el zorro - canto 08
Gratos coloquios entre Barbafosca y Urdemalas durante su viaje.—Muy cerca de la corte encuentran al mono Martin, que se dirige a Roma, y que promete al zorro hacer levantar la excomunión que pesa sobre él.
Nuestros amigos emprendieron su camino por el monte, dirigiéndose en línea recta hacia el alcázar del Rey.
Media hora habría trascurrido sin que ninguno de los dos despegara los labios, cuando exclamó de repente Urdemalas, como si respondiese a sus propias reflexiones:
—Sea de ello lo que quiera, presumo que ahora no ha de tener mal éxito mi viaje. Escuchadme atento, querido sobrino. Desde el día en que me desahogué con vos, y os revelé mis faltas, he cometido otras nuevas y de muy grande trascendencia: oídlas todas, así las graves como las leves, y las olvidadas durante mi primera confesión. Del cuerpo y de la piel del oso me proporcioné un zurrón, prenda de que tenía suma necesidad para guardar mis provisiones. Además de esto, el lobo y la loba hubieron de cederme su calzado, con lo que aplacaron algún tanto la rabiosa sed de venganza que me aquejaba contra aquellos animales. No os ocultaré que alcancé semejantes resultados, gracias a mis embustes y marañas. Supe excitar la indignación del Rey, y lo engañé miserablemente. Referile cierto cuento de una conjuración, en la que entraba mi propio padre, y me di traza de hacerle creer en la existencia de un tesoro. No contento con esto, maté a Rabiblanca, y encargué a Vellino que fuese portador de su cabeza. El Rey se encolerizó contra él, y le hizo pagar el crimen que yo había cometido. Por otra parte, apreté con tanta fuerza al conejo detrás de las orejas, que estuvo a punto de perder la vida, y, a la verdad, no dejé de sentir que se me escapara. También debo declarar que el grajo no se queja sin razón, porque devoré a Taravilla su esposa. He aquí las faltas cometidas por mi desde la última vez que hablamos de este asunto. Pero olvidé entonces una, que deseo referir. No queriendo llevar sobre mi conciencia carga alguna de cierta Índole, la endosé a las espaldas del lobo. Caminando juntos los dos entre Hackys y Elverdingen, vimos desde lejos una yegua con su potrillo, negros ambos como la pluma del cuervo. El potrillo podría tener unos cuatro meses. Tragabombas, atormentado por la hambre, me dijo:
—¿Queréis preguntar a la yegua si nos venderá su potrillo? ¿Cuánto podrá valer?
—Dirigime entonces a ella, y le pregunté, después de saludarla:
—Amable señora yegua; si ese potrillo es vuestro, como parece, ¿pensáis venderlo? Me interesa saber su valor.
Ella me respondió:
—Si lo pagáis bien y al contado, no tengo ningún inconveniente en desprenderme de él. En cuanto a su valor, podréis leerlo en mis cascos traseros, donde está escrita la cantidad en caracteres bien inteligibles.
Comprendí la intención de la ladina yegua, y le contesté:
—Debo confesaros que en punto a lectura y escritura no soy tan fuerte como deseara: tampoco soy yo el que quiere adquirir vuestro hijuelo; es Tragabombas, que necesitando saber su precio, me envía a preguntarlo.
—Que venga, pues, concluyó la yegua, y podrá saberlo.
Alejóme en busca de Tragabombas, que me aguardaba impaciente.
—Si queréis satisfaceros, le dije, id allá, que la yegua os cede el potrillo por el precio que lleva escrito en sus cascos traseros. Dice que vayáis en persona, y lo veáis. Con harto sentimiento mío no me ha sido posible averiguarlo, porque no sé leer ni escribir. Andad, pues, sobrino; examinad el escrito, y acaso lo sabréis.
Gozoso Tragabombas, exclamó relamiéndose las fauces, cual si saborease ya el tierno potrillo:
—¿Cómo no he de leerlo? ¡Sería en verdad extraño! Yo entiendo el alemán, el latín, el italiano y hasta el francés. En Heidelberg he asistido bastante tiempo a la escuela, y sostenido controversias con sabios, eruditos y maestros en derecho; tomé en toda forma mi grado de doctor, y sé leer, como si fuera mi propio nombre, todas las escrituras posibles. No me engañará hoy mi ciencia. Quedaos aquí; voy a leer la inscripción, y al punto vuelvo.
