el zorro - canto 11
Prosigue la acusación de Tragabombas y la defensa de Urdemalas.—El lobo arroja al zorro su guante en señal de desafío.—Aceptado el reto, ambos rivales prepáranse a combatir como buenos en campo cerrado, a usanza de los antiguos paladines.
—Ya comprenderéis, oh, noble soberano, prosiguió Tragabombas con creciente furor, que Urdemalas es ahora, como antes, y como lo será toda su vida, un bribón incorregible, y que cuanto hace y dice, es para perpetua deshonra mía y de mi linaje. Con tal propósito, siempre ha maquinado contra nosotros, y especialmente contra mi esposa, las más pérfidas asechanzas. Cierto día incitó a Gilimunda a que vadease una laguna, prometiéndola que pescaría abundantemente sólo con sumergir su cola en ella, y tenerla luego a flor de agua, pues que de esta manera morderían el cebo tantos peces, que ni cuatro individuos de la raza de mi amada cónyuge podrían devorarlos sin reventar de hartos. Mi crédula mujer no tuvo inconveniente en meterse en el agua, y empezó a nadar hacia el sitio del desagüe, que era el más profundo de la charca, y donde Urdemalas había dicho que podría pescar por el nuevo método que la había enseñado. Al llegar la noche arreció el frío, y comenzó a helar tan terriblemente, que Gilimunda no podía sufrirlo. En breve quedó presa su cola entre los carámbanos, y como no le era dable moverla, creyó que la empresa había salido a pedir de boca, y que la pesadez de su rabo provenía de la abundancia del pescado que se había agarrado a él como a un sabroso cebo. El traidor Urdemalas, que observaba todo esto, se reía a carcajadas celebrando el éxito de su bellaquería: luego acercándose callandito a mi esposa, aprovechóse de la inmovilidad a que se veía reducida para ultrajarla indignamente. Después de este atentado, ¿dirán que no me asiste razón para vengarme del que tan fea mancha arrojara sobre mi honor? ¡Ese abominable delito ha de costar hoy la vida a uno de los dos! No lo negará el zorro con su impudente charlatanería, porque le sorprendí con las manos en la masa, como dice el vulgo, al pasar por casualidad al pie de una colina inmediata al lugar de la ocurrencia. Como oyera gritar pidiendo socorro, acerquéme allí al punto; conocí a la mísera seducida, y vi que estaba presa en el hielo, y que no podía evitar nuestra común deshonra, la cual hube de presenciar con estos ojos que se ha de comer la tierra. ¡Milagro fue, sin duda, que mi corazón no se desgarrase de dolor!
—¿Qué has hecho, miserable Urdemalas? le dije.
El pícaro me oyó, y puso pies en polvorosa para librarse de mi justo furor.
Con el ánima afligida metíme en la laguna; hube de vadear el agua, y casi helarme en ella, y sólo a duras penas logré romper el hielo y salvar a mi esposa. ¡Ay de mí! No escapó la cuitada del peligro con la ventura que yo deseara. Un esfuerzo supremo que practicó para salir del atolladero, la hizo dejar entre el hielo la mitad de su cola. La violencia del dolor la hizo prorrumpir en desaforados aullidos: oyéronla los aldeanos de las inmediaciones, y al punto se congregaron para venir a atacarnos. Armados de hachas, picas, horquillas y azadones, rodearon la charca por todos lados: sus mujeres les seguían, empuñando sus ruecas, y animándolos al combate con atronadora gritería.
— ¡A ellos!… ¡A ellos! vociferaban: ¡herid!… ¡herid! ¡Matadlos!… ¡Que no quede uno vivo!… ¡A los lobos!… ¡A los lobos!
Hablando ingenuamente, nunca he sentido tales angustias y trasudores, y lo mismo confiesa Gilimunda.
Con harta pena salvamos la vida huyendo, porque nos humeaba ya la piel a fuerza de los golpes que llovían sobre nosotros. Entonces vino a todo correr un muchacho, grosero personaje, armado de una pica: ágil en la carrera, nos embistió el rapaz, poniéndonos en el mayor aprieto.
Si no hubiese sobrevenido la noche, nuestra muerte era cierta. Las mujeres, malditas hechiceras, seguían gritando a más y mejor:
—¡Mirad que se os escapan! ¡Fuego al lobo! ¡Fuego al lobo! ¡No los dejéis marchar sin molerles las costillas, o cortarles las orejas!
Como no les era posible a los malditos labriegos alcanzarnos, a pesar de sus buenos deseos, nos injuriaban y escarnecían a porfía.
En resumen, para escapar de la persecución, tuvimos que lanzarnos de nuevo al agua, ocultándonos entre los juncos que rodean la laguna.
Los aldeanos no creyeron prudente darnos caza habiendo oscurecido, y regresaron a sus hogares, dejándonos en extremo admirados de haber salido sanos y salvos de tan apurado trance.
