País Poema - Autores

johann wolfgang von goethe

el zorro - canto 12

Combate en campo cerrado entre Tragabombas y Urdemalas, y completa victoria del segundo.—El Rey salva al lobo de una muerte cierta, haciendo señal de cesar el combate.—Urdemalas es elevado a los mayores honores y dignidades, obtiene la gracia del monarca y se retira a su castillo de Malparto, donde piensa acabar sus días libre de enemigos y en medio de la abundancia.
Cuando el Rey vio aparecer a Urdemalas perfectamente esquilado y untado el cuerpo de aceite y grasa, prorrumpió en grandes carcajadas, diciendo al mismo tiempo:
—¡Maldito zorro! ¿Quién te ha enseñado eso? ¡Bien hacen en llamarte Urdemalas! ¡Tú eres siempre el mismo diablo! ¡Nunca te faltan recursos para salir de apuros!
Urdemalas hizo al Rey una profunda reverencia; inclinóse también ante la Reina, y entró en la liza con paso firme y ánimo sereno. Tiempo hacía que le esperaba el lobo con sus deudos y favorecedores: todos deseaban que recibiese el zorro afrentosa muerte.
Palabras insolentes, mezcladas con algunas amenazas, oyó el zorro en su derredor al cruzar el palenque.
Lince y Leopardo, jueces del campo, trajeron entonces una canilla y otras reliquias de un venerable anacoreta, que muriera en olor de santidad, sobre las cuales el lobo y el zorro juraron humildemente defender sólo la justicia y el derecho.
Después de esto, Tragabombas pronunció frases enfáticas, y sostuvo, mirando a su adversario con faz torva, que era traidor, ladrón, asesino, raptor y adúltero; falso en pensamientos, palabras y acciones, y culpable de todos los crímenes imaginables, añadiendo que así lo mantendría hasta la muerte.
Urdemalas, al contrario, juró que era inocente de tales delitos, y que Tragabombas mentía y se perjuraba como siempre; pero que a pesar de todo, jamás lograría su deseo de trocar en mentira la verdad.
Los jueces del campo gritaron entonces con voz solemne: ¡Caballeros: cumplid vuestro deber, y que brille radiante el sol de la justicia!
Todos los circunstantes, grandes y pequeños, abandonaron la arena, dejando solos a los campeones.
La mona, sin embargo, halló un momento oportuno para acercarse al zorro, y decirle al oído:
—¡Acordaos de mi recomendación, y no dejéis de seguir a la letra mis consejos!
Urdemalas contestó alegremente:
—Tan excelente aviso me infunde ánimo sobrado. Podéis estar tranquila: no olvidaré vuestras prudentes advertencias, ni tampoco la osadía y la astucia que me han salvado de tantos y tan graves peligros, cuando aventuraba temerariamente mi vida en empresas arriesgadas, que han quedado sin premio. ¿Cómo, pues, no he de resistir ahora a ese malvado? Espero cubrirlo de oprobio, igualmente que a todo su linaje, y llenar de gloria al mío. Mienta, pues, cuanto quiera, que yo me vengaré de sus ultrajes.
Al acabar de decir esto el zorro, estaba solo con su adversario en medio del palenque.
La multitud tenía fijas en ellos sus miradas, y guardaba el más profundo silencio.
El aspecto de Tragabombas era, en verdad, terrible. Cualquiera otro menos animoso que Urdemalas se hubiera estremecido de terror.
Al verse frente a frente de su mortal enemigo, estiró el lobo las patas; lanzó un aullido de cólera, y se adelantó con la boca abierta, dando espantosos saltos. Empero Urdemalas, más ágil y prudente, esquivó el choque de su impetuoso adversario; regó veloz el hopo con su orina corrosiva, y lo arrastró disimuladamente por tierra para llenarlo de polvo.
Cuando creía Tragabombas que ya era suyo el zorro, azotó el bribón sus ojos con la cola, y lo dejó a un tiempo ciego y sordo.
No era ésta la vez primera que nuestro protagonista empleaba tan diabólica astucia: muchos habían ya probado su efecto desastroso. Así cegó a los hijos de Tragabombas, como dijimos al principio de esta historia, y ahora intentaba cegar también al padre.
Después de rociar los ojos de su rival con líquido tan acre como pestífero, saltó a su lado; púsose a sotavento; removió la arena, y lanzó una nube de polvo a la cabeza del lobo, que se limpiaba y restregaba los ojos a toda prisa, con no escaso daño propio, y agravando más y más sus dolores.
