el zorro - canto 09
Urdemalas va a arrodillarse ante el Rey, y después de protestar de su constante adhesión y fidelidad, principia su defensa, acabando por proponer la prueba del juicio de Dios.—La señora Estofada, mona favorita de ambos soberanos, aboga por el zorro, consiguiendo calmar al irritado monarca.
Ya en la corte Urdemalas, se proponía nada menos que desvanecer los cargos formulados contra él, y vengarse al propio tiempo de sus acusadores. Decayó, sin embargo, su valor al ver juntos a todos sus enemigos, prontos a arrancarle la vida. Dudó entonces, y flaqueó su ánimo; pero reanimándose al punto, atravesó erguido el salón donde se hallaban todos los grandes, llevando a Barbafosca a su lado.
Mientras llegaban hasta el trono del Rey, iba murmurando el tejón al oído de su camarada:
—¡No tengáis miedo ahora, oh, tío Urdemalas! Reflexionad que la fortuna no ayuda a los cobardes, y que el osado se expone al peligro, goza en él, y afrontándolo es como se salva.
Urdemalas contestó en voz baja:
—Verdad es; agradezco de todo corazón tan sublime consejo, y lo recordaré gustoso, si me veo libre de este trabajo.
Miró entonces alrededor, y observó que había allí muchos parientes suyos, aunque pocos amigos, merced a su costumbre de hacer daño a todos, puesto que hasta a las nutrias y castores, a grandes y pequeños, había jugado alguna de las suyas. Sin arredrarse por la desventajosa situación en que se hallaba, prosternóse ante el monarca, y con noble ademan y reposado acento, dio principio a la siguiente arenga:
—¡Dios omnisciente y omnipotente guarde a mi señor y Rey, y guarde también siempre a la Reina mi señora! ¡Que el Altísimo les inspire sabiduría y buenos pensamientos, para distinguir lo justo de lo injusto, puesto que la injusticia reina ahora en la gran mayoría de los hombres! Muchos aparentan ser lo que no son. ¡Oh! si todos llevásemos escrito en la frente lo que pensamos, y el Rey pudiera leerlo, vería que no miento en esta ocasión, y que siempre estoy dispuesto a servir a mis soberanos. Verdad es que hay criminales que me acusan encarnizados, y que darían su vida por perjudicarme y por robarme vuestra gracia, creyéndome indigno de poseerla. Pero tengo pruebas sobradas del vehemente amor a la justicia de mi Rey y señor: hasta ahora nadie ha conseguido apartarlo de esa senda, ni nadie lo conseguirá en lo sucesivo.
Al escuchar tales palabras, la mayor parte de los circunstantes abandonaron sus asientos, y se acercaron al orador, no pudiendo menos de admirar su osadía. Todos deseaban oírle. Notorios eran sus delitos: ¿cómo, pues, defenderse? ¿cómo podría eludir la terrible responsabilidad que le atrajeran sus últimos desmanes, y particularmente el asesinato de la liebre favorita del Rey, la desdichada Rabiblanca?
Indignado el monarca, dio rienda suelta a su cólera, gritando:
—¡Malvado asesino! ¡Infame ladrón! Esta vez no te salvarán tus frases rebuscadas y melosas, ni te servirán más tiempo para ocultar engaños y mentiras. ¡Ya llegó tu hora! Sin duda has querido probar en el conejo y el grajo la lealtad que me profesas. ¡Esto sólo te condena! En todas partes has cometido traiciones. Tus artificiosas y frecuentes intrigas han agotado mi paciencia. Has llenado la medida, y me excusaré de reprenderte en adelante.
Nunca había visto Urdemalas tan irritado al Rey, de suyo bondadoso y fácil de engañar.
—¿Qué será de mí? dijo el zorro para su coleto: ¡ojalá no hubiera salido de mi casa, donde estaba en completa seguridad! ¿Qué medio emplearé para apaciguar a este energúmeno, que va sin duda a descuartizarme? En fin, suceda lo que quiera, no me queda otro recurso que sufrir la tormenta. Antes de naufragar, apuremos, sin embargo, todos los recursos que me presta mi ingenio.
