el zorro - canto 07
Gran festival en la corte.—El regocijo universal se turba de repente por la llegada del conejo y del grajo, que revelan nuevos crímenes de Urdemalas.—El Rey convoca a sus guerreros para castigar al culpable; pero el tejón Barbafosca le avisa del peligro que le amenaza, y el zorro se decide a encaminarse otra vez a la corte para intentar su justificación.
Entonces tuvieron lugar en la corte brillantes festejos, a los que acudió desde remotas tierras una multitud de hermosas damas y apuestos caballeros. Seguían a los cuadrúpedos infinitas aves, y todos, sin excepción, honraban en alto grado a Melfagor y Tragabombas, que olvidaron de este modo sus penas.
Magníficas fueron las fiestas celebradas por aquella sociedad, la más distinguida de su tiempo. Por todas partes resonaban trompetas y tambores: en los bailes de palacio rivalizaban los convidados en lujo y elegancia.
Los deseos y caprichos más extraños eran prontamente satisfechos. Sucedíanse unos a otros los mensajeros enviados a recorrer todo el país para invitar a nobles y plebeyos. Obedientes a la voz, de su espléndido soberano, acudían a bandadas mamíferos y volátiles, viajando día y noche para no perder tiempo.
Por lo que hace al sagaz zorro, esperaba encerrado en su castillo los acontecimientos; que pudieran sobrevenir, y como fingía peregrinar, no pensaba siquiera en acercarse a la corte. Nada bueno, en verdad, esperaba en ella para sí ni los suyos. Agradaba más al bribón atenerse a sus inveterados hábitos y ejercitar sus malas artes.
Mientras tanto, oíanse en la capital los cánticos más bellos. Manjares y vinos exquisitos se servían con profusión a los convidados, en vajillas de plata y copas de oro y cristal de Bohemia, sin que cesasen un instante los torneos y las lides. Cada cual, en compañía de los de su especie, bailaba alegremente al son de tamboriles y dulzainas. El Rey, desde su tronó, presenciábalo todo complacido: agradábale el bullicio, y a veces se entregaba a él con bondadosa sonrisa.
Ocho días habían trascurrido de este modo. Era una tarde en que el monarca acababa de sentarse a la mesa, rodeado de todos sus barones, y teniendo a su lado a la Reina, cuando se presentó un conejo, pálido y ensangrentado, exclamando con voz lastimera:
—¡Rey grande y justiciero, y vosotros, señores poderosos que me escucháis; tened piedad de mí! Pocas veces habréis oído hablar de tan pérfida traición y tan criminal atentado, como el de que he sido víctima, por engaño del malvado Urdemalas. Ayer por la mañana, a eso de las seis, lo encontré sentado delante de Malparto. No dudaba, a la verdad, que me dejaría seguir en paz mi camino, confiando en el edicto que publicó hace poco nuestro soberano, para que todos los habitantes de estos reinos viviesen entre si en perpetua concordia. Cerca de su puerta, y vestido de peregrino, fingía leer el pícaro zorro en su devocionario la oración de la mañana. Todo mi afán era pasar cuanto antes, para venir a vuestra corte. Al verme el asesino, levantóse de un salto, y se aproximó a mí, creyendo yo que vendría a saludarme; pero en lugar de esto, me apresó con sus garras traidoramente, y las sentí clavarse entre mis dos orejas. Como son largas y aceradas sus uñas, pensé perder la vida. No contento con esto, me derribó en tierra. Afortunadamente, pude escapar haciendo un esfuerzo desesperado, y emprendí velozmente la fuga, mientras el agresor refunfuñaba, y juraba buscarme de nuevo. Así pude salvarme, aunque con pérdida de una oreja, y como veis, con la cabeza ensangrentada. ¡Mirad! ¡cuatro heridas traigo en ella! Ahora comprenderéis con cuánta violencia fui atacado, y cuán a punto estuve de sucumbir. ¡Compadeced, señor, mi pena y mi trabajo, y, acordaos de vuestro salvoconducto! ¿Quién podrá viajar? ¿quién se encaminará a vuestra corte, si los ladrones acechan en los caminos, y roban y maltratan a los pasajeros?