Urdemalas en tanto manejaba su cola a maravilla. A cada instante asperjaba con ella a su enemigo, y menudeaba sus golpes, esperando acabar de cegarlo.
Temblaron entonces los partidarios de Tragabombas, porque vieron al zorro aprovecharse desapiadadamente de la Ventaja que alcanzaba. Al observar que por las mejillas de su émulo corrían abundantes lágrimas, comenzó a dar grandes saltos, a azotarlo con fuerza, a arañarlo, a morderlo y a humedecerle aún más los ojos.
El lobo, casi sin sentido, andaba a tientas, mientras Urdemalas, cobrando más ánimo, se burlaba de él en los siguientes términos:
—Muchos corderos inocentes, oh, señor lobo, devorasteis durante el curso de vuestra infame vida: también perseguisteis y despedazasteis sin compasión a otros miseros animalejos; pero en adelante todos quedarán tranquilos, porque no escapareis hoy con vida de mis manos, si no procuráis ablandar mi justo enojo con una pública retractación de todos los insultos que me habéis inferido. A este precio únicamente obtendréis mi perdón y conservareis la existencia.
Urdemalas pronunció con viveza estas palabras, mordiendo de camino a su contrario en el cuello, con ánimo sin duda de acabar de una vez el combate. Empero Tragabombas, mucho más fuerte que su antagonista, se revolvió con violencia y se vio libre de él en un instante. El zorro, sin embargo, le golpeó en la cabeza, hirióle repetidas veces, y le saltó un ojo.
La sangre corría en abundancia por el hocico del desdichado lobo.
—¡Logré al fin mi deseo! exclamó ferozmente el astuto raposo. ¡Desde hoy tendrás un apellido más que añadir al de tu familia, puesto que todos te llamarán Tragabombas el Tuerto!
Desanimado con este nuevo contratiempo, Tragabombas arrojó en torno suyo una mirada en demanda de auxilio; pero llenándole de ira la pérdida de su ojo, saltó hacia Urdemalas, sin acordarse de heridas ni dolores, y lo derribó en tierra.
Apurado se vio el zorro en aquel instante, o inútil fue su astucia para librarse de los dientes de su furibundo adversario, que le cogió con los colmillos una de sus patas delanteras, y la retuvo entre ellos.
El zorro yacía abatido en el suelo: temía perder la mano, y revolvía en su mente mil encontrados pensamientos. Hubo un momento en que imaginó hacerse el muerto, creyendo aplacar de este modo la cólera de su adversario, excitando de camino la compasión del Rey y de los jueces del campo; más calculando que semejante superchería podría acarrearle un resultado enteramente opuesto al que esperaba, desistió del proyecto, y empezó a quejarse con voz débil y lastimero acento.
Tragabombas, a su vez, gruñó con voz cavernosa estas palabras:
— ¡Tu hora, oh, vil ladrón, ha sonado ya! ¡Ríndete sin tardanza, o morirás en castigo de tus maldades! ¡Llegó el momento de pagar tus deudas! ¡De poco te ha servido levantar polvo, rociar mis ojos, esquilarte el pelo y untarte el pellejo de aceite! ¡Ay de ti, miserable! ¡Me has hecho todo el mal posible! ¡Me has engañado traidoramente! ¡Me has cegado, por fin! Pero no te escaparás. ¡Confiésate vencido, o acabo contigo dé una dentellada!
Formidable, en verdad, era la arenga: no tenía nuestro héroe que perder tiempo, si quería evitar el trágico fin que le amenazaba.
—¡Triste es mi posición! decía interiormente: ¿qué haré? Si no me rindo, me sacrifica Tragabombas, y si me rindo, será mi oprobio eterno. ¡Sí, merezco este castigo, porque le he maltratado en demasía, y le he ofendido atrozmente!
Después, levantando la voz, apeló a frases lisonjeras para aplacar a su vencedor.