Y levantando nuevamente la voz:
—¡Poderoso Rey! ¡Noble príncipe! exclamó: si creéis que merezco la muerte, es por no haber examinado bien este asunto: ruego, por tanto, a Y. M. que no me condene sin oírme. En otros tiempos be dado cien saludables consejos a mi soberano, y en la adversidad, cuando otros le abandonaban, permanecí a su lado. Esos mismos desleales se han interpuesto ahora, para perderme, entre Y. M. y mi humilde persona, y se han aprovechado de mi ausencia. Os suplico, noble monarca, que examinéis a fondo este negocio: si resulto culpable sufriré sin murmurar la pena que se me imponga.
Después, volviéndose a los cortesanos, añadió:
—¡Qué poco os acordasteis de mí mientras vigilaba atentamente lugares peligrosos, y reprimía a los que intentaban turbar la tranquilidad del Estado! ¿Pensáis acaso que hubiese venido a la corte si me creyera reo de los graves delitos que se me imputan? Con harto cuidado hubiese huido de vuestra presencia, y de las persecuciones de mis enemigos. Todos los tesoros del mundo no hubieran bastado para sacarme de mi castillo, y traerme aquí. En el alcázar de Malparto estaba libre, y en casa y tierra propias. Como la, conciencia no me acusa de haber hecho daño alguno, he venido a la corte. Cuando velaba allá por la conservación del orden público, fue mi sobrino Barbafosca a anunciarme que debía acompañarle a la capital, y le seguí al momento. De nuevo había yo pensado en los medios de libertarme de la excomunión que pesaba sobre mí, y acerca de este asunto hablé largo rato con el mono Martin, el diplomático, quien me prometió solemnemente interponer su valimiento para aliviarme de carga tan molesta. «Yo voy a Roma, dijo, y me encargo del despacho de este asunto: id sin recelo a la corte, que os veréis libre del anatema». Cuando el excelente Martin me dio este consejo, sabía muy bien lo que decía: es secretario perpetuo del santo arzobispo de Leonópolis, y hace cinco años que le sirve con el más exquisito celo. Tal es la causa de mi venida, y mi extrañeza es grande al verme convertido en el único blanco de tantas acusaciones.
—¡Torrente de palabras! interrumpió el Rey: ¿qué tiene que ver eso con los atentados de que fueron víctimas el grajo y el conejo? ¿Podrás justificarte de tan horrendos crímenes?
—A eso voy, señor, si V. M. me lo permite: el conejo, ignorante visionario, me calumnia en verdad; pero ya llegó Urdemalas: ¡que se presente ahora delante de él! Nada tan fácil como acusar a los ausentes, y enmudecer después en su presencia. Mas antes de juzgar al que se cree delincuente, ha de oírse a las dos partes. A fe mía que el grajo y el conejo, ingratos personajes, han recibido de mí grandes favores, y ya veo que los dieron al olvido. Ayer por la mañana, muy temprano, visitóme el conejo, y me saludó afablemente. Estaba yo a la puerta de Malparto, leyendo en mi devocionario, cual tengo por costumbre, la jaculatoria del día. Díjome que venía a la corte, y yo le respondí:
—¡Andad con Dios!
Quejóse después de esta manera:
—¡Cuán hambriento y cuán cansado estoy!
Compadecido de él, preguntóle con cariño:
—¿Queréis comer?
—Mucho os agradecería que me proporcionaseis algún alimento, respondió.
Apresuróme entonces a aplacar su hambre, y le ofrecí gustoso aceite, pan y cerezas, únicas provisiones que había en casa por ser viernes de cuaresma.
