País Poema - Autores

johann wolfgang von goethe

el zorro - canto 10

Defiéndese Urdemalas de las acusaciones de sus enemigos, describiendo las alhajas que enviaba a los Reyes por conducto de la liebre y del carnero.—Viendo calmada la cólera del Rey, enumera los servicios prestados por su familia a los antecesores del monarca, quien se muestra dispuesto a devolverle su gracia, con tal que marche enseguida a buscar el tesoro.—Tragabombas pide la palabra, demandando justicia contra el zorro.
—¡Oh, Rey mío y nobilísimo príncipe! continuó el sagaz orador; dadme licencia para que describa a mis amigos los preciosos objetos que destinaba a V. M. Loable era mi propósito al ofreceros aquel presente, y no es culpa mía que no haya llegado a vuestras reales manos.
—Hablad, pues, refunfuñó el Rey, y abreviad el discurso cuanto os sea posible.
—¡Ah, cuánto deploro la pérdida de esas riquezas! prosiguió Urdemalas con dolorido acento: ¡cuán grande hubiera sido el placer de mi soberano al contemplarlas! La primera de las alhajas que destinaba a V. M., era una sortija de valor inestimable: entreguéla a Vellino para que la pusiese en vuestras manos. Esta sortija, del oro más puro que produjeran las renombradas minas del Potosí, estaba primorosamente cincelada, y era digna bajo todos conceptos de brillar en el tesoro de un gran monarca. En la parte interior, en la que toca al dedo, había letras grabadas formando lazos, que componían juntas tres inscripciones hebraicas de singular virtud. No sería fácil encontrar en este país un trujamán que las explicase: sólo podía leerlas el sapientísimo maestro Abrayon de Tréveris.
—¡Abrayon!… ¡Abrayon! interrumpió el monarca, arrugando las cejas: ¿quién es ese pájaro?
—Un judío extraordinariamente instruido, que conoce todos los idiomas y dialectos que se hablan desde Roma hasta Constantinopla, y que además es una verdadera autoridad en punto a yerbas y piedras preciosas.
Al enseñarle la sortija, exclamó admirado, después de contemplarla largo rato:
— ¡Nunca podrás imaginar lo que valen sus mágicas virtudes! Seth, el piadoso Seth, trajo esos tres nombres, grabados en el paraíso terrenal, cuando buscaba el oleum misericordiae. Quien lleve esta sortija en su dedo, se verá libre de todos los peligros: ni truenos, ni rayos, ni sortilegios podrán ofenderle jamás.
El maestro añadió además, que, según había leído, quien poseyese aquel anillo no se helaría nunca, por riguroso que fuera el frío, y viviría tranquilo hasta una edad muy avanzada.
En la parte exterior de tan inapreciable joya, veíase un carbunclo trasparente, que alumbraba de noche y hacía distinguir con claridad todos los objetos. Como veis, señores, el dueño de aquella piedra no tenía nunca necesidad de encender su lámpara. Además de esto, poseía muchas virtudes milagrosas: sanaba los enfermos; quien la tocaba se veía libre de todo quebranto, de toda pena y aflicción, y sólo era impotente contra la muerte.
El maestro me reveló también otras maravillosas propiedades de la sortija: su dueño podía viajar sin tropiezo por todos los países del globo, sin temer al agua ni al fuego: no era posible cautivarlo ni hacerle traición; se escaparía de todo linaje de emboscadas, y si antes de la batalla miraba en ayunas el prodigioso anillo, derribaría a centenares, y aun a millares, a sus enemigos. Ningún veneno ni jugo alguno ponzoñoso tenía fuerza bastante para matar a su poseedor. Asimismo desvanecía el odio, y si alguno no amaba al que llevase en el dedo tan portentosa alhaja, pronto se sentía trocado en su mejor amigo.
¿Quién será capaz de enumerar todas las propiedades de ese talismán, encontrado por mi en el tesoro del autor de mis días, y que intenté regalar a mi señor y Rey?
Verdaderamente, yo no era digno de gozarlo: sabíalo muy bien: correspondía de derecho al noble entre los nobles, al fuerte entre los fuertes, al magnánimo soberano en quien descansan nuestro bienestar y nuestra fortuna. ¿Qué extraño es, pues, que regalándole el anillo procurara librar su vida de todo género de asechanzas?
Al mismo tiempo que la sortija, el carnero Vellino tenía encargo de entregar a la Reina un peine y un espejo, que le ofrecía para que se acordase alguna vez de éste su humilde vasallo. Por recreo solamente había reservado para mi estos objetos, que eran lo que más estimaba del tesoro de mi difunto padre; porque de seguro no había en la tierra obra artística más bella y codiciada. ¡Oh, cuán vehementes fueron los deseos, cuántas las tentativas de mi esposa para apropiárselos! Preferíalos a todos los bienes de este mundo, y tuvimos por su causa frecuentes altercados; pero nunca pudo persuadirme a que accediera a sus ruegos. A pesar de todo, envié peine y espejo con la mejor voluntad a la Reina, mi graciosa señora, que siempre me mostró singular benevolencia, y que continuamente me ha protegido contra mis numerosos enemigos. Más de una vez pronunció en mi defensa frases lisonjeras, que no olvidaré jamás. Aparte de eso, nuestra adorable soberana es noble, del más elevado nacimiento, llena de virtudes, y su antiguo linaje se revela en todas sus obras y palabras. ¡Digna era, por tanto, del espejo y del peine! Por desgracia, ni siquiera los ha visto, y lo que aún es peor, se han perdido para siempre.