—Yo, querido sobrino, dijo, me confieso gozoso vuestro vasallo, y pondré a vuestra disposición cuanto valgo y cuanto poseo. Por vos iré en peregrinación al Santo Sepulcro, si fuere necesario, a fin de alcanzaros un millón de indulgencias. Mis viajes serán extraordinariamente útiles a vuestra alma, y aun sobrará algo para las de vuestro padre y vuestra madre, y de este modo todos obtendrán premio y justa recompensa. ¿Quién no necesita el perdón de sus culpas y pecados? Yo os reverencio como si fueseis mi soberano, y pronuncio el solemne juramento de ser vuestro desde ahora para siempre, y conmigo mis deudos, que además os servirán a toda hora. Os lo juro: no haría esta oferta al mismo Rey. Aceptadla, y seréis un día árbitro de los destinos del país. Cuanto caiga en mis garras, cabritos, pollos, patos y conejos, serán exclusivamente vuestros. Antes que yo los pruebe, dejaré a vos y a vuestra esposa e hijos el derecho de elegir los que más os agraden. Además, yo velaré solicito por vuestra preciosa existencia, para que se vea libre de todo mal. Llámanme astuto, y a vos fuerte: grandes hazañas podemos ejecutar unidos ambos. Si vivimos aliados sinceramente, vos con la fortaleza y yo con el consejo, ¿quién nos resistirá? No conviene que luchemos uno contra otro, malgastando nuestra sangre, que puede emplearse en empresas de más utilidad. Jamás habría aceptado este sacrílego duelo, si hubiera encontrado medios hábiles de evitarlo; pero me provocasteis, y el honor obligóme a no esquivar el reto. Sin embargo, no dejareis de reconocer que me he conducido con cortesía durante la batalla, limitándome sólo a defenderme. «Inmensa será tu fama, dije mentalmente, si no atentas a la vida de tu propio sobrino». ¡Otra habría sido mi conducta, si realmente os odiara! Leve daño, en verdad, habéis padecido, y si por inadvertencia os lastimé un ojo, lo siento en el alma y me reservo curaros, puesto que conozco una receta eficacísima, que os lo dejará como nuevo. Seguro estoy que habéis de darme las gracias cuando os aplique el medicamento. Por lo demás, si hiciese el diablo que os quedaseis tuerto, después que se cicatrice la herida, cierta es vuestra ganancia; porque si se os antoja dormir, cerráis una sola ventana, y negocio concluido. Nosotros los no tuertos hemos de cerrar dos para entregarnos al reposo. Además de esto, y con objeto de aplacaros, todos mis parientes, sin excepción ninguna, se inclinarán respetuosos ante vos, y mi esposa e hijos, en presencia del Rey y de este concurso de gentes, os pedirán y rogarán que seáis generoso y que me perdonéis la vida. Yo confesaré entonces en público que mentí, que os calumnié, que os envolví con mis intrigas y que os engañé siempre que me fue posible. Os prometo jurar que a mi noticia no ha llegado nunca maldad alguna vuestra; que os tuve siempre por un cumplido caballero; sin contar con que, desde ahora en adelante, me guardaré tanto de ofenderos como de atar a mi cola un mechón de estopa ardiendo. Ni aun en sueños habréis apetecido satisfacción más completa que la que estoy dispuesto a daros. Por otra parte: si me matáis, ¿qué lograreis al fin? Siempre quedarán mis deudos y amigos, cuya venganza habréis de temer: si, al contrario, me perdonáis, abandonareis la liza lleno de honor y gloria, y pareceréis tan noble como prudente, puesto que la clemencia es la virtud que más realza a los poderosos. No es fácil que en lo sucesivo se os venga a las manos ocasión tan propicia para demostrarlo. ¡Aprovechadla, pues! Aparte de eso, tan indiferente es para mí ahora el morir como el conservar la vida, ya que al declararme vencido arrojo una fea mancha sobre el limpio blasón de mi familia.
—¡Zorro falaz, cobarde y embustero! barbotó el lobo rechinando los dientes: ¡con qué placer te verías libre de mis garras! Si toda la tierra fuera de oro purísimo, y me la ofrecieses en tu situación angustiosa, a buen seguro que no te soltaría. ¡Me has jurado en falso tantas veces, desleal compañero!… Estoy cierto de que si te perdono, ni aun recibiré en premio las gracias. No doy importancia alguna a tus parientes. Aguardo confiado lo que hagan, y creo que su enemistad no me producirá graves disgustos. Gozando tanto en el mal ajeno, ¡cuánto te burlarías de mí, si te dejase libre bajo tu palabra! ¡Vive el cielo!… ¡Me moverías a compasión si no te conociera! ¿Te atreves a decir, oh, ladrón miserable, que hoy me has perdonado, cuando mi ojo, arrancado de su órbita, atestigua lo contrario? ¿Te atreves a decirlo, oh, criminal, cuando has desgarrado mi piel en veinte lugares distintos? ¿Dejásteme tan sólo respirar cuando llevabas la ventaja? ¡Harta locura sería perdonarte, y compadecerme de ti, después de haberme inferido tantos males e injurias! ¡Tú, oh, traidor, me has perdido y deshonrado; pero vas a pagarlo con la vida!