Mientras se hartaba el huésped hasta tocarse la comida con los dedos, acercóse a la mesa mi hijuelo el más pequeño, goloso como niño, llevado de la esperanza de probar también un bocadillo. En efecto, hubo de comer algo. El conejo, enojado, le dio entonces un bofetón en la boca, y le llenó de sangre dientes y labios. Rojillo, el otro niño mayor, que presenció el hecho, se lanzó al cuello del conejo, y vengó a su hermano como pudo. No sucedió ni más ni menos. Llegué a poco corriendo; castigué a los muchachos; y separé a los combatientes con no poco trabajo. Por lo demás, si recibió algún daño el glotón convidado, que lo sufra con paciencia, porque había merecido mucho más. Si otra hubiese sido mi intención, hubiera dejado a los niños (muy capaces de ello), que acabasen con su enemigo. ¡Y así agradece mis atenciones y la hospitalidad que le ofrecí, diciendo que le arranqué una oreja!…
En cuanto al señor grajo, cierto es que vino a verme, y que parecía inconsolable por la pérdida de su amada esposa, que sucumbió por dejarse llevar de su excesiva voracidad. Tragóse un pescado de enormes dimensiones, con espinas y todo. Cómo y en qué lugar ocurrió esta catástrofe, no he podido averiguarlo, ni me incumbe saberlo: el cuervo lo sabrá. Ahora sostiene que yo asesinó a su cónyuge: él sí que fue el autor de ese atentado. Si se le cita a formal juicio, estoy seguro que hablará de otro modo. Afirma con inaudito cinismo que arranqué la cabeza a Taravilla de un solo bocado: ¿es creíble esto, señores? Apelo a vuestro sentido común. Todos los de su especie están provistos de poderosas alas, con las que se remontan hasta las nubes cuando se les persigue. Ahora bien: ¿cómo pude coger a la mujer del grajo entre mis dientes? ¿Tengo yo alas acaso? Por prodigiosa que sea mi ligereza, y por mucho que salte, ¿podría nunca alcanzarla en el aire?
Quien intente acusarme de cualesquiera delito, traiga testigos honrados y veraces. Así se procede siempre con las gentes de bien, y tengo derecho a esperar se haga lo mismo conmigo. Si no se presentan esos testigos, hay todavía otro medio de averiguar la verdad. Pronto, oh, señor, estoy a combatir en campo cerrado, con armas o sin ellas, a pie o a caballo. Señálese lugar y día para que tenga efecto el juicio de Dios que propongo; preséntese un adversario digno, noble como yo, y que cada cual defienda su causa. El vencedor conservará ilesa su honra. Así se ha hecho siempre en justicia, y yo no pido más para dejar probada mi inocencia.
Todos los cortesanos estaban de pie escuchando a Urdemalas, admirados en alto grado de la audacia que respiraban sus palabras.
Atemorizados el grajo y el conejo, se alejaron precipitadamente de aquel sitio, sin atreverse a despegar los labios.
—No es prudente, decían, persistir en la acusación. Por poderosos que fueran nuestros esfuerzos, no lograríamos nada. ¿Quién ha presenciado los hechos? Solos y sin auxilio de nadie tendríamos los dos que luchar contra ese desalmado. ¿Quién testificaría en contra de Urdemalas, cuando todos le temen? Al fin saldríamos perdiendo. ¡Que el verdugo se apodere de él, y le castigue cual merece! ¿Quiere combatir contra nosotros? Mal escaparíamos de sus uñas. Vale más que renunciemos a la venganza: el asesino es falso e iracundo, engañoso e intrigante. Pocos seríamos para él cinco de nuestras fuerzas, y pagaríamos muy caro el atrevimiento de haberle provocado.
Melfagor y Tragabombas pateaban de coraje observando la cobardía de los acusadores.
El Rey exclamó entonces:
—Si alguno tiene que exponer alguna queja contra Urdemalas, que comparezca al punto, y será oído. Ayer le denunciaban muchos: presente veis al acusado: ¿en dónde están los acusadores?
El zorro replicó con altivez, mirando descaradamente a la asamblea:
—¡Siempre pasa lo mismo en el mundo! Se acrimina y se inculpa a mansalva al inocente; pero si se presenta el inculpado, todos cierran la boca, y se quedan en casa. Con harto placer suyo me hubiesen escarnecido el grajo y conejo, falsos y traidores, trabajando en mi daño y deshonra; pero renuncian a sus viles propósitos, y los perdono. Mi presencia contribuyó a que pensaran mejor lo que se proponían hacer, y por esa razón, sin duda, han huido de este augusto recinto. ¡Cuánta, cuán grande ha sido su vergüenza! ¡Ya veis, señores, los peligros a que se expone quien da oídos a pérfidos calumniadores de beneméritos ausentes! Los seres tan malvados como el conejo y el grajo tuercen el derecho, y son odiosos a los buenos. Por otros lo siento, no en verdad por mi, que puedo siempre confundir a mis enemigos.