Ya veis, bondadoso soberano, que en el caso de que voy hablando, se trata de seducción, de abuso de confianza y de otros crímenes muy graves, penados por la ley, y que sin duda alguna, oh, Rey noble y justiciero, castigareis severamente, para escarmiento de malhechores y para satisfacción de la vindicta pública.
El Rey, después de haber oído con disgusto esta nueva acusación, repuso:
—Graves son, en verdad, los cargos que pesan sobre vos, señor Urdemalas.
Y volviéndose al lobo, añadió:
—Aunque se acceda al cabo a vuestra demanda, con arreglo a derecho, bueno será, no obstante, que dejemos hablar al acusado. Así, pues, Urdemalas: ¿qué tenéis que alegar en vuestra defensa?
—¡Que todo es un infame tejido de calumnias, inventadas por mis enemigos para perderme! repuso descaradamente el zorro, con voz que resonó por todos los ámbitos de la sala.
—¡Ah, traidor! barbotó Tragabombas, echando espumarajos de rabia: ¿te atreves a negar?…
—Todo lo niego: si el caso hubiera sucedido como lo cuenta el lobo, mi honor no saldría bien librado ante la respetable asamblea que nos está escuchando. ¡Guárdeme Dios de que su narración fuese cierta! No negaré que enseñé a la noble Gilimunda a pescar por un método totalmente desconocido hasta entonces; que la hice vadear los mejores pasos, y hasta que la llevé yo mismo a la laguna. Pero fue tan grande la codicia de la insaciable loba cuando oyó hablar de los pescados, que olvidó al punto el camino que debía seguir para ganar otra vez la orilla, y la moderación, y mis prudentísimas lecciones. Apenas entró en el agua y saboreó la pesca, pareció haber perdido el juicio. Removiéndose velozmente a uno y otro lado, aquí engulle una anguila; allí traga una tenca; más allá embaula un sollo, y un poco más lejos devora una lamprea.
—¡Cuidado, amiga mía! gritábale yo desde lejos: ¡cuidado! La pesca cruda es manjar indigesto: ¡mirad no os haga daño!
Pero ella, despreciando la advertencia, siguió sacando la tripa de mal año, y si quedó presa en el hielo, fue sin disputa por comer con exceso, puesto que, de salir a tiempo de la charca, habría pescado lo bastante para celebrar un festín tan opíparo como el de Baltasar. La extremada glotonería siempre es nociva y peligrosa. Si el estómago se acostumbra a no encontrarse nunca satisfecho, por fuerza ha de carecer de muchos goces. A quien domina la ambición, atormentan los cuidados, y nunca se ve harto. Así lo ha experimentado la dama Gilimunda, cautiva en el hielo única y exclusivamente por su falta.
¡Mal agradece ahora las penas que pasé cuando estaba sacándola del congelado charco! ¡He aquí mi recompensa por ayudarla lealmente a escapar del peligro! La verdad es, que me llegué a donde estaba aprisionada por la cola, e intenté levantarla; pero pesaba demasiado, y mientras me ocupaba en esta faena, llegó Tragabombas, que merodeaba por la orilla, y se detuvo, gritando y profiriendo horribles amenazas.
Por más vergonzoso que sea confesar mi flaqueza, tuve miedo al oír su afable saludo. Una, dos y tres veces pronunció espantosas, blasfemias, y aulló encendido en furiosa cólera.
Entonces dije para mi coleto:
—¡Si te encuentras bien con tu pellejo, amigo Urdemalas, aléjate de aquí sin aguardar la llegada de ese energúmeno! Es preferible correr a morir. Vale más que se diga: «¡Aquí huyó un cobarde!» que no: «¡Aquí murió un valiente!».
De esperar al lobo, me hubiera devorado sin remedio.
Cuando dos perros riñen por un hueso, uno de los dos ha de perder en la contienda. Parecióme, pues, lo más prudente evitar su cólera y su furia insensata. Irritado estaba entonces, como lo está también ahora, ¿a qué negarlo? Pero, interrogad a su esposa: ese calumniador y yo, ¿somos acaso condueños de algún bien común? Lo único positivo, es que viendo ese menguado aprisionada a Gilimunda en el hielo, se desató en maldiciones, y gruñó hasta aturdirme los oídos: después se acercó a ella, y la ayudó a salir de la laguna.
Todos saben cuán perjudicial es permanecer inactivo después de un baño prolongado, sobre todo en invierno. De agradecer fue que los campesinos persiguieran a los esposos Tragabombas, porque pusieron su sangre en movimiento, e impidieron que se helara. ¿Qué más puede decirse respecto a este asunto? Ningún hombre probo deshonrará nunca a su propia mujer y se deshonrará a sí mismo con mentiras de ese jaez. Preguntad a la bella Gilimunda, que está presente: a decir su marido la verdad, ella no hubiera dejado de quejarse ante el Rey, por el supuesto agravio que dicen la he inferido. De todas maneras, vista la gravedad del crimen que se me imputa, pido una semana de plazo para consultar con mis abogados y amigos la respuesta jurídica que debo dar al lobo y a sus acusaciones.