De este modo expresaba Tragabombas su resentimiento. Empero, como para hablar tuviera precisión de abrir la boca, aprovechó el astuto zorro aquel instante, y retirando lentamente su mano, introdujo la otra entre las piernas de su adversario, hincó las uñas en su parte más sensible, y empezó a sacudirla y desgarrarla horriblemente.
El lobo, abriendo las fauces, comenzó a gritar y aullar de una manera lamentable.
Urdemalas pudo entonces sacar del todo su garra de entre los apretados dientes de su enemigo, y con las dos lo sujetó con toda su fuerza, descargando de camino sobre él una lluvia de mordiscos y arañazos.
Tanto berreó y se quejó tanto el desdichado lobo, que empezó a escupir sangre. El dolor le hizo arrastrarse por la arena; de su cuerpo corría sudor copioso, y parecía que iba a desmayarse.
Urdemalas, contando ya segura la victoria, dejó escapar una exclamación de alegría: sin embargo, continuaba reteniendo a su enemigo con uñas y dientes, acribillándole el cuerpo con nuevas y más dolorosas heridas.
La aflicción de Tragabombas era tan grande, que se creyó perdido sin remedio. La sangre salía a borbotones de su cabeza y destilaba de sus ojos. Al cabo cayó en tierra sin conocimiento.
Por todo el oro del mundo no hubiera renunciado el zorro a este espectáculo. Seguía, pues, oprimiendo a su adversario, y lo arrastraba y lo sacudía, para que todos lo contemplasen en su cuita, y pellizcaba, apretaba, mordía y arañaba al infortunado, mientras éste, dando sordos aullidos, se revolcaba en el polvo en medio de los más atroces dolores.
Los amigos y deudos del vencido, al verle en tal estado, levantaron la voz, pidiendo al Rey que, si tal era su voluntad, hiciera cesar prontamente la lucha.
El monarca contestó al momento:
—Si lo deseáis y lo creéis conveniente, consiento en ello, y me doy por satisfecho.
Y ordenó a los jueces del campo que se interpusiesen entre ambos combatientes.
Lince y Leopardo, atravesando entonces las barreras, dijeron a Urdemalas que ya era tiempo de suspender la lid; que el Rey lo deseaba y el pueblo lo pedía.
—Os ruega también nuestro soberano, añadieron, que le abandonéis vuestro rival, y que se le perdone la vida. Doloroso sería para S. M. que uno de los contendientes exhalase el postrer aliento en la arena. Vuestra ha sido la victoria. Todos lo han presenciado; todos, así los nobles como los pecheros. Los más valerosos os colman de elogios, y podéis estar cierto de que os habéis granjeado su admiración y simpatías.
Urdemalas repuso:
—No soy un ingrato: de grado me conformo con la voluntad del Rey, y haré gustoso lo que me ordena: bástame haber vencido y disfrutado una vez en mi vida de placer tan incomparable. Concédame, no obstante, S. M., que, por mera fórmula, consulte el asunto con mis deudos y amigos, pues debo obrar en todo de acuerdo con ellos.
Y dirigiéndose al concurso, añadió en voz alta:
—El Rey me ordena que perdone la vida a mi enemigo: ¿qué debo hacer, señores?
Los parciales del zorro contestaron al punto:
—¡Cúmplase la voluntad de nuestro compasivo soberano!
E inmediatamente multitud de personajes, entre los que se hallaban el tejón, el mono, la nutria y el castor, saltaron al palenque y corrieron en tropel al encuentro del vencedor. Siguiéronles también la marta, la comadreja, el armiño, la ardilla y otros muchos individuos, que antes eran los más encarnizados enemigos de Urdemalas y que ni aun se atrevían a pronunciar su nombre.
Las felicitaciones que recibió el raposo fueron, pues, innumerables. Hubo algunos que le acusaban hacía poco, y ahora anhelaban pasar por parientes suyos. Traían éstos consigo sus esposas y sus hijos; los grandes, los medianos, los pequeños y hasta los de mantillas: dábanle la enhorabuena; lo adulaban a porfía, y sus extremos eran tales, que llevaban trazas de durar eternamente.