—¿Concluiste ya de hablar? gritó el Rey; pues bien: óyeme tú ahora, oh, traidor redomado. Dime, ¿qué causa te movió a asesinar tan ferozmente a la honrada Rabiblanca, portadora ordinaria de mis reales despachos? ¿No te había yo perdonado antes tus innumerables crímenes? Por uno de los arranques de mi inagotable munificencia, zurrón y báculo recibiste de mis manos; te ceñí la esclavina de peregrino, y te suministré lo necesario para que te encaminases a Roma, accediendo a cuanto deseabas con la esperanza de que te enmendarías. El principio de tu arrepentimiento, según veo, fue el asesinato de Rabiblanca. Vellino hubo de servirte de portador de su cabeza, y la trajo envuelta en el zurrón, diciendo públicamente que eran cartas pensadas y escritas por vosotros dos, y que los mejores consejos consignados en ellas eran dé su cosecha. Y el zurrón sólo guardaba la cabeza de mi liebre favorita: ni más ni menos. ¿Lo hiciste para burlarte de mí? A fe que no lograste tu propósito. Retuve a Vellino para que respondiese de sus delitos; perdió la vida, y ahora te toca a ti perder la tuya a manos del verdugo.
El zorro había escuchado sin que se contrajera un solo músculo de su rostro esta arenga preñada de amenazas. Dando a su voz el acento del más intenso dolor:
—¿Qué oigo? exclamó al instante: ¿ha muerto Rabiblanca? ¿No veré más a Vellino? ¿Qué será de mí? ¿Por qué no te me has llevado también, triste muerte? ¡Ay, que he perdido con ellos riquísimos tesoros! Eran portadores para V. M. de las alhajas más preciosas que existen en el mundo. ¡Quién había de creer que el carnero asesinase a Rabiblanca, y robase además el tesoro! ¿Hay que recelar, pues, hasta de aquellos de quienes nunca sospecharíamos engaños ni traiciones?
Colérico el monarca al ver tanto cinismo, no quiso oír los lamentos de Urdemalas, y se encaminó a sus habitaciones, sin hacer caso de las palabras del taimado zorro, pensando sólo en condenarlo a muerte.
Al penetrar en la estancia de la Reina, encontró a ésta con su azafata, la señora Estofada, mona favorita de ambos soberanos, la cual estaba dispuesta, como veremos, a servir y proteger a Urdemalas.
Era en verdad la esposa de Martin instruida, prudente y docta en bien hablar. En donde quiera que se presentaba se la atendía y honraba en alto grado.
Como observase Estofada la cólera del soberano, le dirigió la palabra en estos términos:
—Si a veces, oh, bondadoso señor, escuchasteis mis súplicas, no tuvisteis motivo para arrepentiros de ello: mostraos ahora también indulgente, y dignaos oírme, porque se trata de un asunto que interesa a todo mi linaje. ¿Quién renegará de sus parientes? Urdemalas, no obstante los delitos de que le acusan, es mi deudo cercano, y si he de emitir con franqueza mi pensamiento acerca de su conducta, no puedo menos de afirmar que le es bastante honrosa, puesto que ha comparecido noblemente a responder a los cargos que se le hacen. ¡Cuánto no hubo de sufrir también su padre, querido y colmado de favores por el vuestro, de las lenguas maldicientes de sus acusadores! Pero él los llenó siempre de oprobio. Desde el momento en que se examinaba a fondo el asunto, se descubría, sin dar lugar a dudas, que cien intrigantes envidiosos intentaban convertir en graves crímenes sus más insignes servicios. De aquí que en la corte fuese mucho más apreciado el respetable zorro que lo son ahora Melfagor y Tragabombas; y por cierto, sería de desear que estos personajes pudieran también desvanecer todas las acusaciones que con harta frecuencia se presentan contra ellos. Pero esos señores entienden poco de leyes: así lo prueban sus consejos; así lo prueba su relajada vida y sus infames obras.