Y se acercó a la yegua.
—¿Cuánto vale el potrillo? la preguntó.
Ella le contestó:
—Leed el precio, si queréis; escrito lo llevo en mis herraduras.
—Dejadme verlo, dijo el lobo.
—Miradlo, replicó la yegua.
Y levantó la pata, herrada con seis clavos, sacudiendo al lobo en la cabeza una coz, con tal tino, que lo derribó en tierra medio muerto.
Alejóse luego la yegua, seguida de su hijuelo, y pronto se perdieron de vista.
Largo tiempo estuvo el pobre Tragabombas en tan deplorable situación. Al cabo de una hora comenzó a removerse, y a aullar como un perro. Acerquéme a él, y le dije:
—Veamos, señor sobrino, ¿dónde ha ido la yegua? ¿Estaba sabroso el potrillo? Es positivo que os habéis hartado sin acordaros de mí, en lo cual no habéis hecho, bien, porque al fin yo os proporcioné la compra. Grato es el sueño después de la comida. Responded: ¿qué decía el escrito de los pies de la yegua? Indudablemente sois un sabio de primer orden.
—¡Ay de mí! replicó: ¿sois capaz de burlaros viéndome en tal estado? Mal me trató la yegua. ¡Hasta las piedras tendrían lástima de mis sufrimientos! ¡Malditas sean sus largas piernas! ¡Que el diablo se la lleve! La inscripción estaba sin duda formada por los clavos de su herradura. ¡Y clavos nuevos! Seis heridas me han hecho en la cabeza.
No sin harta dificultad escapó Tragabombas de aquel terrible trance. Desde entonces, no ha gozado de perfecta salud, ni de sus facultades intelectuales.
Ahora, ya sabéis todas mis faltas, querido sobrino: aconsejadme para que no vuelva a reincidir. Dudoso es lo que me sucederá en la corte; pero he descargado mi conciencia, y aliviádola de insoportable peso. Decidme: ¿cómo podré enmendarme en lo sucesivo?
—Veo con sentimiento, dijo Barbafosca, que habéis cometido nuevos y muy grandes pecados. Sin embargo, aunque sería preferible que vuestras víctimas vivieran, ya no han de resucitar. Así, pues, teniendo en cuenta que se aproxima la hora terrible de vuestra muerte, os aconsejaré y os exhortaré como cumple a pariente tan cercano. Vuestros delitos os acusan con más encarnizamiento que vuestros enemigos, y temo que os lleven a la última extremidad: sobre todo, no se os perdonará el asesinato de la liebre, y la presentación de su cabeza. Confesad que fue, en verdad, osadía inaudita irritar al Rey de esa manera. Tal acción os habrá de perjudicar más de lo que imagina vuestra ligereza.
—No perderé por eso un solo cabello, replicó el bribón. Paréceme muy natural que cada uno se ayude en este mundo como pueda. Ya sabéis que no es tan fácil guardarse del mal viviendo en el siglo, como en una ermita. Quien anda entre la miel algo se le pega. Rabiblanca me provocó con sus indiscreciones; saltó a un lado y a otro en mi presencia; quise probar su carne, y cerré los ojos. Vellino pagó mis culpas. Ellos sufrieron el daño, y yo cometí el pecado. Pero en parte fueron también estúpidos, y torpes, y groseros. ¿Tan escrupuloso había yo de ser? ¿No me conocían? Con trabajo me había salvado de las intrigas de los cortesanos, y les enseñé algunas buenas máximas, que no aprendieron. Debo declarar, sin embargo, que se ha de amar al prójimo: no obstante, me cuido poco de tales preceptos, y, como decís muy bien, los muertos, muertos se quedan. Pero tratemos de otro asunto. Malos son los tiempos presentes. ¿Qué sucede ahora en el mundo? No se debía hablar de tales cosas; más se piensa en ellas sin querer, y cada cual atiende a lo que le interesa.