Así acontece siempre en el mundo: al feliz, al que sonríe la fortuna, se le dice:
—¡Dios os dé salud perpetua!
Y en todas partes encuentra amigos y admiradores.
Mas ¿quién puede sufrir al desdichado?
Lo mismo ocurrió entonces entre los animales. Todos querían pavonearse al lado del vencedor: unos tocaban la flauta en derredor suyo, otros la trompeta, no faltando quien cantase en loor del afortunado zorro a garganta desplegada.
Los amigos de Urdemalas le decían:
—¡Regocijaos, porque hoy habéis conquistado perpetua gloria para vos y vuestro linaje! Grande fue nuestra aflicción al veros caído en tierra; pero pronto se trocó la suerte. ¡Habilísimo fue el ardid que empleasteis para vencer al lobo!
Urdemalas replicó:
—Todo lo debo a la fortuna y a la noble protección que me habéis dispensado.
E inclinándose con fingida humildad, dio las gracias a sus amigos.
A la salida del palenque le acompañaron los espectadores con grande algazara, precediéndoles él con los jueces del campo.
Así llegaron hasta el trono del Rey, donde se arrodilló el zorro con ademan contrito.
Ordenóle el monarca que se levantara, diciéndole después ante los señores de su corte:
—¡Brillantemente os habéis defendido! Con sobrada honra vuestra llenasteis vuestro deber, por cuya razón os felicito y os declaro libre. Borrasteis ya desde ahora para siempre todas vuestras culpas. Muy en breve, en cuanto Tragabombas se restablezca de sus heridas, celebraré consejo con mis nobles, para tratar de este negocio; por hoy hemos resuelto sobreseer en ello.
—¡Provechoso es siempre seguir vuestra opinión, oh, bondadoso señor! replicó Urdemalas con modestia: ¡vuestra sabiduría es extraordinaria! Muchos aduladores, parciales del lobo, me acusaron falazmente al llegar yo aquí, creyendo congraciarse su favor, y sabiendo que me odiaba y que ansiaba arruinarme. Figurándose que mi vida estaba a su merced, lo alentaban con sus exhortaciones para que me atormentase hasta la muerte. A todos constaba que su valimiento en la corte era inmenso, superior al mío. Ninguno adivinaba ni el término que podría tener nuestra contienda, ni el medio felicísimo que yo había de emplear para descubrir al cabo la verdad. A mi juicio, esas gentes se parecen a los perros sin dueño, que acuden en tropel cada día a las cocinas de las fondas, esperando que un marmitón filantrópico se acuerde de ellos y les arroje un hueso o alguna piltrafilla. Cuando menos lo imaginan, preséntase uno de ellos a la vista de los demás, trayendo en la boca sabrosa aunque hurtada presa. El ladrón, por su desgracia, no ha huido bastante a tiempo para evitar el ataque del cocinero, que lo bautiza por detrás con agua hirviendo y le escalda la cola. Él, sin embargo, no suelta el pedazo de carne que atrapó, y se confunde con los otros, que dicen entre sí:
—¡Mirad, mirad cómo le prefiere el cocinero! ¡Ved el espléndido regalo que hoy le ha hecho!
A lo que replica el escaldado:
—¡Habláis sin saber lo que decís! Me alabáis y celebráis por delante, porque sin duda os deleita recrearos contemplando el exquisito bocado que llevo entre los dientes; pero examinadme por detrás, y ponderad mi dicha, si sois bastante necios para persistir en vuestra opinión.
Los perros, en efecto, observan a su camarada, y ven que está horriblemente quemado, que se le ha caído el pelo y que la piel forma en su cuerpo tremendas ampollas. El miedo se apodera de todos; ninguno se acuerda ya de la cocina, y huyen atropelladamente, dejando al lisiado can devorar en paz la tajada que pagara a tan subido precio.
Lo mismo que a los perros sucede a los ambiciosos. Mientras dura su poder, todos codician su amistad, porque se les ve en el crítico momento de llevar el pedazo de carne en la boca. Quien no se doblegue ante ellos, expiará su imprudencia sin remedio. Menester es que sean siempre alabados, aunque obren mal; y así se les estimula a caminar por senda tan torcida. Tal es la conducta de aquellos que sólo cuidan de lo presente. Sin embargo, esos glotones se ven con frecuencia castigados, y suele ser desastroso el término de su poder. Nadie los sufre entonces, porque el viento de la justicia barre los engañosos celajes que antes los envolvían. Sus amigos anteriores, nobles y pecheros, los abandonan y despojan, y como perros vagabundos, se olvidan también de ellos, si conocen su caída y el daño que reciben.