Apenas terminaba el conejo su lastimosa historia, presentóse volando Azabache, el locuaz grajo, y dijo:
—¡Digno señor y bondadoso Rey: tristes noticias vengo a comunicaros! Mi angustia y mi aflicción son tan grandes, que no me encuentro en estado de hablar mucho. Temo que se me desgarre el corazón. ¡Tan terrible es mi desgracia! Temprano caminaba hoy hacia este sitio en compañía de mi esposa Taravilla, cuando vimos muerto a Urdemalas en el campo, con los ojos extraviados, y colgando la lengua de su entreabierta boca. Asustado yo entonces, comencé a gritar; pero no se movió por más que voceé y sollocé, diciendo: «¡Ay de mí! ¡Qué horrible espectáculo!». Yo repetía de nuevo mis lamentos. Mi sensible esposa se afligió también mucho, y ambos lo lloramos a porfía. Mientras examinaba yo su boca y su cabeza, mi esposa se acercó también a él, y lo contemplaba en silencio, anhelando descubrir un destello de vida. Empero, eran vanos nuestros esfuerzos, y ambos hubiésemos jurado que estaba muerto para no resucitar jamás. Escuchad ahora el infausto suceso. Cuando la pobre Taravilla, afligida y sin temor, aproximó cuanto pudo su pico a la boca del bribón, aprovechóse este de su descuido, y la arrancó de un bocado la cabeza. Indecible fue mi espanto. «¡Horror!… ¡Horror!…» gritó. Y no tuve tiempo para más, porque el bandido se alzó ligeramente, y corrió con intento de apresarme, Pero me escapé volando, y me elevé en el aire cuanto antes. Si mi precipitación no hubiese sido tan grande, mi suerte fuera igual a la de mi desventurada esposa. A duras penas conseguí librarme de las garras del asesino. Loco de angustia y desesperación, posóme sobre un árbol. ¡Ojalá que no hubiese salvado mi triste vida! Vi a mi adorada esposa entre las uñas del criminal, que se la tragó en un santiamén, cual si fuera un ratoncillo. Parecióme tan codicioso y hambriento, como si desease devorar a todo mi linaje. No dejó un sólo dedo, ni el más pequeño hueso. ¡Y hube de presenciar tales lástimas!… Acabado el horrible banquete, marchóse de allí el zorro. Yo no pude imitarle, y volé con el corazón contristado al lugar de la catástrofe. Encontré tan sólo en él sangre y plumas de mi esposa, y tráigolas aquí como prueba del delito. ¡Apiadaos de mí, justísimo señor! Si perdonáis ahora a ese traidor, y se aleja el instante de su merecido castigo, y es vana vuestra paz e inútil vuestro salvoconducto, se murmurará con razón, y se disminuirá vuestro crédito entre propios y extraños. ¿Qué pensarán de V. M. las naciones civilizadas? Positivamente que dirán: «Cómplice es del delito el que, pudiendo castigarlo, no lo castiga». Todos se creerán entonces señores y árbitros de la vida de los demás. Reflexionad, oh, Rey, que esto toca de cerca a vuestra dignidad, y hacedme justicia.
La corte había escuchado conmovida la acusación del grajo y del conejo. Encolerizado en extremo el Rey Nobel, exclamó, lanzando al propio tiempo un terrible rugido:
—¡Juro por mi fe conyugal que castigaré este nuevo crimen, y que quedará de él memoria eterna! ¡Despreciar mis órdenes y mi salvoconducto!… No, no lo sufriré. Con harta ligereza di crédito al desleal, y le dejé escapar, proveyéndole de cuanto necesitaba para su peregrinación, y despidiéndolo como si se encaminase a Roma. Por completo el bribón se ha burlado de nosotros. ¡Con cuánta facilidad supo congraciarse la benevolencia de la Reina! Ella me convenció, y ahora está en libertad; pero no seré yo el último a quien pese amargamente seguir consejos de mujeres. Harta será nuestra vergüenza, si ese malvado se mofa por más tiempo del derecho y de la justicia. Siempre fue un ladrón, y lo será mientras viviere.
Luego, volviéndose a sus cortesanos, el monarca añadió:
—Deliberad ahora, oh, señores, cómo nos apoderaremos de él para juzgarlo. Aplicación y buen deseo, y el más brillante éxito coronará nuestros esfuerzos.
El discurso del monarca agradó a Melfagor y a Tragabombas.
—¡Al fin quedaremos vengados! pensaron ambos.
Pero no osaban hablar, observando la confusión de su majestad, y su extraordinaria cólera. La Reina, que siempre había protegido a Urdemalas, quiso otra vez interceder por él.
—No os irritéis, amado señor, dijo, ni juréis por motivo tan liviano, porque se menoscabará vuestra reputación y la importancia de vuestras palabras. Todavía no conocemos la verdad del caso en toda su extensión. Primero es menester oír al acusado. Si estuviera presente, enmudecerían algunos que hablan ahora contra él. Conviene escuchar siempre a las dos partes, porque no faltan perversos que acusan a otros para ocultar sus propios crímenes. Por sabio y entendido tengo yo a Urdemalas; sus propósitos no eran vituperables, y siempre tenía nuestro bien ante los ojos, aunque el resultado no coronase siempre sus deseos. Útil ha sido a veces seguir su consejo, no obstante los lunares que empañan su conducta. Es preciso también tener en cuenta las relaciones importantes de su familia. La precipitación en los negocios de Estado no es buena consejera. A pesar de todo, señor, cualquiera determinación que tomareis, la acataremos todos, en virtud de la sumisión y obediencia que os debemos.
—Además, añadió Leopardo, que ya que V. M. escucha a todos los que se quejan de Urdemalas, justo es también oír al acusado. Puede comparecer nuevamente en juicio, y se hará lo que entonces acordéis. Tal es la opinión de vuestra noble esposa y de los señores consejeros.
