colegio (s.j.)
1
Éramos los externos,
los colegiales de familias burguesas ya en declive.
La caridad cristiana nos daba sin dinero su cultura, la piedad nos abría los libros y las puertas de la clase.
Ya éramos de esas gentes que algún día se las entierra de balde.
No sabíamos bien por qué un galón de oro no le daba la vuelta a nuestra gorra
ni por qué causa luego no descendía directo por nuestros pantalones.
Jamás vimos impresos los nombres que teníamos,
sino escritos a máquina,
azules,
casi borrados.
Éramos los externos.
2
Tanta ira,
tanto odio
resuelto inútilmente en morderse las uñas
mientras que las pizarras emblanquecían de números
o el margen de los libros se hastiaba de borrones,
tanta ira,
tanto odio contenidos sin llanto,
nos llevaban al mar que nunca se preocupa de las raíces cuadradas,
al cielo libertado de teoremas,
libre de profesores,
a las dunas calientes,
donde nos orinábamos en fila mirando hacia el colegio.
Éramos los externos.
3
Algunos teníamos talento,
buena voz para el canto
o un pulso firme,
bueno,
capaz de dibujar de un solo golpe una circunferencia.
Servíamos lo mismo para parar un gol
que para comulgar todos los días en la misa de alba y robar en la huerta a ciertas horas unas naranjas o unos nísperos.
Tanta bondad (o tanta hipocresía) la teníamos algunos.
Pero Claudio,
Juan o Francisco Ponce de León,
Antonio,
Luis o Pedro Gómez,
ellos,
todos hijos con tierras y ganados,
lejos,
en la provincia.
Así ni tú tenías buena voz para el canto,
ni yo una débil rendija de talento,
ni aquél era capaz de dibujar de un solo golpe una circunferencia.
Éramos los externos.
4
Podías haber saltado,
haber entrado en clase una mañana,
una noche,
en la hora del olvido de los números,
cuando los atlas piensan que sólo son cartones de colores,
fijas láminas que no viajarán nunca.
Ahora,
cuando ya no hay remedio,
o si existe es tan sólo el de la bala que conspira en la mano,
se me ocurre invitarte,
proponerte esta ingenua conquista o toma de poder de las pizarras,
de los serios pupitres donde yacían de pronto,
empañados,
coléricos,
los ojos de las gafas que nos odiaban siempre.
Te lo digo a ti,
mar,
que venías a las puertas del colegio,
sin pensar,
puede ser,
entrar en clase nunca.
5
Veo los años,
los mismos que ahora escucho volver a mí esta tarde colgados de sotanas,
espantajos oscuros,
henchidos como cerdos de pez muerta que fueran navegando,
dejando tras de sí una cola de tinta goteada de esperma sucia y vómito.
Oigo cómo me invaden crucifijos,
despiadadas penumbras de toses con rosarios y vía-crucis
y un olor a café,
a desayuno seco,
descompuesto en las bocas tibias de los confesionarios.
No es posible que vuelva este mismo paisaje,
que reconquiste ni por un momento su sueño embrutecido de moscas,
formol y humo.
No es posible otra vez este retrete sórdido de hábitos con eructos y sopa de tapioca.
No es posible,
no quiero,
no es posible querer para vosotros la misma infancia y muerte.
Nos dijeron que no éramos de aquí,
que éramos viajeros,
gente de paso,
huéspedes de la tierra, camino de las nubes.
Nos espantaron las mañanas,
llenándonos de horror los primeros días,
las noches lentas de la infancia.
Nos educaron sólo para el alma.
(Hay allá abajo una cisterna, un hondo aljibe de demonios, una orza de azufre de negra pez hirviendo. Hay un triste colegio de fuego, sin salida.)
Nos espantaron las mañanas.
Pero quien no obedezca al que firmó la rosa,
a Aquél que nos concede el desayuno y surte en el verano la casa de la hormiga,
quien dé crédito y ame al que dejó a los pobres tirados en el barro y sentó en cambio a nuestros padres sobre los caballos,
ése verá que le abren paso las estrellas,
los celestes canales que paran en los muelles donde las almas desembarcan,
en las puertas que dan principio a su reinado.
Nos educaron, así, fijos.
Nos enseñaron a esperar con la mirada puesta más allá de los astros,
así, extáticos.
Pero ya para mí se vino abajo el cielo.