País Poema - Autores

rafael alberti

ese caballo ardiendo por las arboledas perdidas (elegía a fernando villalón 1881-1930)

Se ha comprobado el horror de unos zapatos rígidos contra
la última tabla de un cajón destinado a limitar por
espacio de poco tiempo la invasión de la tierra,
de esa segunda tierra que solo habla del cielo por lo que
oye a las raíces,
de esa que solo sale a recoger la luz cuando es herida por
los picos,
cortada por las palas
o requerida por las uñas de esas fieras y pájaros que prefieren
que el sueño de los muertos haga caer la luna sobre
hoyos de sangre.
Dejad las azoteas,
evitad los portazos y el llanto de ese niño para quien las ropas
de los rincones son fantasmas móviles.
¿Tú qué sabes de esto,
de lo que sucede cuando sobre los hombros más duros se
dobla una cabeza y de un clavo en penumbra se
desprende el ay más empolvado de una guitarra en olvido?
¿A ti qué te importa que de un álamo a otro salte un estoque
solitario o que una banderilla de fuego haga volar
la orilla izquierda de un arroyo y petrifique el grito de
los alcaravanes?
Estas cosas yo sólo las comprendo,
y más aún a las once y veinte de la mañana.
Parece que fue ayer.
Y es que éste fue uno de los enterrados con el reloj de plata
en el bolsillo bajo el chaleco,
para que a la una en punto desaparecieran las islas,
para que a las dos en punto a los toros más negros se les volviera
blanca la cabeza,
para que a las tres en punto una bala de plomo perforara la
hostia solitaria expuesta en la custodia de una iglesia perdida
en el cruce de dos veredas: una camino de un prostíbulo
y otra de un balneario de aguas minerales
(y el reloj sobre el muerto),
para que a las cuatro en punto la crecida del río colgara de una caña
el esqueleto de un pez aferrado al pernil de un
pantalón perteneciente a un marino extranjero,
para que a las cinco en punto un sapo extraviado entre las
legumbres de una huerta fuera partido en dos por la
entrada imprevista de una rueda de coche volcado en la
cuneta,
para que a las seis en punto las vacas abortadas corrieran
a estrellarse contra el furgón de cola de los trenes
expresos,
para que a las siete en punto los hombres de las esquinas
apuñalaran a esa muchacha ebria que por la puerta falsa
sale a arrojar al centro de la calle cascaras de mariscos y
huesos de aceitunas.
(y el reloj sobre el muerto),
para que a las ocho en punto cinco gatos con las orejas cortadas
volcaran el vinagre y los espejos de los pasillos se
agrietaran de angustia,
para que a las nueve en punto en la arena desierta de las
plazas una mano invisible subrayara el lugar donde a las
cuatro y siete de la tarde había de ser cogido de muerte
un banderillero.
para que a las diez en punto por los corredores sin luz a
una mujer llorosa se le apagaran las cerillas y al noroeste
de un islote perdido un barco carbonero viera pasar
los ojos de todos los ahogados
(y el reloj sobre el muerto),
para que a las once en punto dos amigos situados en distintos
lugares de la tierra se equivocaran de domicilio y
murieran de un tiro en el escalón decimonono de una escalera,
y para que a las doce en punto a mí se me paralizara la sangre
y con los párpados vueltos me encontrara de súbito
en una cisterna alumbrada tan solo por los fuegos fatuos
que desprenden los fémures de un niño sepultado junto
a la veta caliza de una piedra excavada a más de quince
metros bajo el nivel del mar.
¡Eh, eh!
Por aquí se sale a los planetas desiertos,
a las charcas amarillentas donde hechas humo flotan las
palabras heladas que nunca pudo articular la lengua de
los vivos.
Aquí se desesperan los ecos más inmóviles.
He perdido mi jaca.
Pero es que yo vengo de las puertas a medio entornar, de
las habitaciones oscuras donde a media voz se sortean
los crímenes más tristes,
de esos desvanes donde las manos se entumecen al encontrar
de pronto el origen del desfallecimiento de toda
una familia.
Sí,
pero yo he perdido mi jaca
y mi cuerpo anda buscándome por el sudoeste
y hoy llega el tren con dos mil años de retraso
y yo no sé quién ha quemado estos olivos.
Adiós.