El Rey replicó algo más aplacado:
—¿Cómo extrañáis que me indigne la conducta de Urdemalas, endurecido criminal, que me asesinó a Rabiblanca recientemente; sedujo a Vellino, y hoy, más osado que nunca, .todo lo niega, y se atreve a vanagloriarse de leal y fiel servidor, mientras que todos le acusan en voz alta de haberse burlado de mi salvoconducto, ofendiendo frecuentemente a la nación y a mis vasallos con hurtos, robos, asesinatos y otros mil excesos? ¡Por mi corona real, os juro que no puedo dejar impune a ese malvado; que no lo sufriré más tiempo! Sería un crimen imperdonable en mi si dejase expuestos a mis leales súbditos a sus insultos y depredaciones.
—Es indudable, insistió la mona, que no es fácil a muchos aconsejar y obrar con prudencia, pues quien lo logra, no puede menos de inspirar desconfianza: los envidiosos se empeñan comúnmente en desacreditar al que por sus méritos y servicios obtiene el favor de su soberano; trabajan lentamente en medio de las tinieblas, y si son numerosos, no temen revelar a la luz del día sus perversos propósitos. Esto mismo ha sucedido más de una vez a Urdemalas; pero sus antagonistas no podrán borrar el recuerdo de los sabios consejos que os dio en ciertos momentos críticos, cuando todos callaban. Bien sabéis que no ha mucho comparecieron en vuestra presencia el hombre y la serpiente, y nadie supo resolver la cuestión que los traía: sólo Urdemalas lo hizo, y le alabasteis sobremanera ante toda la corte, por su prudencia y sabiduría sin segundo.
El Rey, después de meditar breves instantes, replicó:
—Me acuerdo bien de ese negocio, aunque haya olvidado sus pormenores: paréceme que era algo intrincado. Si lo tenéis presente, referídmelo, y me complaceréis.
Inclinóse profundamente la mona, y contestó:
—Órdenes serán siempre para mí los menores deseos de mi augusto amo. Hará como seis meses, se presentó ante Y. M. una serpiente, y acusó con vehemencia a un campesino de no querer conformarse con la sentencia que le condenaba a ser propiedad suya. Trájolo a vuestra real audiencia, y refirió el suceso con voz acalorada.
Fue el caso, que intentando la serpiente penetrar por un agujero de cierta empalizada, tropezó con un lazo, cayó en él, y hubiera perdido la vida, si por casualidad no acertara a pasar un caminante.
Presa de mortal angustia llamóle la serpiente.
—¡Ten lástima de mí, dijo, y líbrame de este peligro! ¡Por caridad!… ¡accede a mi ruego!
El hombre contestó:
—Voy a libertarte al punto, porque me compadezco de tu desgracia; pero has de jurarme antes que no me harás daño alguno cuando te veas desembarazada del lazo que te oprime.
La serpiente declaró estar pronta a obedecerle; pronunció el juramento exigido, diciendo que jamás ofendería a su libertador, y el hombre la salvó.
Llevada a cabo aquella buena acción, el campesino y la serpiente caminaron juntos durante media hora, cuando sintiendo el reptil el aguijón del hambre, saltó de pronto sobre su compañero, y quiso ahogarle para devorarlo. Con harto miedo y no poco trabajo pudo escapar el pobre de aquel peligro.
—¿Esta es mi recompensa? exclamó amargamente el ofendido: ¿acaso merecí el pago que quieres dar a mi gran beneficio? ¿No prometiste respetar mi existencia y tratarme como a tu mejor amigo? ¿Por qué faltas así a tus juramentos?
—Oblígame a ello el hambre, que no puedo aplacar, replicó la serpiente, y como la necesidad no reconoce leyes, estoy en mi derecho al obrar de este modo.
Entonces dijo el hombre:
—Concédeme la vida hasta tanto que encontremos alguno que dirima imparcialmente esta querella.
—Corriente: esperaré como deseas, concluyó la serpiente.
Y anduvieron algún trecho, hasta que encontraron junto a una laguna al cuervo Registrabolsas, en compañía de uno de sus hijos, llamado Chillador.
Al verlos la serpiente, empezó a gritarles:
—¡Venid y escuchad!