Pero dejando a un lado inútiles reflexiones que a nada conducen, hablemos ahora del peine. Habíalo hecho el artista de huesos de pantera, noble animal, que habita entre la India y el África: ornan su piel los colores más varios, y difunde los más suaves perfumes donde quiera que asienta su planta, por cuya razón la siguen gustosos los demás cuadrúpedos, constándoles que tales olores curan sus dolencias. De los distintos huesos de la pantera, estaba formado el peine, con arte maravilloso, pues brillaba como la plata, era de un blanco purísimo y despedía más grato aroma que el clavo y la canela. Cuando muere la pantera, se reparte este olor por todos sus huesos, y se fija de suerte en ellos, que nunca los abandona, rechazando toda clase de epidemias, y neutralizando los efectos del más activo veneno.
Veíanse además en el peine las más lindas imágenes, en alto relieve, entrelazadas con bellas grecas de oro y exquisitos esmaltes rojos y azules. En su parte más céntrica se había figurado la historia de Paris el Troyano, cuando, sentado cerca de una fuente, vio delante de sí tres beldades divinas, llamadas Palas, Juno y Venus, las cuales disputaban entre sí, porque deseaba cada una poseer exclusivamente la manzana de oro, que hasta entonces había sido propiedad de las tres. La fábula refiere que, con objeto de dirimir la discordia, las tres hembras acordaron al fin que Paris adjudicase la manzana a la más bella, y que ésta sola la poseyese.
Como el mancebo las mirase pensativo, sin atreverse a pronunciar el fallo, Juno le dijo:
—Si me das la manzana, y me declaras la más bella entre las bellas, te prometo que serás el hombre más rico y poderoso del universo.
Palas, a su vez, se expresó de este modo:
—Piensa bien lo que haces: dame la manzana, y serás el más fuerte entre los guerreros: todos, así amigos como enemigos, te temerán y aclamarán tu nombre.
Venus repuso:
—¿Para qué sirve el poder? ¿para qué las riquezas? ¿No es tu padre el Rey Príamo? Héctor y los demás hermanos tuyos, ¿no son ricos y poderosos? ¿No defienden a Troya sus ejércitos, y no habéis sojuzgado todo el país comarcano, y hasta los pueblos más remotos? Si me declaras la más hermosa y me das la manzana, poseerás el tesoro más preciado de la tierra, que es una mujer divina, dotada de celestial hermosura, virtuosa, noble, prudente y superior a toda alabanza. Dame la manzana, y será tuya Helena, esposa del Rey griego, beldad portentosa y tesoro de los tesoros.
Cuenta la fábula, que seducido por las brillantes promesas de Venus, Paris le dio la manzana de oró, declarándola la más hermosa de las mujeres. Ella le correspondió, ayudándole a robar a la incomparable Reina esposa de Menelao, que fue luego suya en Troya.
Esta maravillosa historia se veía grabada en relieve en medio del peine, alrededor del cual había muchos medallones con inscripciones artísticas, que podía leer cualquiera, alusivas al suceso que dejo narrado.
Escuchad ahora la descripción del espejo. En vez de cristal tenía un berilo de gran trasparencia y hermosura. Todo se reflejaba en él, aunque ocurriera a cien leguas de distancia; ya fuese de día, ya de noche: si alguno tenía cualquier defecto en el rostro, o una nubecilla en el ojo, bastaba que se mirase al espejo para que al instante desapareciesen. ¿Es de admirar, por tanto, que yo deplore su pérdida? El marco era de una madera riquísima, llamada palo de rosa, tan sólida como brillante. Esa madera no la destruye la carcoma; vale casi tanto como el oro, y sólo es comparable con el ébano. De ella, en tiempo del rey Krompardés, hizo un artista sobresaliente un caballo dotado de maravillosas propiedades. En una hora escasa recorría el jinete que lo montaba un espacio de cien leguas. Por el momento, no me es posible referir más detalles; pero es lo cierto, que desde que el mundo es mundo no se ha visto caballo semejante.
El marco del espejo era de pie y medio de ancho, y estaba adornado con esculturas simbólicas e inscripciones doradas, para explicar los asuntos que representaba. En pocas palabras daré cuenta de todos los episodios que allí se veían primorosamente esculpidos. El primero era el del caballo envidioso, que quiso rivalizar en ligereza con un ciervo; pero éste le venció, sintiéndolo su émulo en el alma. Para vengarse el caballo, apresuróse a hablar con un pastor, diciéndole:
—¡Serás feliz si me obedeces sin tardanza! ¡Móntame, que yo te llevaré más ligero que el viento! Hace poco ocultóse en el bosque un magnífico ciervo, que será para ti: podrás vender a buen precio su carne, piel y cuernos. ¡Monta, pues, y lo perseguiremos!
—Bien merece esa empresa la pena de acometerla, repuso el pastor.