El mismo Rey, según todos sabemos, roba como pudiera hacerlo cualquiera otro mortal; abandona las migajas de su mesa a los osos y a los lobos, y cree que está bien hecho. Ninguno tiene con él bastante confianza para decirle la verdad. ¡Tan profunda es ya la corrupción! De nada sirven los confesores y los capellanes: todos callan en la hora del peligro. ¿Por qué? Porque entran también a la parte, aunque sólo sea para ganar una sotana nueva. ¡Y que venga alguno a quejarse! Tanto valdría poner trabas al aire, y pretender aprisionar la luna. El mal sigue su curso, y lo que roba un poderoso se perdió sin remedio: las quejas son desatendidas, y acaban por cansar a los que las escuchan. El león es nuestro soberano, y cree que es un gaje de su cargo la libertad de arrebatarlo todo para sí. Llámanos sus vasallos, y mira nuestros bienes como si fuesen propios. Quizá os parezca que hablo con demasiada libertad. El soberano aprecia mucho a las gentes que le traen algo, y que saben bailar al son de su gaita. Esto lo observamos claramente. Algunos sentirán que el lobo y el oso asistan de nuevo al consejo: ellos hurtan y roban a su antojo; el Rey los ama; todos lo ven, y callan, pensando que también les llegará su vez. Más de cuatro de esta especie hay al lado del monarca, distinguidos entre todos, y los más poderosos en la corte. Si algún pobre diablo como Urdemalas se apodera de un polluelo, cargan sobre él, y lo buscan, y lo prenden, y en voz alta y por unanimidad lo condenan a muerte. Así se ahorcan ladrones de poca monta, y los grandes prosperan y dominan en el país y en los castillos. Oíd, tío: cuando observo esto, y reflexiono, juzgo yo también el mundo a mi manera, y me digo: «Eso será justo: ¡lo hacen tantos!». Verdad es que la conciencia se sobresalta, y me amenaza con la cólera celeste y el juicio final. El bien mal adquirido, por insignificante que sea, debe sin duda restituirse. Entonces se apodera de mi corazón el arrepentimiento; pero no dura largo tiempo. ¿De qué sirve ser honrado? El vulgo murmura también de las personas virtuosas. Todo lo investiga la muchedumbre; a nadie olvida fácilmente, y no es parca en invenciones. Poco bueno hay también en el pueblo: contados son los ciudadanos que merecen la nota de justos y honrados. Las masas están siempre refunfuñando y maldiciendo. Conocen, es verdad, las acciones laudables; pero las callan, o rara vez hablan de ellas. Mas lo peor es el extravío y la locura de los hombres, que llegan a creer, que obedeciendo las sugestiones de sus impacientes deseos, habrán de regir y dominar el mundo entero. Si se ciñeran a poner orden en su familia y a hacerse respetar de sus servidores, gozarían una feliz medianía, mientras los locos que han despilfarrado su hacienda, encuentran en la miseria el castigo de sus culpas. Pero ¿cómo se ha de mejorar el mundo? Cada cual se cree autorizado para todo, e intenta esclavizará los demás a la fuerza. De aquí que nuestros males se agraven, cada día. No se oye hablar más que de calumnias, mentiras, traiciones, robos, perjurios, hurtos y asesinatos. Los hipócritas y los falsos profetas engañan fácilmente a los crédulos.
Todos viven así, y si se les exhorta con lealtad a corregirse, no os hacen el menor caso, y os dicen: «¡Ay! si los pecados fuesen tan grave carga como sostienen muchos sabios, los evitarían también ellos». Discúlpanse con el mal ejemplo, y se asemejan a los monos, que, nacidos para imitar, y sin saber pensar ni elegir, sufren las consecuencias de su irreflexión.