Gilimunda, que tenía sus razones particulares para vengarse de Urdemalas, empezó a apostrofarle en los siguientes términos:
—¡En todas vuestras acciones y palabras, sólo se observa doblez, fraudes, engaños, hipocresía, seducción e insolencia! ¡Quien da crédito a vuestras frases artificiosas, recibirá al cabo el premio de su imbecilidad! ¡Vuestros discursos son siempre ambiguos y falaces! Harto lo probé por mi daño en la aventura del pozo, que aún permanece ignorada de todos, y que voy a hacer pública para vuestra afrenta.
Dos cubos colgaban de su garrucha, y sin saber por qué causa, os colocasteis en uno, y descendisteis al agua. No os era posible, por más que lo intentabais, salir de nuevo, y os lamentabais amargamente. Por la mañana llegué yo al pozo, y viéndoos en peligro de morir ahogado, pregunté:
—¿Quién os ha arrojado ahí, amigo Urdemalas?
Contestásteisme entonces:
—¡Qué a tiempo venís, comadre de mi vida! Aprovechaos sin tardanza de la ocasión que se os presenta: meteos en el cubo de arriba, bajad aquí, y comeréis anguilas hasta reventar. ¡A fe de honrado, os aseguro que habéis de agradecerme el espléndido banquete que os preparo!
Perseguíame, en verdad, la desgracia, puesto que di crédito a vuestros juramentos y protestas de haber devorado tantas anguilas, que os sentíais malo del atracón.
Sin consultar más que mi glotonería, dejéme seducir como una necia, y me metí en el cubo: con el peso de mi cuerpo, bajó el uno, subió el otro, y nos encontramos en el camino.
No poco sorprendida, exclamé entonces:
—¿Qué significa esto?
Si mal no recuerdo, me respondisteis con sarcástico acento estas palabras:
—¡Arriba y abajo va el mundo como nosotros! Tal es el curso de las cosas. Abájanse los adarves, y álzanse los muladares. Cada cual, según su mérito, obtiene la recompensa que merece.
Acabando de decir esto, saltasteis ligeramente del cubo, y corristeis hacia el bosque, mientras quedaba yo en el fondo del pozo, siéndome necesario esperar todo el día y sufrir muchos golpes antes de escaparme por la noche.
Cuatro o seis campesinos que acertaron a pasar por allí al volver del trabajo, quisieron beber agua, y me atisbaron en mi improvisada cárcel.
Atormentábame hambre devoradora; sentíame llena de angustia y de aflicciones, y en el estado más deplorable que imaginarse pueda.
Uno de los labriegos dijo a sus camaradas:
—¡Mirad allá abajo a nuestro enemigo, el que diezma nuestras ovejas!
—¡Sácalo fuera! gritó otro: yo estaré preparado junto al brocal; le recibiré como corresponde a un ladrón de su especie, y nos pagará de una vez todos los corderos que nos ha arrebatado.
Lamentable, por cierto, fue la recepción que me esperaba. Luego que estuve arriba, llovieron a millares los golpes sobre mí; sufrí más sustos y congojas que había soportado en mi vida, y por milagro me libré de la muerte.
—Pesad bien las consecuencias de ese contratiempo, replicó con sorna Urdemalas, y hallareis de seguro que debierais quedarme agradecida, puesto que los palos que os propinaron no dejaron de seros saludables. Por lo que a mí hace, parecióme lo más prudente endosarlos a otro. Las cosas habían llegado a tal extremo, que no siendo posible escapar los dos a un tiempo, uno de nosotros había de cargar con la paliza. Si bien lo reflexionáis, señora mía, aquellos garrotazos os sirvieron para que en lo sucesivo no confiaseis en nadie tan ligeramente como lo hicisteis entonces.
En el mundo no hay más que malvados: ésta es una verdad que debierais tener ya olvidada a vuestros años. Dice el proverbio, que «la letra con sangre entra», y los palos que os dieron los labriegos en aquella ocasión, desarrollaron mejor vuestras facultades intelectuales que pudiera hacerlo una dilatada serie de estudios y cálculos prolijos.
—¡Ya lo oís! vociferó el lobo, dirigiéndose a los que formaban la asamblea: ¿queréis más pruebas de su perfidia? ¡Nadie me ha ofendido tanto como ese traidor desleal! Y sin embargo, no he referido aun el daño y la afrenta que recibí de ciertos monos de la Sajonia, a cuya habitación me condujo el malvado zorro. Sugirióme una vez la idea de penetrar en cierta caverna, en la cual le constaba que habían de maltratarme. Si no hubiese huido prontamente de ella, habría dejado en rehenes mis orejas y mis ojos. Para animarme a entrar en la cueva de los malditos monos, díjome que allí encontraría a su respetable tía, la señora Estofada. Casi por milagro salí con vida de aquel abominable antro y de las garras de los extraños seres que lo habitaban.