Ya comprenderéis, oh, poderoso señor, que ninguno osará hablar así de Urdemalas: sus amigos no se avergonzarán de su amistad. Por lo demás, doy a V. M. las gracias por las innumerables mercedes que me ha dispensado siempre, y sólo ansío conocer su soberana voluntad para acatarla como corresponde:
—Ninguna necesidad teníais de esforzar vuestros argumentos, replicó el Rey, porque conozco perfectamente cuán adicto me sois. Para recompensaros cual debo, desearía que asistieseis de nuevo a mi consejo, puesto que vuestra nobleza es de las más calificadas. Aparte de esto, os concedo el derecho de tomar parte en las deliberaciones de mi cámara secreta. Devuélvoos además todos vuestros honores y dignidades, porque creo que sois merecedor de ello. Ahora, ayudadme a velar por la prosperidad pública. No debo privarme de vuestro auxilio, porque si asociáis la virtud a la sabiduría de que habéis dado pruebas en estos últimos tiempos, nadie os superará en perspicacia ni en prudencia; nadie os igualará en resolver las cuestiones más arduas y difíciles. En lo sucesivo no oiré queja alguna contra vos; hablaréis siempre en mi nombre, y obraréis como primer ministro y canciller del reino. Se os entregará, por tanto, mi sello, y lo que hagáis o prescribáis, quedará hecho o decretado.
Así subió gozoso Urdemalas a la cúspide del favor real. Todos debían obedecer sus órdenes, fuesen justas o injustas.
El zorro tributó al Rey la expresión de su agradecimiento.
—¡Me honráis infinitamente más de lo que yo merezco, oh, noble soberano! añadió: mi gratitud durará tanto como dure mi vida: pronto estoy a probarlo. Mandad, y veréis si existe en estos reinos un vasallo más sumiso y leal que el calumniado Urdemalas.
Dejemos un instante a nuestro protagonista entretenido en tan placenteros coloquios, y veamos cuál era en tanto la suerte del desdichado lobo.
Herido y maltratado yacía el mísero Tragabombas sobre la arena del palenque. Llegáronse a él su esposa y amigos, entre los que se hallaban Bigotieso el gato, y Melfagor el oso, y sus hijos, criados y parientes. Derramando raudales de lágrimas lo acomodaron en una parihuela, rellena de paja para abrigarlo, y lo llevaron lejos de aquel sitio. Reconocidas que fueron sus heridas, le contaron veinte y seis, a cual más peligrosas y profundas.
Inmediatamente acudieron al lado del enfermo famosos cirujanos, que lo cubrieron de vendajes y le recetaron bebidas fortificantes. Todos sus miembros estaban paralizados. Frotáronle entonces las orejas con yerbas aromáticas, y empezó a estornudar hasta descoyuntarse las mandíbulas.
Celebrada una junta, acordaron los facultativos aplicar al paciente ciertos ungüentos y darle un baño general, con cuyos remedios aseguraron que le salvarían la vida.
Consolada algún tanto su atribulada parentela, reclinaron a Tragabombas en el lecho, donde durmió algunas horas.
Cuando despertó se halló lleno de confusión y sobremanera afligido. La vergüenza, los dolores más agudos lo atacaron vivamente, y empezó a lamentarse en alta voz de su desgracia, pareciendo desesperarse.
Con tierna solicitud lo velaba la bella Gilimunda; pero su pesar era inmenso, pues no obstante el pronóstico de los galenos, temía a cada instante por la vida de su esposo. Sosteniendo en su seno la cabeza del herido, contemplaba sus sufrimientos derramando abundantes lágrimas, y deploraba su suerte y la de sus hijos y amigos.
Testigo de la aflicción general, no pudo contenerse el lobo. Furioso de dolor, empezó a delirar, y se hubiera arrancado los vendajes, a no impedirlo sus enfermeros.
Graves eran, en verdad, y trascendentales las consecuencias de su malhadado desafío.