¡Sin duda nuestros hombres de iglesia debieran ser mejores! Mucho se les podría perdonar si pecasen en secreto; pero no se cuidan de que les vean las gentes, y como si fuésemos ciegos, hacen en nuestra presencia cuanto se les antoja. Observamos, sin embargo, que los ayunos y las mortificaciones les son tan odiosos como a nosotros los pecadores, amigos de los placeres mundanos. Casi todos los eclesiásticos de la otra parte del Rhin, que hacen voto de castidad, se ven perseguidos día y noche por visiones eróticas, como las que atormentaban al bienaventurado San Antón. Pero, en fin, ¡si no fuesen más que visiones!… Dicen algunos que tienen hijos, como los matrimonios, y que los educan y se esfuerzan en elevarlos lo más alto posible. Jamás piensan en su origen tales hijos; a nadie ceden en altivez, y van erguidos, como si fuesen de noble linaje. Antes no se daba gran importancia a esas criaturas subrepticias; pero ahora se les llama señores y señoras. El dinero es sin duda omnipotente. Hay pocos países en Europa donde los clérigos no levanten mil contribuciones y socaliñas, y no se utilicen de todo. Con esta conducta, y con su desmedido amor al oro, corrompen a los demás, y enseñan al pueblo máximas perniciosas; porque cuando se observa que pecan, imítalos el vulgo, y un ciego extravía entonces a otro ciego. ¿Quién, pues, se cuida de las buenas obras de los sacerdotes piadosos y de su buen ejemplo? ¿Quién vive como ellos? Y si esto sucede en el clero, ¿cómo se ha de reformar el mundo?
Pero oíd lo que resta. El que nace bastardo no debe desesperarse por esto; porque, ¿cómo remediarlo? así pienso yo: ¿me entendéis? Si es humilde y no irrita a las gentes con su necia y vana conducta, no llama la atención de nadie, y será injusto censurarlo. El nacimiento no nos hace generosos, ni buenos, ni puede tampoco perjudicarnos. Sólo la virtud y el vicio distinguen a los hombres. Los religiosos buenos e instruidos son honrados como merecen; pero los malos dan un ejemplo funesto. Cuando uno de estos predica la virtud, dicen los, que le escuchan: «Si el que debiera darnos ejemplos de santidad alaba el bien y obra el mal, ¿qué haremos nosotros?». Sectarios sólo del deleite, tales ministros del Altísimo no cesan de gritar a sus oyentes: «Contribuid con vuestro óbolo a la edificación de las iglesias, oh, amados hermanos, si deseáis alcanzar la gloria eterna». Así terminan sus exhortaciones, y ellos ponen poco de su bolsillo, quizás nada, sin dárseles un ardite que se arruinen los altares y los templos. Prefieren vivir bien, vestir lujosamente y regalar su estómago. Y si tan inmoderadamente les preocupan las cosas mundanas, ¿cuáles serán sus preces u oraciones? Hay muchos clérigos que consagran al Señor sus días y aun sus horas, y sólo practican la virtud: así sirven a la religión cristiana, y con su buen ejemplo guían a los fieles por la senda del deber a las puertas del cielo. Pero conozco también a otros falsos e hipócritas, que vocean y alborotan sólo para aparentar lo que no es, y buscan siempre la compañía de los ricos, y saben adularlos, y asisten gustosos a sus convites. Si invitáis a uno de ellos a vuestra mesa, vienen dos; así es que además de los convidados os sentáis siempre a ella otros dos o tres parásitos: En los conventos, el que sabe hablar bien obtiene dignidades, y llega a ser atendido y considerado por propios y extraños. Aparte de esto, la posición respectiva de los frailes no puede ser más desigual: unos están obligados a pasar la noche cantando en el coro, o rezando junto a una tumba, mientras los principales miembros de la comunidad duermen a pierna suelta en sábanas de holanda, y engullen los más exquisitos bocados. Mucho habría que decir también de los legados del Papa, de los cardenales, de los obispos y de los abades: su constante divisa es: «Dadme lo vuestro, y dejadme lo mío». Pocos son, en verdad; quizás no lleguen a siete los que, con arreglo a los preceptos de nuestra ley, observan santa vida. De aquí que el estado eclesiástico, en general, sea tan débil y defectuoso.