Urdemalas interrumpió a su acusador, diciendo:
—El pobre Tragabombas habla trascordado, y como si careciese de sentido común; pero yo explicaré los hechos tal como sucedieron. Hará cosa de dos años y medio, propúsome el que es hoy mi más encarnizado enemigo un viaje de placer a la Sajonia. El lobo iba allí con propósitos libertinos. Yo le seguí, es verdad: en lo demás miente como un bellaco. Aparte de esto, tampoco eran monos los animales de quienes habla, sino micos. Por mi parte, nunca confesaré que los micos sean parientes míos. Martin el mono, y su esposa la simpática y bella señora Estofada, aya de los hijos de nuestro amado soberano, están unidos a mí por los vínculos de la sangre: ella es mi tía, él mi tío, y como a tales los honro y me envanezco de su parentesco. Martin, como todos sabemos, es uno de los personajes más distinguidos de la corte; ejerce las funciones de secretario de S. M., y goza fama de eminentísimo doctor en derecho. Por lo que atañe a su digna consorte, parécerne excusado cuanto pudiera decirse en su elogio, sabiendo que disfruta la protección y confianza de, la Reina. Empero, dejando esto a un lado, lo que cuenta Tragabombas de aquellas abominables criaturas, me llena de vergüenza: nada común tengo con ellas: nunca han sido mis parientes, porque, en verdad, se asemejan a demonios del infierno. Si, forzado por la necesidad, me fingí después deudo de la endiablada vieja que habitaba aquella caverna, nada perdí en ello, lo digo sin rebozo, pues que me dio generosa hospitalidad, y a no haberme portado cortésmente con ella, no habría salido vivo de sus manos.
Ahora, prestadme atención, señores, que voy a referiros el suceso.
Nos habíamos separado algo de nuestra ruta Tragabombas y yo, caminando al pie de una montaña, cuando observamos una cueva sombría, larga y profunda. Tragabombas, como acontece siempre, estaba muerto de hambre. ¡Ojalá que alguna vez le hubiese visto satisfecho!
Deseando remediar su necesidad, le dije:
—En esa cueva hay víveres en abundancia: no dudo que sus dueños nos ofrecerán de buen grado cuantos tengan: creo que llegamos en ocasión propicia.
—¡Oh, tío! contestó el lobo, un poco receloso: si queréis entrar ahí, hacedlo en hora buena, que yo os esperaré bajo este árbol: vos sois mucho más hábil que yo en granjearos las simpatías y contraer nuevas amistades. Si os invitan a comer, no dejéis de avisármelo al momento, por amor de Dios.
De este modo se proponía el redomado lobo estar a la expectativa, y saciar su hambre a mis riesgos y peligros.
A pesar de que conocía bien las marrullerías de mi camarada, penetré resueltamente en la caverna. No a la verdad sin miedo, recorrí un sombrío y tortuoso corredor, que nunca se acababa. Lo que encontré allí (por todo el oro del mundo no sufriría más en mi vida susto semejante), fue un nido de horribles alimañas de todos tamaños, grandes y pequeñas; pero a cual más feas y repugnantes. La madre de tan extraños seres era la vera-efigie del mismo Lucifer. Su descomunal boca enseñaba dos largas filas de tremendos y aguzados dientes; aceradas y largas eran también las uñas de sus pies y manos, y del extremo de su espinazo arrancaba una disforme cola. ¡Jamás he visto más espantoso engendro! Sus negros y endiablados hijos se parecían a jóvenes espectros.
Al presentarme ante ellos, aquellos condenados empezaron a mirarme, haciendo satánicas visiones.
Yo decía por lo bajo, mientras recorría mis miembros un escalofrío de terror:
—¡Quién estuviese a cien leguas de aquí!
La madre era más corpulenta que Tragabombas, y algunos de sus pimpollos de igual estatura que el lobo.
Cuando entré, hallé a la feísima bestia recostada sobre un montón de heno podrido, y envuelta hasta las orejas en estiércol.
Apestaba aquella pocilga más que la pez del infierno. Si he de decir lo que siento, no me encontraba allí muy a mi gusto. Ellos eran muchos, y yo me veía solo: además, hacían medrosos gestos. Reflexioné entonces en los medios de escapar del apuro, y los saludé cortésmente, mientras los daba al diablo en el fondo de mi corazón.
Deseando atraerme desde luego su benevolencia, llamé a la harpía señora tía, primitos a sus hijos, y fui pródigo en palabras lisonjeras.