Y montó el caballo, obligándole a emprender un furioso galope.
Al cabo de pocos instantes, el corcel y su jinete divisaron el ciervo, y siguieron sus huellas empeñados en cazarlo; pero siempre los adelantaba, y no pudiendo alcanzarlo, dijo al hombre el caballo:
—¡Baja ya, que estoy extraordinariamente fatigado y necesito descansar!
—No, en verdad, replicó el hombre: de hoy en adelante habrás de obedecerme en todo, y sentirás las espuelas en tus ijares, puesto que por tu propia voluntad me has hecho tu dueño.
Y obligó al animal desde entonces a obedecerle perpetuamente.
Tal es el castigo que padecen muchos malvados, que por perjudicar a otros se acarrean a sí propios trabajos y males infinitos.
Si no os cansa mi discurso, voy a explicar además otras historias que había figuradas en el marco del espejo.
Un asno y un perrillo estaban al servicio de un opulento caballero: el perro era su favorito; sentábase a su lado mientras comía, y participaba de la carne y del pescado que ofrecían a su dueño: descansaba a menudo en sus brazos, mientras su protector le daba pedazos del pan más exquisito, jugaba con su cola y parecía gozoso con sus caricias.
El asno, testigo de la dicha del perro, se afligía extraordinariamente, diciendo para sí:
—¿En qué piensa mi amo, cuando tanto cariño profesa a la criatura más inútil del mundo? Todas sus gracias están reducidas a saltar encima de él, y lamerle la barba. ¿Y yo he de trabajar acarreando sin descanso sacos de trigo desde el granero al molino? Que pruebe una sola vez, y verá si cinco o diez perros juntos hacen en un año entero lo que yo en un solo día. A fe, que ya estoy harto de que a ese vil faldero se le sirva lo mejor de la despensa, mientras me dan a mí por gran favor un puñado de paja. Él duerme como un príncipe en mullidos colchones y sábanas de holanda, y yo en el duro suelo: búrlanse todos de mí, y apaléanme si me montan o me enganchan. Ni quiero ni puedo tolerar por más tiempo este trato. Voy, pues, a conquistar cuanto antes el favor de mi dueño.
Acababa el borrico de hacerse estas reflexiones, cuando, llegó su señor de la calle. Al punto que lo vio, levantó el rabo; se encabritó, y saltando sobre él, cantó, gritó y rebuznó con toda su fuerza; lamióle la barba, y quiso acercar su hocico a sus mejillas, como el perro, levantándole, como es natural, algunos cardenales. El amo, asustado de tales caricias, huyó al punto, exclamando:
—¡Sujetad ese asno!… ¡Moledlo a palos!
Los criados acudieron al momento; llovió sobre los lomos del importuno una tremenda paliza, y fue conducido ignominiosamente al establo, donde permaneció tan burro como siempre.
Sirva a todos de ejemplo la historia del pollino. Muchos conozco yo dé su calaña, que envidian el bienestar ajeno, sin conseguir el propio. Ciertos cortesanos, enriquecidos de repente, y elevados por un capricho del soberano a los mayores honores y dignidades, se asemejan a inmundos puercos, a quienes su amo, para pulirlos y civilizarlos, pretendiera hacer comer sopas con cuchara.
El asno acarrea sacos, tiene cama de paja y cardos y cebada por alimento. Aunque se le quiera trasformar en otra cosa, siempre es y será asno. Si llega a confiársele algún mando, algún destino importante, como los de ministro, embajador o presidente de un parlamento, nunca sirve a su patria, porque sólo piensa en su utilidad y bienestar: ¿qué le importa lo demás?
Habéis de saber también, oh, mi venerado Rey (si es que no os molesta mi discurso), que en el marco del espejo, esculpida con elegancia y claramente figurada, se representaba también la antigua alianza que celebraron mi padre y Bigotieso, para correr todo género de aventuras. Los dos habían jurado por su honor y fe de caballeros arrostrar impávidos cualesquier peligro, defenderse mutuamente y repartir con estricta equidad el botín que adquiriesen en sus correrías. Salieron, pues, juntos al campo, y como viesen no lejos de ellos un grupo de cazadores rodeados de perros, exclamó Bigotieso:
—¡Aquí del ingenio, si queremos salvar la vida! ¡Mucho vale en estos casos una buena idea!
Mi padre replicó:
—Deploro, a la verdad, este contratiempo; pero poseo unas alforjas llenas de excelentes ideas, y además, es menester que recordemos nuestro juramento, y que nos defendamos uno a otro con brío: esto es lo principal.
Bigotieso, a quien no agradaba mucho encontrarse con los cazadores, respondió algo asustado:
—Dejémonos de pláticas, que se me ocurre un medio útil de salvarme, al cual recurro ahora.
Y para librarse de los perros, se subió a un árbol con ligereza, dejando a su tío en el pantano.
Grande fue el apuro de mi buen padre al acercarse los cazadores.
Bigotieso le decía mientras tanto:
—¿Qué tal, tío? Abrid sin perder tiempo las alforjas: si están llenas de buenas ideas, como asegurabais, ahora es ocasión de utilizarlas.
Los cazadores tocaron sus trompas, y corrieron hacia el zorro.
