quema de brujas
Quemaron a una bruja en Bingham Square,
el viernes pasado por la tarde.
El humo era más negro
que las sombras de la luna;
las llamas eran extrañamente verdes,
como los fuegos fatuos en el pantano.
Y aquella que maldijo a la gente piadosa
ya nunca más maldecirá.
Quemaron a una bruja en Bingham Square;
justo frente a la puerta de la aldea.
Una mujer levantó una mano huesuda
para condenarla, tensa de odio.
Un buhonero arrojó una piedra dentada.
Su pálida mejilla enrojeció,
pero había algo orgulloso
en el modo en el que sostuvo en alto su mirada.
Quemaron a una bruja en Bingham Square;
sus ojos estaban aterrorizados.
Era una doncella hermosa y ligera,
no más alta que un muchacho.
La ataron rápidamente en la hoguera
y rieron al observar su miedo.
Sus labios rojos murmuraron algo secreto
que nadie se atrevió a escuchar.
Quemaron a una bruja en Bingham Square;
pero justo antes de desmayarse de dolor,
antes de que sus huesos se volvieran cenizas
bajo la lluvia repentina,
ella dejó su marca en la multitud.
Porque el tiempo no puede borrar
el eco de sus angustiados gritos,
el recuerdo de su rostro.