—¡Dios misericordioso os proteja largo tiempo, y os haga felices! exclamé: ¿son estos vuestros hijos? ¡Válgame Dios! no debiera preguntarlo. ¡Cuánto me agradan! ¡Santo cielo! ¡qué lindos, qué bellos son! ¡Parecen hijos de reyes! Os doy mil enhorabuenas, porque aumentáis el lustre de nuestro linaje con tan floridos vástagos. Grande es mi gozo al saber de tales parientes, puesto que en tiempos tan revueltos y calamitosos como los que atravesamos, todos son necesarios.
Cuando la hube honrado tanto (aunque otra cosa pensara), la dueña de aquel antro me correspondió de igual modo; llamóme sobrino a boca llena, y fingió conocerme, si bien no era cierto que semejante fiera tuviese conmigo el más lejano parentesco. En semejante ocasión, sin embargo, no me perjudicaba llamarla tía.
Mientras tanto, sudaba a raudales de angustia y de pavor; pero ella me dijo afablemente:
—¡Os doy la más cordial bienvenida, querido pariente Urdemalas! ¿Es buena vuestra salud? Os agradeceré toda mi vida que hayáis venido a visitarme. Más adelante enseñareis a mis hijos sabias máximas para que prosperen en el mundo,
Así me habló, recompensando lealmente mis halagüeñas frases, sobre todo el haberla llamado tía, y ocultádole la verdad. No obstante, confieso que hubiera deseado verme lejos de su presencia.
Terminados los primeros cumplidos, dije que un asunto de la mayor importancia me obligaba a ponerme inmediatamente en camino, e hice ademan de abandonar la cueva. Pero la hedionda hembra no lo consintió, y cerrándome el paso, repuso:
—No os ausentareis de esta casa, señor sobrino, sin recibir antes mi hospitalidad. Quedaos aquí, y permitidme que os sirva y agasaje.
Enseguida me presentó suculentos manjares, cuyos nombres no puedo recordar ahora, si bien me sorprendió sobremanera ver allí tantas provisiones, no sabiendo cómo las adquiría. Sin embargo, si no me engaña mi memoria, paréceme que comí varias clases de pescado, y además corzo y otras carnes monteses, con las que me regalé a maravilla.
Saciado mi apetito, ofrecióme la dueña de la caverna un gran trozo de ciervo para que lo llevase a mi familia.
Dile las más expresivas gracias por su delicada atención.
—Urdemalas, me dijo, no dejéis de visitarnos con frecuencia, seguro que hallareis siempre aquí la mejor acogida.
A trueque de abandonar pronto tan horrible mansión, hubiese prometido cuanto de mi exigieran. Ofrecí volver, y saludando a la fiera y a sus horribles hijos, salí al momento al campo.
Ni la vista ni el olfato se deleitaban demasiado en aquella cueva: casi estuve a punto de perecer ahogado.
Aprovechando, pues, la ocasión de huir que se me presentaba, corrí velozmente hasta el sitio en que dejara a Tragabombas.
Apenas me vio el lobo, vino presuroso a ponerse a mi lado.
Díjele yo entonces:
—¿Qué tal, sobrino mío?
Y él contestó:
—¡No muy bien! Estoy muerto de hambre.
Infundióme lástima la necesidad de mi deudo, y le ofrecí el sabroso pedazo de asado que traía.
Como es de presumir, Tragabombas devoró la carne con su proverbial glotonería, sin cuidarse de darme las gracias por aquel servicio. ¿Qué extraño es que ahora se haya borrado de su memoria?
Al acabar de comer me preguntó:
—¿Quién habita esa sima? ¿Cómo os ha ido en ella?
Contéle la verdad, instruyéndole perfectamente acerca de lo que debería hacer para alcanzar la benevolencia de los habitantes de la caverna.
—Aunque el nido es detestable, hay en él manjares exquisitos, le dije: si deseáis también saborearlos, es menester que entréis sin vacilar, cuidando, sobre todo, de no decir a los que encontrareis ahí dentro la verdad desnuda. ¿Anheláis que se conviertan en realidades vuestras esperanzas? Guardaos de ser franco.
Repetile de nuevo tan útiles consejos, porque si hay en el mundo quien sea tan indiscreto que lleve siempre la verdad en sus labios, sufrirá persecuciones y malos tratamientos donde quiera que vaya; nadie se acordará de él, y los demás serán invitados al banquete de los honores y del poder, mientras él permanecerá ayuno a un lado de la mesa.
Tales fueron mis leales advertencias: le encargué que se desentendiera de toda prevención; que no pronunciara sino frases agradables y lisonjeras, asegurándole, por último, que se le recibiría afablemente.
He aquí, oh, Rey y señor clementísimo, mis sabias exhortaciones, hijas de una sana intención.