Mi padre huyó; persiguiéronle encarnizadamente los perros, y el miedo le hizo sudar, y hasta purgarse.
Así quedó su vientre más ligero, y escapó de sus enemigos.
Indignamente, como habéis oído, lo vendió su más próximo pariente, en el cual tenía puesta toda su confianza. Tratábase de su vida, porque los perros eran ágiles, y si no hubiese recordado con presteza que no estaba lejos de cierto agujero frecuentado por él en casos semejantes, habría muerto sin remisión; pero se ocultó a tiempo, y lo perdieron de vista los lebreles.
Muchos bribones hay todavía que practican hoy lo que Bigotieso hizo entonces con mi padre: ¿cómo he de amar y honrar a ese bergante? A. pesar de todo, casi le he perdonado; pero todavía queda algún rencor en mi pecho. Lo que dejo dicho se veía fielmente representado y escrito en el cerco del espejo.
Veíase allí también otro medalloncito, que probaba la proverbial gratitud del lobo Tragabombas hacia sus bienhechores.
Cierto día en que salió a cazar dicho personaje, tropezó en el campo con el cadáver de un caballo, del cual quedaban sólo algunos huesos; pero como su hambre era mucha, los royó con avidez, atravesándosele en la garganta un trozo de costilla.
Triste era, en verdad, su estado, y gravísimo su aprieto. Envió un mensajero tras otro en demanda de médicos; pero ninguno acudía a sanarlo, aunque les ofrecía rico premio. Por fin, apareció la grulla, trayendo en la cabeza su birrete encarnado, emblema de los hijos de Esculapio.
La presencia del facultativo reanimó algún tanto al enfermo.
—¡Libertadme, oh, doctor, de esta angustia! exclamó: ¡si lográis sacarme este estorbo, os doy cuanto pidáis!
Creyólo la grulla buenamente, y se dispuso a ejercer su profesión.
Después de pulsar al paciente y de preparar todo lo necesario para la operación, con tanta habilidad como pudiera hacerlo el Galeno más sabio de los siglos pasados, presentes y futuros, introdujo cabeza y pico en la garganta del lobo, y sacó al cabo el hueso.
—¡Ay! ¡ay! aullaba Tragabombas: ¿no ves que me haces daño? ¿No conoces que mis dolores son insoportables? Que no vuelva a suceder: ¿entiendes?… ¡Aunque por hoy te perdono! ¡Si fueses otro, a fe mía que no lo hubieras hecho impunemente!
—¡Alegraos, contestó la grulla, que estáis sano y salvo! Dadme ahora el premio que merezco, y que prometisteis a quien os curara.
—¡Vaya un taimado! replicó el lobo. ¿Conque el mal fue para, mí, y todavía pides, la recompensa? ¿Has olvidado acaso la gracia que acabo de dispensarte? ¿No te dejé sacar libremente, de mis fauces el pico y la cabeza? ¿No recuerdas ya, miserable, los atroces dolores que me has causado? En verdad te digo, que si se trata de premio, habrá de ser para mí, que lo he merecido, porque teniendo tu cabeza entre mis dientes te he dejado escapar con vida.
Así recompensan siempre a sus leales servidores ciertos cortesanos y magnates, que merecen más bien el dictado de villanos. Estos tales obligan a sus súbditos con falaces promesas a que se sacrifiquen por ellos, y sirvan de escabel a su ambición; y cuando han visto colmadas sus aspiraciones, dan con el pie al instrumento de que se valieron para alcanzar lo que se proponían, o le dejan morir de hambre, guardándose codiciosamente el ofrecido premio.
Sucede a veces, que se ven en peligro por el mayor poder o fuerzas de un adversario, y entonces hacen su causa común con la del pueblo.
—¡Marchemos al combate, camaradas! exclaman: ¡nuestros intereses son los mismos! ¡Corramos a defenderlos!
Y en tanto que los bobos que los creen van en busca del enemigo, haciéndose matar en primera fila, permanecen ellos prudentemente a retaguardia, so pretexto de dictar órdenes, o atender a la salvación de la hueste, caso de una derrota, y en realidad para huir sin obstáculo si la fortuna se muestra adversa, o presentarse antes que nadie a recoger el fruto de la victoria.
En otras ocasiones, esos ambiciosos, toman por excusa para medrar y elevarse más aun, la salvación de la patria.
—¡El país está en peligro! gritan: ¡el extranjero ha traspasado el sagrado límite de nuestra frontera!
O bien:
—¡Conciudadanos: rompamos las cadenas con que nos sujeta un monarca opresor! ¡Arrojemos sobre su frente todo el oprobio de que nos ha cubierto su tiranía!
Y cuando una insurrección triunfante ha devuelto al pueblo su libertad y sus derechos, los malvados procuran arrebatárselos poco a poco, llegando a fuerza de audacia e hipocresía a convertir en esclavos suyos a sus compatriotas, cuyas espaldas azotan con los mismos hierros de la anterior servidumbre que ayudaron a destruir.
Mucho podría extenderme sobre este punto que incidentalmente he tocado en mi discurso; más prefiero, por no ofender tal vez a algunos de los que me escuchan, terminar aquí mis reflexiones, y volver a la descripción de las alhajas robadas por el traidor Vellino.