El cuervo se acercó; escuchó atento la exposición del asunto, y sentenció sin vacilar, esperando tener también su parte en el festín, que se debían comer al hombre.
La serpiente dio un salto de alegría.
—¡Vamos, he vencido: nadie se atreverá a censurarme! exclamó abriendo su horrible boca.
—No: replicó el hombre; todavía no has ganado el pleito. ¡Injusto es en extremo que un ladrón me condene a muerte! ¡Un salteador tan vil y despreciable como el cuervo no puede juzgarme! Yo buscaré otro juez que ampare como debe mi derecho: que cuatro o diez personas honradas conozcan de este litigio, y que después fallen como les dicte su conciencia.
—Vamos, pues, a buscarlas, dijo la serpiente: quiero ser generosa contigo.
Siguieron su camino, y a poco rato, encontrando al lobo y al oso juntos, se reunieron con ellos.
Indescriptible fue el espanto del hombre al verse en compañía de estos cinco personajes. Cercáronle la serpiente, el lobo, el oso y los cuervos. Recelaba por su suerte, y no en verdad sin fundado motivo, porque pronto convinieron lobo y oso en pronunciar la siguiente sentencia: «Que la serpiente tenía derecho de dar muerte al caminante; que el hambre intolerable no reconoce leyes, y que la necesidad desliga de todo juramento».
Miedo e inquietud suma se apoderaron del desdichado campesino: todos deseaban quitarle la vida.
La serpiente hizo oír su siniestro silbido; escupió baba venenosa, y sólo a duras penas escapó el hombre de un nuevo ataque que le dirigió.
—¡Grande es tu ingratitud y tu injusticia! exclamó el sentenciado: ¿quién te ha hecho señora de mi vida?
—Ya lo has oído, contestó el reptil: dos veces te juzgaron estos señores, y dos veces su fallo te fue adverso. Así, pues, no te queda otro recurso que conformarte con tu mala suerte.
—¡Pero ésos son jueces que roban y asesinan! replicó el hombre: no me someto a su jurisdicción, sino a lo que decida el mismo Rey. Si se digna sentenciar, yo le obedeceré, y si soy condenado, por grande que sea mi desdicha, habré de sufrirla con paciencia.
El lobo y el oso cambiaron entre si una significativa mirada, y contestaron con sarcástico acento:
—Puedes probar fortuna, si tal es tu deseo; pero este paso será inútil por completo, porque la serpiente saldrá victoriosa de la prueba.
Aquellos desalmados pensaban piadosamente que todos los señores de la corte opinarían como ellos, y consolándose con esta esperanza, sólo por realizarla acompañaron al viajero.
Puestos los litigantes en camino, llegaron a presencia de V. M.
Anunciados por un ujier de palacio, fueron introducidos en la real audiencia el hombre, la serpiente, el lobo, el oso y los cuervos, y aun el lobo apareció en forma triplicada, puesto que le seguían sus dos hijos Vientre vacío o Insaciable. Ambos llenaron de viva inquietud al hombre, sabedor de que acudían a devorar también su parte, y a saciar su proverbial glotonería.
Los lobeznos, criaturas hediondas y repugnantes, aullaron luego ante V. M. con insoportable rusticidad, y hubo que dar orden para que fueran expulsados del salón, por estúpidos y groseros.
Preguntados los pleiteantes sobre el motivo que les conducía a la regia morada, el hombre invocó vuestra benevolencia, refiriendo después que la serpiente había intentado ahogarle, olvidándose del beneficio recibido, y faltando villanamente a su juramento; suplicando, por último, a vuestra majestad que lo salvara.
Mientras duró la narración del hombre, la serpiente repetía sin cesar:
—Obligame a ello la urgente necesidad del hambre, que no conoce leyes.
La aflicción de V. M., oh, bondadoso señor, era grande: juzgasteis el asunto harto espinoso y difícil de resolver, teniendo por injusto condenar a un hombre honrado y caritativo, y acordándoos también de la imperiosa tiranía del hambre.
En tal incertidumbre, resolvisteis convocar vuestro consejo, para que decidiera de qué parte estaba la razón. Desgraciadamente, la opinión de la mayoría de los jueces era contraria al hombre. Ansiaban celebrar un gran banquete, y se proponían ayudar a la serpiente a devorar su presa.