Pero Tragabombas hizo después todo lo contrario, y si le atormentaron por su culpa, con su pan se lo coma, porque debió obedecerme.
Trabajo perdido es buscar sabiduría bajo su áspero pelaje. Las gentes de su calaña son incapaces de acciones prudentes ni de pensamientos delicados: el pueblo rústico y torpe desconoce el valor de la cortesía.
Con toda lealtad insistí una y otra vez en lo conveniente que sería hablar con cautela a los habitantes de la cueva.
—Yo sé lo que he de hacer, replicó el lobo de mal humor.
Y sin añadir una sílaba más, fuese trotando hacia la caverna.
Allí, en lo más hondo, estaba sentada la horrible meguera.
Al divisarla Tragabombas, creyó ver al demonio.
Entonces exclamó asustado:
—¡Socorro! ¡Qué espantosos animales! ¿Son vuestros hijos estas criaturas? En verdad, que parecen abortos del infierno. ¡Andad, y ahogadlos, que será lo mejor, para que raza tan maldita no se extienda por la tierra! Si fuesen míos, su muerte era segura. Atados como reclamos a las cañas de una laguna, se cazarían diablos con ellos. ¡Qué entes tan sucios y asquerosos! ¡Llamadlos monos acuáticos, y tendrán un nombre propio!
La madre, que había escuchado con creciente asombro las insultantes palabras del recién venido, replicó, mirando con iracundos ojos a su interlocutor:
—¿Qué demonio nos envía este mensajero? ¿Quién os ha invitado a venir aquí con tanta grosería? ¡Hijos míos!… ¿Qué importa a nadie que sean feos o hermosos? Ahora poco nos dejó el zorro Urdemalas, instruido personaje, que debe saber bien lo que dice, y aseguró en voz alta que todos son bellos como serafines, modestos y bien educados. Llamóles sus parientes lleno de gozo. Hace menos de una hora que se expresó así en ese mismo sitio. En cuanto a vos, si no os agradan como a él, nadie, en verdad, os ha ordenado que nos visitaseis. Tenedlo, pues, sabido, señor Tragabombas, y no me obliguéis a que responda de otra manera a vuestros ultrajes.
No satisfecho todavía el lobo con tal recibimiento, pidió que le trajeran de comer al instante, diciendo:
—¿A qué viene tan inútil charla? Saciad aquí mi apetito, porque si no lo hacéis, yo mismo buscaré los comestibles.
Y uniendo la acción a la palabra, quiso apoderarse de un magnífico cuarto de gamo que se veía al alcance de su garra.
Furiosa la terrible hembra, abalanzóse sobre el ladrón de sus víveres; le mordió y desgarró la piel con sus aceradas uñas, maltratándolo y sacudiéndolo de lo lindo. Imitáronla sus hijos, y arremetiendo al lobo todos juntos, le pellizcaron horriblemente.
El pobrete gritaba demandando auxilio, con las mejillas llenas de sangre; pero no tuvo valor para defenderse, y se encaminó hacia la puerta, rabo entre piernas y a paso redoblado.
Lo vi llegar mordido y arañado, colgando tiras de su pellejo, con una oreja hendida y la nariz ensangrentada. Atormentábanle varias heridas, y su piel, atravesada a puras dentelladas, estaba además llena de lodo.
—Y bien, sobrino, preguntóle al acercárseme, ¿qué hicisteis ahí dentro? ¿habéis dicho la verdad desnuda?
A lo que respondió:
—Hablé lo que sentí: mirad el premio de mi franqueza. La maldita hechicera me ha hecho una criba el cuerpo a fuerza de mordiscos y arañazos. ¡Oh, si estuviese fuera de la cueva, cara había de pagar la afrenta que acaba de inferirme! Pero ¿qué os parece, Urdemalas? ¿Habéis visto jamás unos pequeñuelos tan inmundos ni tan perversos? Cuando lo dije así a la madre, no hubo ya remedio; no encontré gracia a sus ojos, y todos se arrojaron sobre mí, poniéndome en el lastimoso estado en que me veis: creí que me devoraban.
—¿Estáis loco, sobrino? repliqué: otras fueron las lecciones que os dictó mi prudencia. «Yo os saludo cordialmente, querida tía, debisteis decir: ¿cómo estáis? ¿Es buena la salud de esos niños, tan simpáticos como hermosos? Me alegro en el alma de ver de nuevo a mis primitos».
Tragabombas me contestó irritado:
—¡Saludar a esa fiera y apellidarla tía!… ¡Llamar primos a esos horribles monstruos!… ¡Que el diablo se los lleve! Me asusta la idea de tal parentesco. ¡Diantre! ¡vaya una canalla hedionda!… ¡Ojalá no los vea más en mi vida!
Ahora bien: ¿qué acogida debía encontrar en la cueva el que así despreciaba a sus moradores? ¡Juzgad, pues, señores, si afirma con razón que yo le vendí! ¿Se atreverá a sostener que mi narración es falsa?
