se desborda en hombre,
hinchándole las venas el verde soplo extraño
de erigirse en los tuétanos de la mar como tromba
que lo mueve, lo empuja, lo exalta y lo eterniza.