Alrededor del marco del espejo se observaban, además de las historias que dejo narradas, otras muchas, primorosamente esculpidas, entre follajes, grotescos e inscripciones en letras doradas. Conceptuándome indigno de poseer tales preciosidades, porque valgo muy poco, a la verdad, las envié a mi señora la Reina, proponiéndome demostrarla de este modo, igualmente que a su augusto esposo, la veneración que les profeso. Mis hijos, muchachos dóciles y simpáticos, se afligieron extraordinariamente cuando me deshice del espejo. Acostumbrados los pobrecillos a saltar y jugar ante él, les agradaba mirarse, y ver sus colitas colgando de sus cuerpos, riéndose a carcajadas con sus sonrosadas boquillas. Por desgracia, no podía yo adivinar la muerte de la honrada Rabiblanca, cuando a ella y a Vellino, confiando en su fidelidad y buena reputación, entregué tan riquísimo tesoro. Tenía a los dos por personas, honradas y por mis mejores amigos. ¡Que la maldición más horrenda caiga sobre el asesino! ¡Quisiera saber quién ha ocultado esas prendas! ¡Ningún criminal queda jamás impune sobre la tierra! Si hubiese entre este escogido auditorio quien supiera decirme en dónde se halla el tesoro, y cómo murió Rabiblanca, tendría en mí un amigo mientras viviere.
Son tantos, oh, bondadoso Rey, los negocios graves que se os presentan cada día, que no es extraño se os olviden algunas de las pruebas de acrisolada lealtad que tiene dadas este vuestro humilde y agradecido vasallo. A pesar de todo, quiero recordar el importante servicio prestado por el autor de mis días, hace bastantes, años, al monarca que os precediera en el trono.
Enfermo yacía vuestro padre, y el mío le salvó la vida. Sin embargo, hay quien sostiene que ni mi padre ni yo os hemos hecho bien alguno.
Dignaos escucharme, señor, y oíd con paciencia mi discurso.
En la corte de vuestro augusto padre disfrutó el mío de grandes honores y dignidades, por su profundo saber en medicina, aparte de otras muchas ciencias. Era insigne maestro en examinar la orina del enfermo; ayudaba a la naturaleza; sanaba las enfermedades de los ojos y de los órganos más nobles del cuerpo; conocía cual ninguno las virtudes del emético, y tan afamado como hábil dentista, sacaba jugando las muelas más dañadas por el caries.
Paréceme, oh, gran Rey, que no habéis conservado memoria del acontecimiento que, voy relatando, y no sería, por cierto, de admirar, porque sólo tendríais entonces tres años. Un invierno, pues, se refugió en el lecho vuestro padre, presa de tan agudos dolores, que era preciso ayudarle a andar y a levantarse. Hizo llamar a los Galenos más sabios de Francia y Alemania, y todos unánimemente le desahuciaron desde la primera visita. Deseando, como es natural, el augusto enfermo, recobrar la salud, apeló por último a mi padre, que se enteró de su dolencia y supo apreciar su gravedad.
—¡Con qué placer, oh, Rey mío y bondadoso soberano, exclamó el autor de mis días, disimulando su profunda aflicción; con qué placer daría yo mi propia vida por salvar la vuestra!… Dejadme examinar vuestra orina en una botella bien limpia y trasparente.
El Rey ordenó que se le obedeciese; pero seguía quejándose, y cuanto más tiempo pasaba, más se agravaba su estado.
El espejo representaba precisamente la feliz curación de vuestro padre. El mío, después de muy maduras reflexiones, dijo:
—Si deseáis sanar, es menester que os decidáis a devorar sin tardanza la asadura de un lobo robusto y vigoroso, que tenga siete años por lo menos. Tragáosla toda sin escrúpulo, señor, porque va en ello vuestra salvación. La orina de V. M. revela alteración mórbida de la sangre: resolveos al instante, o no respondo de conservaros la vida.
Como es de presumir, el lobo, que se hallaba entre los cortesanos presentes a esta escena, no oyó el pronóstico del médico con agrado.
Vuestro padre, que apenas podía hablar, hizo un esfuerzo, y dirigiéndose al lobo, dijo:
—¿Ya sabéis lo que hay? Escuchad, señor lobo: espero que no me negareis vuestra asadura para curarme.
El lobo replicó:
—Si no he cumplido aún siete años, ¿cómo he de serviros para el caso? Otros habrá de mi linaje que reúnan las condiciones exigidas por el médico.
—¡Qué necedad! contestó mi padre; eso no le hace: ya averiguaremos la edad examinando la asadura.
Preciso filé que el lobo, a pesar de su resistencia, pasase a la cocina, donde después de hacer su autopsia, declaró el sapientísimo doctor que la asadura era excelente. Vuestro padre la devoró en un abrir y cerrar de ojos, y al instante se vio libre de toda dolencia y de toda flaqueza.
El agradecimiento del monarca para con el que le había curado fue verdaderamente extraordinario: entre otras honoríficas distinciones, dióle el diploma de protomédico de sus reinos, y mandó que todos en la corte le llamasen el insigne doctor, amenazando castigar con pena de la vida al que no le tributase este tratamiento.
