atavismo
En lo profundo de la jungla, vasta y oscura,
que no conoce la huellas del hombre blanco,
percibí el olor del pelaje por el sol calentado,
salvaje, dulce, almizclado.
Lejos estaba de las chozas del hombre
y de la hierba donde se alimentaba Sambur;
arrojé una piedra a un árbol Kadapu,
que sangraba como deben sangrar los hombres.
El olor a pelaje y el color de la sangre
despertaron los antiguos instintos dormidos,
perseguí el aroma de mi estirpe,
y corrí, con los colmillos desnudos, hacia mis enemigos.
Pálidos días: y una liga de leyes
forjadas por los caprichos del hombre.
Y acaso yo estaría de vuelta con mi cría
en el ocaso de mi guarida en el bosque.