—Tío, dijo el tejón, paréceme extraño que confeséis los pecados ajenos, ocultando tal vez los propios. ¿De qué os servirá esto? Antójaseme que tenéis bastante que hacer con vuestras culpas. Decidme también, tío: ¿qué os importa que los curas y frailes hagan o no lo que les dé la gana? Que cada cual lleve su carga, y cumpla como bien le parezca los deberes de su estado, puesto que ninguno, bien fuere arzobispo o simple cura de misa y olla; ya sea viejo, ya joven, dejará de dar cuenta al Juez Supremo de su conducta en la tierra, Por lo demás, habíais con exceso de las cosas más diversas, y acaso consigáis extraviarme. Sabéis a maravilla cómo andan el mundo y sus negocios: nadie reúne mejores dotes para predicador. Debiera yo venir con otros compañeros a aconsejarme con vos, a oír vuestras lecciones y a aprender vuestra sabiduría, porque me es forzoso declarar, que, por lo general, somos torpes y rudos, y de escasos conocimientos.
A este punto llegaban nuestros viajeros en su conversación, cuando divisaron a lo lejos las primeras casas de la corte.
Por más que el zorro aparentase estar tranquilo, hubo un momento en que pensó volverse por dónde había venido, y esperar en su castillo de Malparto la visita del Rey y de sus formidables legiones. Sin embargo, calculando mejor lo que le convenia:
—¡Sea, pues, lo que Dios quiera! exclamó, lanzando un gran suspiro, como si pretendiera cobrar aliento para presentarse ante el ofendido soberano.
Al mismo tiempo oyó que le llamaban por su nombre; levantó vivamente la cabeza, y vio enfrente de sí al mono Martin, favorito del Rey, que se dirigía a Roma, encargado por su augusto amó de una alta misión diplomática.
Después de saludar al zorro:
—¡Mucho celebro hallaros, amigo mío! díjole el mono, estrechando su mano.
Luego le dirigió algunas preguntas acerca de lo que le había acontecido desde la última vez que se vieran, y de las causas que le obligaban a volver a la corte.
—¡Ah! respondió Urdemalas: ¡cuán contraria se me ha mostrado ahora la fortuna! Algunos malvados, a quienes, conozco, me acusan de nuevo, en especial el grajo y el conejo: el uno perdió a su esposa; el otro una oreja. Mas ¿qué puede importarme eso? Si consigo hablar al Rey a solas, lo sentirán ambos. Por desgracia, tropiezo con el grave obstáculo de que pesa todavía sobre mí la excomunión del Papa, uno de cuyos sobrinos, revestido de amplios poderes de la curia romana, goza de gran favor con el monarca. Mas lo peor del caso, es que se me impuso esa pena por culpa de Tragabombas, un tiempo fraile en el convento de Elkmar, de donde huyó, jurando que no podía sufrir el rigor de la regla, y que estaba ya harto de ayunos y penitencias. Yo le ayude en su evasión, y hoy me pesa, porque ahora me calumnia ante el Rey, y sólo trata de perderme. ¿Y he de ir yo a Roma en tan criticas circunstancias? ¿Cuántos trabajos no pasarían los míos durante mi ausencia? Tragabombas no los deja de la mano, y les hace todo el mal posible. ¡Hay tantos malvados que me aborrecen, y que detestan a mis deudos!… En mi actual situación, lo principal es verme libre del interdicto. Si lo lograse, aun probaría fortuna en la corte.
El mono había escuchado atentamente las palabras del zorro.
