País Poema - Autores

rafael alberti

allanamiento

Están de nuevo ahí, acechándote, haciéndote
imposible la noche,
el largo sueño en paz, tan deseado.
Son los mismos de siempre. Los conoces
desde que te dijiste un día oscuro: «¡Basta!
Reclamo simplemente la luz.» Y ése es tu crimen.
- Pasen, señores, pasen. (Soy un mudo.
Mi lengua no se hizo,
no se me fue poblando de palabras
- ¡oh, como lo quisieran!- para ustedes,
aunque sí acumulando fue saliva,
esa densa saliva que de pronto
tiene fuerza de bala y mortalmente
da, veloz, en el blanco. Pero ahora…)
- Sigan, señores. Estos son mis libros…
(mi corazón de todos, desvelados;
son mis versos del mar, mis pobres ángeles
malheridos, mi patria ensangrentada,
mi destierro sin fin… - ¿Aquellos otros?-
¡Esos, esos! (Peligro. No los toquen.
La destrucción de ustedes estalla en cada letra.)
- Se los pueden llevar. . . (¡Ah, pero ahora,
no lo piensen, que no llegó el instante
todavía! Me callo. Ni una silaba.
Me he prohibido hablar y escupir esta noche.)
- ¿Se llevan esas cartas amarillentas? (Bueno.)
¿La máquina también? (Aunque les digo
que ella no escribe sola…) ¿Ese retrato?
(No es el que buscan, pero…Es un poeta
desgraciado y terrible. ¿No ven? ¡Qué bello rostro!
¡Pero ustedes qué saben! Y está muerto.
Gritaría. Me hiere
el doble filo de mi lengua… Rompan,
corten los cueros de los muebles, rajen
el cielo raso, arranquen, desentierren
las plantas del balcón… (De las redondas
bocas de las macetas ya vacías
sólo saldrán hormigas y gusanos.)
¿Qué más, qué más, señores? (¡No! Silencio.
Me he partido la lengua…Entre los dientes
la contengo, caída, como un trapo
de hebras sanguinolentas,
agitada entre espumas y vocablos… Podría
vomitarla de súbito, lanzarla, seguro de inundarles los ojos.
¡Qué momento esperado y preciso
para su oscuro empleo
su triste profesión uniformada!
Pero, no… Continúen) ¿Ya está todo?
(Yo soy un libro más.)
Señores, vamos.