Urdemalas, en tanto, gozaba satisfecho de su triunfo: hablaba a un tiempo con todos sus amigos, y oía sonriendo sus desmesuradas alabanzas. El bondadoso monarca le envió una escolta para que le acompañase hasta su castillo, y le dijo afectuosamente al despedirle:
—¡Que la vuelta sea pronta!
El zorro contestó, mientras se prosternaba ante el trono:
—Doy de nuevo las gracias de todo corazón a V. M., a mi graciosa Reina, a vuestro sabio consejo y a estos señores que nos rodean. Dios derrame todo linaje de bienes sobre vuestra real cabeza, que yo, por mi parte, haré gustosísimo vuestra voluntad; porque os amo, y os debo inmensos favores. Ahora, si lo permitís, regresaré a mi casa para ver a mi esposa e hijos, que positivamente me aguardan llenos de inquietud.
—Andad, pues, dijo el Rey, y no temáis nada. Ya sabéis que podéis contar con mi amistad y protección.
Así se alejó de la corte el zorro, favorecido de todos. Muchos de su calaña se valen hoy de iguales artes para escalar el poder: aunque no todos tienen la barba roja, son, sin embargo, felices, y sin más méritos que sus ardides e intrigas, gobiernan las naciones y se elevan a las mayores dignidades.
Abandonó, pues, nuestro héroe el regio alcázar, rodeado de un lucido séquito, compuesto de cuarenta individuos. Como un gran señor iba precediendo a sus deudos y allegados, siguiéndole estos según su grado de parentesco.
Excusado es decir que el afortunado raposo rebosaba de júbilo: su cola ocupaba doble espacio, agitándose en el aire como una bandera. Por lo demás, habiendo recobrado la gracia del Rey e ingresado de nuevo en su consejo, calculaba las ventajas que podían reportarle estos honores.
—Haré bien a quien quiera, se decía, y se regocijarán mis amigos: ¡la sabiduría vale más que el oro!
De esta manera emprendió su marcha triunfal hacia Malparto, escoltado por sus partidarios.
Llegado que hubo cerca de su mansión feudal, mostróse agradecido con aquellos que le socorrieron o consolaron en sus días aciagos, ofrecióles sus servicios, y se despidió de todos. Cada cual se alejó entonces en busca de su hogar.
Urdemalas penetró en el castillo, en donde encontró radiante de salud y hermosura a la ilustre Ermelina, que le abrazó llena de alegría, rogándole le refiriera detalladamente sus últimas aventuras.
—¡Logré plenamente mis deseos! exclamó Urdemalas: he recobrado la gracia del Rey; asistiré de nuevo a su consejo, y nuestra familia prosperará y será honrada por grandes y pequeños. En voz alta me ha nombrado ante todos el monarca canciller del imperio y entregádome su sello. «¡Cuanto Urdemalas haga o prescriba, ha dicho, merecerá mi aprobación! ¡Tenedlo entendido, y que nadie lo olvide!».
En pocos minutos he enseñado al pobre lobo una lección que ignoraba. Ya no me acusará de nuevos crímenes. Ha quedado ciego, lleno de heridas, y deshonrado su linaje. Siempre llevará en su rostro una señal indeleble de mi astucia y valor. De poco le servirá el mundo en adelante. Luchamos, y lo vencí. Creo que sanará con bastante trabajo. Mas ¿qué me importa? Soy ya su superior, y de todos aquellos que le acompañaban y ayudaban en sus viles proyectos.
La esposa de Urdemalas se regocijó mucho con tan placenteras nuevas. Hasta sus dos hijuelos, Rojillo y Urdemalitas, al saber la elevación de su ilustre padre, se llenaron de orgullo. Gozosos se decían:
—¡Días alegres nos esperan: honrados seremos de todos! ¡Impunemente podremos ya zurrar a los hijos de nuestros vecinos! Fortifiquemos nuestro castillo, y mientras tanto, pillemos a diestro y siniestro cuanto se nos antoje, y vivamos tranquilos y sin miedo.
Grande es ahora la consideración de que disfruta la raza de los Urdemalas.
Que todos se consagren, pues, a la sabiduría, y que, huyendo del vicio, amen y respeten la virtud.
He aquí el objeto de esta historia, en la cual mezcla el autor las burlas y las veras, para que sea fácil separar la cizaña del grano y estimar la prudencia. Los que ojeen este libro aprenderán también cada día a conocer el mundo, pues tal cual fue creado y tal como hoy existe, durará largos siglos.