De aquí que mi buen padre se presentase siempre en las procesiones y grandes ceremonias a la derecha del Rey, y precediese siempre a los cortesanos al entrar en la sala del consejo. Era ésta una prerrogativa de que no quiso desprenderse jamás.
Vuestro ilustre progenitor le regaló además (bien sabido lo tengo) una cadena de oro y un birrete rojo, para diferenciarle de los demás señores, a todos los cuales, como dejo dicho, guiaba en los actos públicos.
Honrábanlo, pues, a porfía pobres y ricos, nobles y pecheros.
Desgraciadamente, sucede hoy lo contrario con el hijo de aquel personaje. Olvidados los méritos y servicios de sus ascendientes, le ultrajan y deprimen a porfía. Ensalzados son los bribones más codiciosos, y sólo se piensa en la utilidad y en la ganancia, despreciándose la sabiduría y la justicia.
Hoy día los lacayos se trasforman en grandes señores; y esto, como siempre, lo paga el pobre pueblo. Cuando uno de aquellos logra favor y poder, sacude palos de ciego a los que se acercan a hablarle, y se borra de su memoria su oscuro origen: su único pensamiento, la idea que nunca le abandona, es enriquecerse a toda costa y por cualquier medio.
Muchos de esos bribones rodean de ordinario a los reyes y magnates, arrastrándose servilmente y barriendo con sus lenguas las gradas de los tronos. Nunca acostumbran dar audiencia a pretendiente alguno, si no trae ricos presentes, y cuando lo despiden, sólo dicen:
—¡Traednos algo otro día! ¡Traednos algo, una, dos y tres veces que vengáis a vernos!
Esos lobos devoradores se reservan los bocados más exquisitos, y dudan y vacilan cuando se trata de salvar a poca costa la vida de su soberano.
El lobo no quería desprenderse de su asadura para devolver la salud a su legítimo señor, a quien tenía jurado pleito-homenaje. ¿Y qué es una asadura? Lo digo sin rebozo: aunque perdieran la vida veinte lobos, leve sería el daño que sufriría el país, si el Rey y su querida esposa conservasen la suya. Pero ¿cómo ha de dar buen fruto el árbol carcomido? V. M. ha olvidado los sucesos de su juventud; pero yo los recuerdo perfectamente, como si hubieran ocurrido ayer. En el espejo estaba representado cuanto acabo de referir, pues así lo quiso mi padre: piedras preciosas y arabescos de oro adornaban los diferentes episodios que quedan descritos. Mi hacienda y aun mi vida daría yo con placer, si pudiese averiguar el paradero de tan inestimable alhaja.
Aquí terminó el zorro su perorata, y cruzándose de brazos, esperó con la cabeza erguida el efecto que produjera en el ánimo de los que la escucharan.
—Urdemalas, dijo el Rey: he oído atento tu discurso sin perder una sílaba. Si tu padre fue tan famoso en la corte, y prestó tan importantes servicios, debe hacer mucho tiempo de eso. No lo tengo presente, ni en mi memoria hay de ello el más ligero vestigio. Tus hazañas, por el contrario, no me dejan un momento de reposo. Siempre estás en escena, o por lo menos, así lo dicen todos. Ya sean injustos contigo, o ya refieran cuentos de viejas, la verdad es que desearía tener noticia, siquiera sea una vez, de alguna buena acción que hayas llevado a cabo durante tu vida.
—Señor, replicó Urdemalas, me explicaré sobre este punto ante V. M., porque es negocio que me interesa. Mi humilde persona no ha dejado de prestaros también algún servicio. No creáis que mi intención sea echároslo en cara y acusaros de ingrato. ¡Dios me guarde de cometer tamaña felonía! Mi deber es serviros con todos mis recursos y facultades.
Seguramente, no habrá olvidado V. M. lo que voy a contar.
La fortuna nos favoreció un día lo bastante a Tragabombas y a mi para que cazáramos un cerdo, que sucumbió entre nuestras garras, a pesar de sus gruñidos. En aquella ocasión os acercasteis a nosotros, quejándoos en voz alta, y diciendo, que vuestra esposa e hijos os seguían, y que si hubiera quien quisiese compartir con ellos algunos víveres, les haría un señalado favor.
—Dadnos parte de vuestra presa, añadisteis.
—No tengo inconveniente, contestó Tragabombas.
Y sin embargo, murmuraba para su sayo algunas palabras que no pude entender, pero que demostraban su descontento.
Yo repliqué entonces:
—¡Señor, hágase vuestra voluntad, aunque haya una piara entera de cerdos! Decid: ¿quién ha de partir éste?
—El lobo, respondisteis.
Al oír tales palabras, Tragabombas se relamió el hocico: sin miedo ni vergüenza dividió el puerco en cuatro partes; dio un cuarto a V. M., otro a la Reina, y él se lanzó sobre la otra mitad, devorándola con avidez, y ofreciéndome sólo las orejas, el morro y media lengua. Todo lo demás lo guardó en vuestra presencia para sí, y empezó al punto a engullirlo, sin acordarse de su mujer ni de sus hijuelos.
¡Escasa generosidad demostró por cierto el lobo en aquella ocasión!