Tragabombas replicó con firmeza:
—La verdad es, que por mucho hablar, no decidiremos nunca esta contienda. ¿A qué argumentar inútilmente? El derecho siempre es derecho, y al término de la jornada se averiguará a quién de nosotros asiste la razón. Insolente sois por demás, Urdemalas; pero buen provecho os haga. Ya se pondrán en claro vuestras maldades. Puesto que la justicia de la tierra no sabe, o no quiere castigaros como merecéis, apelo, pues, al juicio de Dios. Pelearemos ambos cual esforzados caballeros, y de este modo terminarán para siempre nuestras querellas.
Mucho habéis sabido mentir sobre el hambre que me aquejó junto a la caverna de los micos, y sobre la generosidad con que la socorristeis. Cuantos os escucharon creerán sin duda que saqué por vuestra mediación la tripa de mal año, cuando es positivo que sólo me ofrecisteis un triste hueso, sin duda porque habíais devorado antes la carne. En donde quiera que nos encontramos os burláis de mí, y os expresáis sin vergüenza ni miramiento alguno, a trueque de deshonrarme. Me habéis hecho sospechoso con vuestras infames calumnias, como si yo hubiese conspirado contra mi soberano, y hasta atentado a su vida; y todo ello con el fin de deslumbrar al Rey con la fábula del tesoro perdido. También habéis hecho honda mella en la buena fama de mi esposa. No acabaría nunca si hubiese de enumerar los ultrajes y penas que he sufrido por vuestra causa. Pero ha sonado la hora de saldar nuestras cuentas, y vais a pagarme lo que hace tanto tiempo me estáis adeudando. Así, pues, yo os acuso ante Dios y los hombres de cuantos crímenes dejo referidos. Para probarlos, estoy pronto a combatir con vos en campo cerrado, vengando de este modo mis agravios antiguos y recientes. Por lo demás, proclamo en voz alta, que sois un asesino, un traidor, un ladrón. Después de esto, creo que no vacilareis en aceptar el duelo a muerte que os propongo: así acabarán de una vez tanto mentir y tanto injuriarme. Os arrojo, por lo tanto, este guante, en cuanto basta para confirmar mi provocación: conservadlo como prenda mía, y pronto vendremos a las manos. El Rey lo ha oído todo, y también los señores de su corte. Yo espero que serán testigos de nuestro duelo judicial, y prometo no ceder hasta que la cuestión se resuelva por la muerte de uno de nosotros: si venzo, quedará mi honor limpio de toda mancha.
Mientras el lobo hablaba de este modo, decía Urdemalas para su coleto:
—En supremo peligro se hallan ahora mi vida, honor y hacienda. Corpulento es mi rival, y yo pequeño y débil. Si no obtengo la victoria, de nada me habrán servido mis embustes y artimañas. Pero aguardemos un poco: no conviene precipitar asuntos de este género. Bien calculado todo, las ventajas están de mi parte: él ha perdido ya sus uñas delanteras. Si es tan loco que no quiere aplacarse, no logrará al cabo su propósito tan fácilmente como se imagina.
Después, levantando la voz, añadió:
—¡Vos sí que sois el traidor y el asesino, señor Tragabombas! Las acusaciones que fulminasteis contra mí son odiosas calumnias. ¿Deseáis batiros conmigo? Está bien: lidiaré hasta morir, yo os lo aseguro. Ansiaba hace tiempo que llegara este caso: ¡ahí va mi guante!
Y quitándose su manopla, la arrojó con fuerza a los pies del lobo.
El Rey recibió las prendas de los contendientes, que ambos le presentaron altaneros.
—Menester es, dijo, que algunos fiadores abonados se obliguen a responder de que mañana no dejareis de acudir ninguno de los dos al sitio que designemos para el combate. A mi parecer, son igualmente confusos los alegatos de ambas partes. ¿Quién es capaz de recordar y comprender cuanto se ha dicho aquí desde hace dos horas?
Tragabombas tiene razón al proponer el juicio de Dios, como único medio de averiguar de qué lado está la razón. Así, pues, concedo al lobo y al raposo terreno en mis estados para que diriman su contienda por medio de las armas. Nombren los campeones padrinos honrados y conocedores de las reglas del duelo y del honor; combatan como buenos; disputen esforzadamente la victoria, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
Melfagor y Bigotieso fueron los fiadores de Tragabombas, y de Urdemalas lo fue su primo Monico, hijo de Martin el mono, y el tejón Barbafosca.
Acabada la audiencia, salió el zorro rodeado de sus amigos, parientes y favorecedores.
