el halcón negro
Me duele la piocha del rodillazo que me diste anoche,
cuando me lancé de la tercera cuerda y descendí
volando por metros y metros en caída libre
topeme con tu rígida, firme y durísima rodilla en mi piocha cartílago.
¡Crac, crac!
Se oyeron dos crujidos en el universo
uno de la mandíbula y
otro del impacto,
¡crac! Y el eco en las paredes resonó en el edificio,
todos debieron enterarse,
todos debieron haber pensado que el mundo se partió en dos,
o que dos estrellas chocaron allá en lo alto.
“¿Te rompiste un diente?” preguntaste con casual asombro,
levanté el rostro y secándome los ojos en silencio
te miré a la cara,
y yo atónita,
con la boca llena de tierra,
llena de noséenquémomento,
llena de mequivoqué, debí lanzarme de la segunda cuerda,
llena de teamo, pero te haré una llave “cavernaria” como venganza.
Mi herencia es el vuelo del halcón negro,
mi herencia es saber dónde y saber cuándo volará el halcón,
cuándo y a qué altura efectuar la caída,
a qué distancia,
cómo desplegar las alas,
cómo.
y me repito: la luchita es la luchita y nos quedan dos caídas más.
Me tenté con la punta de la lengua todos y cada uno de los dientes
albergados con seguridad en mi boca,
por fortuna,
ningún pedazo suelto
que mereciera la chimuela tentación de los chismosos,
ningún diente, hueso o pedazo de lengua naufragaba en mi garganta,
no había asunto de derrota,
no ríos de sangre,
no,
tampoco el trompo ni la náusea,
no el miedo.
Sonreí como muestra de triunfo ante la caída
y mirándome con ojos de amor preguntaste: “¿jugamos otra vez a las luchitas?”.