—Inútil es decir, contestó, que estoy dispuesto a serviros en todo. Ahora justamente voy a Roma, donde pondré mi influencia y buenas relaciones a vuestro servicio. Ni aquí ni allí sufriré nunca que os maltraten. Paréceme que, como secretario que soy del reverendo arzobispo de Leonópolis, entenderé de esta clase de asuntos. Ya daré traza para que se llame al sobrino del Papa a Roma, donde atacaré con ventaja a ese intrigante. Yo me encargo de este negocio, y os aseguro que he de valer poco si no consigo una bula pontificia que os ampare y os proteja. Mal lo pasarán vuestros enemigos, y perderán el tiempo y el dinero. Yo sé cómo se arreglan en la ciudad eterna esas cuestiones, y entiendo perfectamente cuánto se ha de hacer u omitir. El señor Antimonelli, mi cuñado, es allí sujeto importante y poderoso, y ayuda con preferencia a los buenos pagadores. Tragoro, mi sobrino, es también gran señor, y muy influyente entre los cardenales. Uñalonga y Buscagangas, camareros del Papa, son también mis amigos. Las monedas son mis precursoras; porque no hay medio como éste para darse allí a conocer. Hablarán de citaciones; pero sólo piden dinero, y por torcido que esté el negocio, yo lo enderezo con mi bolsillo. Si lleváis oro o plata, hallareis favor; si os falta, encontrareis cerradas todas las puertas. Quedaos aquí tranquilo: yo tomo a mi cargo vuestro asunto, y lo resolveré favorablemente. Id a la corte, y en ella veréis a mi esposa, la señora Estofada. El Rey, nuestro soberano, y también la Reina, la aman extraordinariamente, porque su viveza es singular. Habladla, que es discreta y servicial con los amigos. Allí encontrareis también muchos deudos. No siempre favorece el tener, razón. En casa de mi esposa hay además dos hermanas suyas, tres hijos míos, y algunos de vuestra familia, dispuestos a ayudaros tan pronto como os toméis el trabajo de rogárselo. Si se os hace alguna injusticia en la corte, entonces llegareis a saber lo que yo puedo. Si os persiguen, procurad que llegue pronto a mi noticia, y pondré en grande aprieto a toda la nación, al Rey, a las mujeres, a los hombres y a los niños. Yo enviaré un interdicto, y nadie podrá cantar, ni bailar, ni bautizarse, ni oír misa, ni encender fuego, ni dar sepultura a los cadáveres. Consolaos con esto, y sea lo que Dios quiera. Tened confianza en mí: el Pontífice actual es un viejo achacoso, que se ocupa muy poco de los negocios temporales, y de quien nadie hace caso. De aquí que el cardenal Rapanelli, secretario de Estado, sea omnipotente en Roma. Este eclesiástico es joven todavía, lleno de vigor y fuego, y resuelto en sus propósitos. Ama a cierta señora, a quien visito a menudo: ella le escribirá, y os aseguro que sabe conseguir cuanto desea. El secretario Buonamancia es el hombre más inteligente del mundo en monedas antiguas y modernas: su compañero Bobilini es lo que se llama todo un hombre de mundo; un cortesano perfecto: Garrappa ejerce el oficio de protonotario apostólico; es bachiller en ambos derechos; sus emolumentos, gabelas y socaliñas llenan de oro sus arcas, y si dura siquiera un año más en su empleo, será millonario. A todos los conozco como a los dedos de mi mano. Existen allí también dos jueces, que se llaman Moneta y Denorius. Estos juzgan siempre sin apelación: lo que ellos deciden, nadie, ni el mismo Papa lo revoca. Roma es un hervidero de intrigas, que no llegan siempre a noticia del sucesor de San Pedro. Lo principal es tener amigos. Por su mediación se perdonan todos los pecados, y hasta se levanta la excomunión que pese sobre un pueblo. Confiad en mí, repito. El Rey sabe muy bien que no os abandonaré en medio del peligro. Vuestros asuntos están encomendados a mi protección, y puedo mucho. Tampoco se le oculta a S. M., que sus mejores consejeros son aliados o parientes nuestros, esto es, de las familias de los monos y de los zorros. Esta circunstancia os favorecerá, suceda lo que quiera.
Tranquilizado un tanto por la generosa ayuda que le ofrecía Martin, repuso Urdemalas:
—Grande es ahora mi confianza, contando con tan noble protector. Si logro confundir a mis enemigos y granjearme nuevamente la gracia del monarca, mi reconocimiento hacia vos será eterno.
Acabando de proferir estas palabras, los interlocutores se despidieron cual dos buenos amigos, dirigiéndose el mono a Roma, y el zorro al palacio del Rey, a donde llegó sin otra escolta que su fiel compañero Barbafosca.