Entonces enviasteis un mensajero en busca de Urdemalas, porque las opiniones de los demás eran contradictorias, y no acertaban a resolver en justicia el negocio.
Vino Urdemalas, oyó a los litigantes, y V. M. tuvo a bien encargarle pronunciase la sentencia, confiándole de camino su ejecución.
Después de meditar breves momentos, Urdemalas habló de esta manera:
.—Lo más necesario, a mi juicio, es visitar al punto el paraje en donde surgió la cuestión, y ver cómo quedó enlazada la serpiente al pasar el caminante: sólo de esta manera podré sentenciar el pleito.
Encontrando justa la petición, os constituisteis todos en el sitio en que tuvo origen la contienda, y se enlazó de nuevo a la serpiente en la empalizada, en la misma forma en que la encontró el labrador.
Urdemalas falló luego en estos términos:
—Cada parte se baila ahora en la misma situación en que estuvo antes, y ninguna de ellas ha ganado ni perdido nada: el derecho de cada una, según creo, está bien claro y terminante. Si agrada al hombre, puede librar del lazo a la serpiente; si no, dejarla en él. Libre y sin daño puede ahora dedicarse a sus negocios. Elija el hombre a su arbitrio lo que más le convenga, ya que el reptil fue perjuro y desagradecido después de recibir el beneficio. En mi opinión el derecho del honrado campesino está patente: quien lo entienda de otro modo, que lo diga sin tardanza.
Proferidas estas palabras, Urdemalas se cruzó de brazos, esperando con majestuosa calma que alguno de los ilustres jurisconsultos que le rodeaban contradijese su fallo; pero ninguno de ellos despegó los labios.
Os agradó la sentencia, y también a vuestro real consejo. Todos alabaron la sagacidad de Urdemalas. El hombre os dio las gracias por el peligro de que le habíais librado, y hasta vuestra augusta esposa celebró la sabiduría del zorro, comparándola con la de Salomón.
—Mucho, en verdad, se habló de este asunto aquellos días en toda la nación. A Tragabombas y a Melfagor se creía antes útiles en la guerra, porque se les tenía a lo lejos, como de reserva, y eran actores obligados en todas las escenas de devastación y de pillaje. No se puede negar que ambos son corpulentos, robustos y atrevidos; pero en el consejo les falta de ordinario la prudencia. Tienen por costumbre confiar demasiado, en sus propias fuerzas, y cuando se sale al campo, y comienzan los trabajos de un sitio o de un combate, nada son ni valen nada. No hay ninguno en la paz tan animoso como ellos; pero en campaña, sólo les agrada la guerra de emboscadas. Si hay necesidad de dar ataques vigorosos, se les encuentra, es cierto, dispuestos como a cualquiera otro. Lobos y osos devastan el país, sin dárseles un ardite del pobre propietario, cuya habitación es devorada por las llamas: lejos de sentir la menor compasión, se calientan al amor de las brasas, y si su estómago se llena, de nadie se compadecen. Cómense los huevos, y dejan los cascarones a los pobres, y todavía se les antoja que hacen demasiado. El zorro Urdemalas, por el contrario, es de sutil ingenio, prudente y buen consejero. Podrá de vez en cuando cometer alguna falta, oh, gracioso señor; pero ¿es acaso de piedra? Ninguno, sin embargo, os aconsejará nunca mejor. Así, pues, ruégoos que olvidéis cuantos agravios os haya inferido, y le perdonéis en gracia de la adhesión y del sincero amor que os profesa.
El Rey permaneció un rato abismado en hondas reflexiones.
—Negocio es éste, dijo, que merece pensarse maduramente. Es efectivo que el zorro condenó en justicia a la serpiente, según habéis contado; más a pesar de todo, es y será siempre un solemnísimo bribón: ¿cómo, pues, ha de enmendarse? El que pacta con él puede estar seguro de que ha de ser engañado. Su astucia es tan grande, que nadie puede resistirle. Menosprecia igualmente al lobo, al oso, al gato, al conejo y al grajo, y acaba siempre por ofenderlos y deshonrarlos. Arranca una oreja a éste, saca un ojo al otro, y asesina sin piedad al tercero. No comprendo, en verdad, cómo favorecéis de esa manera a criminal tan empedernido, y os proponéis defenderlo con tanto empeño.