Bien sabéis, oh, Rey mío, que como por encanto desapareció vuestra parte, lo que me dio a entender que no quedaba satisfecho vuestro real apetito.
Tragabombas prosiguió mascando y tragando a más y mejor, sin hacer ningún caso de vuestra hambre, y ni por urbanidad os ofreció el más pequeño huesecillo.
Indignado entonces, al observar tanta grosería, os abalanzasteis a él, y con vuestra real garra le sacudisteis un torniscón detrás de las orejas, destrozándole la piel.
El infame glotón huyó de allí al instante, con la calva llena de sangre, contuso, malparado y aullando de dolor.
V. M. gritó con voz airada:
—¡Vuelve aquí, pícaro redomado, y te enseñaré a tener respeto a tu soberano! Si partes otra vez, hazlo mejor; porque, si no es así, recibirás otra lección inolvidable. ¡Apresúrate ahora a traernos algo más que comer, o por mi real corona te juro que hoy mueres a mis manos!
—¿Lo mandáis, señor? repliqué: en ese caso iremos juntos los dos, porque sé bien dónde he de llegarme para no volver con las uñas vacías.
Mi respuesta agradó extraordinariamente a V. M.
Tragabombas, en tanto, parecía inconsolable; se desangraba, sollozaba y se quejaba en mi presencia. Pude persuadirle, sin embargo, a que me siguiera; cazamos juntos, y apresamos una magnífica ternera.
La caza obtuvo vuestra aprobación, sobre todo cuando os presentamos la ternera, y observasteis su gordura y robustez.
Aún recuerdo que os sonreísteis, y que hasta os dignasteis pronunciar algunas palabras en mi alabanza. En vuestra opinión, Urdemalas era el servidor más diligente para sacaros de apuros en los momentos críticos.
Despues añadisteis:
—Urdemalas: parte la ternera.
—La mitad os pertenece de derecho, respondí; la otra mitad es para la Reina: cuanto encierra el cuerpo, como el corazón, la asadura y la lengua, corresponde, cual es justo, a vuestros hijos: yo elijo, solamente las patas, porque me gusta roer los huesos: en cuanto a la cabeza, bocado en verdad muy exquisito, la reservo para mi amigo Tragabombas.
Al oír mis palabras preguntasteis:
—¿Quién te ha enseñado a partir con tanta equidad y cortesía?
—Ahí está mi maestro, contesté; porque el lobo, con su cabeza amoratada y su calva llena de sangre, ha aguzado mi entendimiento. Observé hoy con cuidado su manera de dividir el cerdo, y aprendí a hacer esta clase de particiones. Tanto monta que sea cerdo o ternera: la parte del león debe ser la mejor: el soberano ha de vivir siempre a costa de sus vasallos.
Las ideas que acababa de emitir, y mi comportamiento en el asunto de la ternera, agradaron tanto a V. M., que se dignó condecorarme con la gran cruz del Colmillo y la Garra. ¡Siempre ostentaré con orgullo entre mis blasones esa distinción, que debo a la munificencia del más amable de los monarcas!
Oprobio y descrédito eternos recayeron en tanto sobre Tragabombas, por su malhadada codicia.
Bastantes cortesanos se le asemejan, por desgracia. Estos lobos devoradores se apropian los frutos más ricos de la tierra, y exterminan hasta a los que la habitan. Todo lo destruyen, y a nadie perdonan. ¡Ay del país que alimenta tales monstruos!
Observad, señor Rey, cuáles y cuántos han sido hasta ahora mis servicios. Mis bienes y ganancias, sin reservarme ninguna, fueron siempre de V. M. y de su noble esposa. No hay goce más puro para mí que poner lo que poseo, valga o no valga, a los reales pies de VV. MM. Si os acordáis del cerdo y de la ternera, sabréis verdaderamente quién es el justo y el leal, y quién el delincuente y el traidor. ¿Cómo, pues, osa Tragabombas compararse conmigo? El lobo, sin embargo, es hoy el más poderoso personaje de la corte: oprime a grandes y pequeños; jamás se cuida de servir a V. M., y no obra así, por cierto, con sus deudos y amigos, a quienes protege y adelanta. De aquí, sin duda, que él y el oso sean preferidos a todos, y que se haga poco aprecio del benemérito Urdemalas.
Verdad es que me acusan, señor; pero yo no cederé: llegaré hasta donde lo exija mi honra mancillada, y diré, por tanto, en voz muy alta, que si hay aquí alguno capaz de probar mis supuestos delitos, que venga acompañado de testigos fidedignos; que no desista de su empeño, y que arriesgue en la demanda su fortuna, su reputación y su cabeza. Yo haré lo mismo sin excusa alguna. Tal es la costumbre observada hasta ahora, cuando se trata de esta clase de asuntos judiciales. Guárdese, pues, tan laudable costumbre; dese audiencia a ambas partes; que ellas expongan lo que crean conveniente, y seguidos los trámites legales, recaiga al fin sentencia sobre la cuestión principal y las accesorias.