Llegados a la habitación de la digna esposa del diplomático Martin:
—Urdemalas, díjole la señora Estofada, descansad algunas horas, y que la prudencia no os abandone un solo momento. Mi marido; que camina en este instante hacia Roma, me enseñó en otro tiempo una oración milagrosa, compuesta por el sabio Manga-ancha, fraile camandulense, quien se la dio a mi esposo escrita en un pedazo de pergamino, para que no la olvidara. Esta oración, según dijo el buen religioso, protege a los que se aprestan al combate, siempre que se recite por la mañana en ayunas; durante el día libra de riesgos y peligros, de dolores y heridas, y hasta nos defiende de la muerte. Tened, pues, en ella confianza, sobrino mío; yo os la recitaré oportunamente, y así podréis encaminaros a la lid consolado y sin miedo.
—Os lo agradezco de todo corazón, querida tía, contestó el zorro: mientras dure mi vida recordaré el inmenso favor que ahora me dispensáis. No obstante, si he de decir lo que siento, nada me inspira tanto brío como la justicia de mi causa y mi propia destreza. Tragabombas, en efecto, es fuerte y valeroso: sus aceradas uñas y agudos colmillos infunden miedo a todos los animales, menos al león, al tigre y a la pantera, en cuya dura piel no hacen ninguna mella. Cualquiera otro menos animoso que yo, se daría por muerto al pretender medirse con tan temible adversario. Pero no importa: no ha de decirse que porque uno es pequeño se asusta de acometer grandes empresas. Muchas veces los seres débiles y despreciables en apariencia doman la altivez de los poderosos. El ratón del Nilo mata al cocodrilo: el pez-espada vence a la ballena: Biton llevó un enorme toro sobre los hombros: las nevatillas, las currucas y las golondrinas atraviesan el Océano. Así, pues, no debo desmayar: el corazón me dice que venceré al lobo, cuya sangrienta cabeza colocaré sobre la puerta de Malparto, como trofeo de mi victoria.
Aquella noche no se separaron de su lado los amigos de Urdemalas, que se empeñaron a porfía en disipar sus tristes ideas con alegres coloquios.
La señora Estofada parecía la más solícita y cuidadosa.
Para que el zorro pudiese escurrirse más fácilmente de las garras de su formidable, enemigo, lo esquiló la mona con maestría desde la cabeza hasta la cola, en el pecho y en el vientre, untándolo después con manteca y aceite.
Vióse entonces cuán gordo, cuán redondo estaba y cuán gallardas eran sus formas.
Terminada aquella operación, díjole la previsora esposa del honrado Martin:
—Escuchadme, y reflexionad bien en lo que habéis de hacer. Seguid los consejos de amigos expertos y prudentes, y después os alegrareis. Bebed mucho, y retened la orina cuanto os sea posible. Cuando lleguéis mañana a la arena, soltadla de repente; empapad en ella vuestro espeso hopo, y esforzaos por asperjar con él al lobo. Si lográis llenarle los ojos del humor corrosivo que expeléis cuando huís de los perros, se oscurecerá su vista, y esto os favorecerá hasta el punto de daros la victoria. Al principio os conviene también fingir miedo para envalentonar a vuestro adversario, y escapar con paso rápido hacia la parte de que sople el viento. Si os persigue, levantad polvo, y llenadle los ojos de orines y arena. Saltad luego a su lado, espiad todos sus movimientos, y si se limpia, aprovechaos de la ocasión y repetid la misma maniobra hasta cegarlo por completo: así no sabrá en dónde se encuentra, y su derrota es segura. Por de pronto, dormid un poco, amado sobrino, que yo os despertaré a su debido tiempo. Entre tanto, paréceme prudente recitar la santa oración de que os hablé poco ha, para que os infunda ánimo.
Y poniéndole ambas manos en la cabeza, pronunció estas palabras:
—¡Nekraest negibual geid sum namteflih dnudna mein tedachs! ¡Ahora, que la suerte os favorezca! ¡Ya sois invencible!
Lo mismo, poco más o menos, dijo al zorro su tío Barbafosca: después lo llevaron al lecho.
Urdemalas durmió tranquilamente la mayor parte de la noche.
A la salida del sol vinieron a despertarle sus amigos la nutria y el tejón.
Saludáronle con amor los recién llegados, y le dijeron:
—¡Preparaos bien para la lucha!
Además de esto, trájole la nutria un pato silvestre, perfectamente asado, y se lo presentó, añadiendo:
— ¡Comedlo sin temor, que ya es mío! Costóme sólo algunos saltos junto a la laguna de Pocopan: deseo que os haga buen provecho.
—¡Excelente regalo! contestó el zorro: no lo despreciaré, a fe mía. ¡Dios recompense, amiga nutria, vuestras buenas obras!
Dicho esto, empezó a devorar el tierno pato, como si le aquejase hambre de quince días; bebió cual un hidrópico, y acompañado de sus deudos y amigos, encaminóse altivo y en extremo animoso al campo de batalla.