—Bondadoso señor, contestó la mona, dispénseme vuestra majestad si no me es dado disimular mi afecto hacia Urdemalas; pero aparte de la simpatía que me impone nuestro parentesco, tengo presente que sus deudos y amigos son tan nobles como ricos y numerosos, y que no es muy prudente disgustarlos.
Esta última razón de la astuta Estofada, pesó bastante en el ánimo del Rey, que se levantó, disponiéndose a salir de la estancia.
Al presentarse de nuevo ante la asamblea, todos los cortesanos se pusieron en pie.
El monarca pudo reconocer entonces entre los concurrentes a los partidarios del zorro, que sabiendo el peligro que corría, habían venido a protegerlo, y cuyo número era grande: notó también que la corte parecía dividida en dos bandos iguales, formado el uno por los amigos y el otro por los enemigos de Urdemalas.
Deseoso el soberano de evitar una colisión entre sus magnates, dejó oír su poderosa voz en los siguientes términos:
—Escúchame, Urdemalas. ¿Podrás acreditar que no fuiste el autor del horrendo delito que costara la vida a mi inocente Rabiblanca? ¿Desvanecerás de un modo irrefutable las fundadas sospechas que te acusan de haber llevado a cabo ese atentado con ayuda de Vellino? ¿Probarás que vuestra maldad no llegó hasta el punto de envolver su cabeza en el zurrón, cual si fuese una carta? Si llevasteis a cabo ese cruel asesinato por burlaros de mi autoridad, ya he castigado a uno de los criminales: Vellino expió su traición, y te prometo que pronto expiarás tú la tuya, si no das en el acto explicaciones que me satisfagan y que patenticen tu inocencia a los ilustres miembros de mi consejo.
—¡Ay de mí! exclamó Urdemalas: ¡maldigo mil veces mi existencia! Oídme, señor, y resolved después lo que tuviereis por conveniente. Si se prueba mi delito, matadme sin compasión, porque jamás me veré libre de cuidados y congojas, y nunca podré ser sino un zorro perdido… deshonrado. El infame Vellino me hurtó el mayor tesoro que contemplaron jamás mortales ojos. Mas lo peor del caso, es que ese tesoro costó la vida a Rabiblanca. Sin maliciar siquiera que podía tentarles la codicia, confiélo a la honradez de ambos, y Vellino robó mis riquísimas alhajas. ¡Si fuese posible encontrarlas!… Pero mucho temo que nadie las recobre, y que estén escondidas para siempre en paraje desconocido.
La señora Estofada, que había seguido al Rey hasta la sala del consejo, en el cual tenía voz y voto, hizo entonces esta oportuna observación:
—¿Por qué desconfiar de esa manera? Ocultas en la tierra deben hallarse esas preciosidades, y si desplegamos alguna actividad, no hay que renunciar a toda esperanza de rescatarlas. Así, pues, buscarémoslas día y noche, y preguntaremos por ellas sin descanso a nobles y pecheros. Ahora, decid, Urdemalas: ¿qué alhajas eran ésas?
El zorro contestó:
—Eran tan valiosas que mucho será no se hayan eclipsado totalmente. ¡Ah! ¡bien las guardará quien las posea! ¡Cuán inconsolable quedará mi esposa Ermelina al tener noticia de tan infausto acontecimiento! ¡Nunca me lo perdonará, habiéndome rogado inútilmente que no entregase a nadie aquellas joyas! ¡Cuán bien conocen las hembras lo que conviene a sus maridos! Si hubiera seguido los consejos de mi mujer, veríame libre de penas y trabajos. Ahora se califican mis verdades de mentiras, y se me acusa de multitud de crímenes que no he cometido; pero yo, que defiendo mi derecho, espero el fallo con la tranquilidad de una conciencia honrada, proponiéndome, si quedo absuelto, remover toda la superficie del globo y descender a lo más profundo de los mares buscando mi tesoro, aunque pierda la vida en la demanda.