—Ignoro, en verdad, replicó gravemente el Rey, si esa jurisprudencia que reclamas puede aplicarse en favor de un bribón de tu especie; pero sea de ello lo que fuere, no puedo ni quiero apartarme un solo ápice de la senda de la más estricta legalidad, como nunca lo he hecho hasta el presente. Vehementísimas son las sospechas que pesan sobre ti de haber sido el autor, o cuando menos cómplice en el asesinato de la desventurada Rabiblanca, mi leal mensajera. ¡La amaba con ternura, y la he perdido con sentimiento! ¡Honda fue mi pena cuando se sacó de tu zurrón su ensangrentada cabeza! Pagólo en el acto Vellino, su pérfido compañero de viaje. Tú puedes defenderte con arreglo a derecho. Por mi parte, recordando que no me abandonaste en ciertas épocas críticas de mi reinado, te perdono de todo corazón mis ofensas personales. Si alguno quiere presentarse como denunciador, le oiremos desde luego, si trae testigos intachables, y te acusa en debida forma. Por lo demás, tú te defenderás como bien te parezca.
El zorro contestó:
—¡Lo agradezco con toda mi alma, oh, bondadoso y clemente soberano! a todos dais audiencia, y todos gozan bajo vuestro amparo de los beneficios de la ley. ¡Aseguro por cuanto hay para mí de más caro en el mundo, que me despedí de Rabiblanca y de Vellino con el corazón traspasado de dolor: creo que presentía, lo que había de sucederles, porque a ambos los amaba tiernamente!
De este modo exornaba el pérfido raposo sus enredos y artificios. Había descrito con tanta verbosidad y elegancia las alhajas, y su formalidad era tan grande, que parecía decir la verdad. Todos los circunstantes lo creyeron, y aun hubo algunos que se esforzaban en consolarle.
Así pudo engañar nuevamente al Rey, a quien agradaba oír hablar del tesoro, y cuyo placer habría sido colmado si lo hubiera poseído.
No desechando enteramente la esperanza de alcanzar algún día aquellas riquezas, dijo S. M. a Urdemalas:
—Puesto que nadie levanta ahora la voz para acusarte, date por satisfecho. Viaja por todo el orbe, a lo ancho y a lo largo: no des paz a la mano hasta encontrar lo perdido. Si necesitas de mi ayuda para recobrar esas joyas, estoy pronto a prestártela.
—¡Jamás olvidaré favor tan señalado! repuso Urdemalas: anímanme tan lisonjeras palabras, y me inspiran desusada confianza en mis débiles fuerzas. Deber sacratísimo de V. M. es castigar el robo y el asesinato. Difícil es mi comisión; pero ya la cumpliremos: emplearé toda mi diligencia; viajaré día y noche sin descanso, y preguntaré a cuantos vea por el tesoro. Si averiguo en dónde se halla, y mi flaqueza no me permite rescatarlo, solicitaré el poderoso auxilio de V. M.: contando con él, el éxito es seguro. Si por dicha traigo intacto el tesoro, veré recompensadas mis penas, y premiado con exceso mi afecto a vuestra augusta persona.
Oyó el Rey con agrado esta respuesta, y aprobó con un movimiento de cabeza las palabras del habilísimo forjador de patrañas.
Érale ya permitido al redomado zorro viajar y dirigirse a donde bien le pluguiera, sin que nadie se lo estorbase.
Empero, Tragabombas, que veía triunfar de nuevo a su mortal enemigo, no pudo contenerse más tiempo. Rechinando los dientes de coraje, adelantóse hasta el trono del Rey, diciendo a grandes voces:
—¿Es posible, señor, que deis así crédito al bribón que os ha engañado tantas veces? ¿Quién no se admirará de vuestra candidez? ¿No veis que el infame os alucina con grave daño nuestro? Nunca dice la verdad: sólo sabe inventar enredos y marañas. Mas no logrará tan fácilmente su propósito. Habéis de saber que su maldad corre parejas con su impudencia. Me consta que, aparte de los innumerables delitos con que está manchado, ha cometido tres graves crímenes, que aun permanecen ignorados de todos, y que de ningún modo podrán probársele, porque se nos exigen testigos que no podemos presentar. Además de esto, ¿a qué traer aquí nuevos acusadores, si no han de ser creídos? Por más que cien personas honradas depusieran contra el malvado zorro, y testificasen durante un día entero de audiencia, ¿de qué serviría esto? Siempre hará él lo que se le antoje. Si de ordinario no se encuentran testigos que quieran asistir a los juicios, ¿ha de ser razón bastante para que los criminales prosigan su vida reprobada? ¿Y quién osará hablar contra Urdemalas? Alentado por la impunidad en que quedaran sus fechurías, no menos que por el inmerecido favor que le dispensa el monarca, el pérfido raposo inculpa a todos, y todos se amedrentan. El Rey mismo y los príncipes de la sangre se avergonzarían de proteger a ese facineroso, si conocieran bien todo el daño que ha causado y está dispuesto a causar en la tierra. ¡Ya se arrepentirán de su conducta cuando el mal sea de todo punto irremediable! Empero, hoy no se escapará ese malvado: lo tengo en mi poder. ¡Acabáronse las vacilaciones y los subterfugios! ¡Va a pagarme de una vez el daño que me ha hecho, y por necesidad habrá de defenderse! ¡Veremos cómo lo hace!