Viendo escapársele su venganza, no pudo Tragabombas guardar silencio.
—¡Que la observancia de la justicia, repuso, sea el norte de nuestros pensamientos! Pero escuchad, señor Leopardo: aunque Urdemalas compareciese a su tiempo, y se defendiera de la doble acusación de estas dos víctimas, me sería siempre fácil demostrar que merece perder la vida. Puedo probar lo que digo, y no obstante, callaré hasta que venga. ¿Habéis acaso olvidado cómo y cuán completamente engañó al Rey, bondadoso en demasía, con el cuento del tesoro? ¿No recordáis que dijo estar enterrado en Husterlo, junto a la fuente de Krekelborn, y otras groseras patrañas del mismo jaez? A todos fascinó con daño de Melfagor y mío; pero yo respondo con mi cabeza de que persiste en sus abominables crímenes. El hipócrita llevará en los campos su vida acostumbrada; vagará aquí y acullá, y robará y matará como siempre. Si agrada al Rey y a los señores presentes, procédase como se ha dicho. Hace ya tiempo, sin embargo, que estaría en la corte, si tuviese intención de venir. Los mensajeros del Rey corrieron el país invitando a todos los magnates a las fiestas, y él no se ha dignado moverse de su castillo.
—¿Y por qué razón habíamos de esperarle? replicó el Rey con creciente enojo. Preparaos todos a seguirme dentro de seis días; porque en verdad os digo, que deseo ver el término de tan enojosas acusaciones. ¿Qué dicen estos señores? ¿No es capaz Urdemalas de arruinar a una nación entera con sus depredaciones y marañas? Aprestaos, pues, a medida de vuestras fuerzas, y acudid con arneses, con arcos y con lanzas: sobre todo mostraos dóciles y valientes. ¡Que cada cual sostenga la gloria de su nombre! No olvidéis que puedo armar caballeros sobre el campo de batalla. Sitiemos el castillo de Malparto: queremos ver lo que contiene.
Un prolongado hurra fue la contestación que dieron los magnates a esta bélica arenga.
—¡Al asalto!… ¡Al asalto! exclamaban en coro.
El Rey, pues, y sus cortesanos pensaban demoler a Malparto, para castigar al zorro. Pero Barbafosca, que había asistido al consejo, y que persistía siempre en ayudar al que llamaba su querido pariente, alejóse en secreto, para advertir a Urdemalas el peligro que le amenazaba.
Mientras el buen tejón se acercaba a Malparto, iba diciendo para sí:
—¿Qué será de nosotros, querido tío? ¡A ti, cabeza de nuestra familia, te lloran de corazón todos sus miembros! Creíamosnos seguros cuando tú nos defendías ante la justicia, porque ninguno podía resistir las fuerzas de tu ingenio.
Y llegó al castillo, y encontró a Urdemalas sentado al aire libre. Había apresado poco antes dos pichones, que se aventuraron a salir del nido para ensayar el vuelo; no pudiendo sostenerlos sus alas, cayeron en tierra, y no siéndoles posible levantarse, sucumbieron entre las garras del insaciable zorro, que salía con frecuencia a cazar por las inmediaciones del castillo.
Como viera desde lejos a Barbafosca, que se acercaba velozmente, saludóle, y le dijo:
—¡Bien venido seáis, señor sobrino! Pero ¿a qué correr tanto? ¡Estáis sofocado! ¿Sois portador de alguna mala nueva?
Detúvose Barbafosca, se enjugó el sudor que bañaba su frente, y respondió:
—La noticia que os traigo no es de las más halagüeñas. Como veis, vengo presuroso y lleno de temores. ¡Adiós hacienda y vida! He visto al Rey irritado contra vos. Juró aprisionaros y condenaros a vergonzosa muerte. Ha ordenado a todos sus vasallos que se presenten aquí en el término de seis días, armados con arcos y saetas, con espadas y lanzas. Todos vienen ahora contra vos. Preparaos con tiempo. Tragabombas y Melfagor están con el Rey en más estrechas relaciones que jamás tuvimos ambos, y no se hace en palacio más que lo que ellos quieren. El infame lobo propala en alta voz que sois el ladrón y el asesino más execrable del mundo, y ha llegado a conmover al Rey con sus voces y alharacas. Ha alcanzado el grado de mariscal de campo: ya le veréis dentro de poco. Presentóse el conejo, y luego el grajo, y os acusaron terriblemente. Si caéis ahora en poder de S. M., no habéis de vivir mucho tiempo, y esto me acongoja.
—¿No es más que esa fruslería lo que os entristece? Todo ello importa un bledo. Aunque el Rey con su consejo hubiesen hecho los votos más solemnes, y jurado dos y tres veces, iré allá, y me burlaré de todos; porque deliberan y deliberan, y nunca saben acordar. Querido sobrino, no tengáis cuidado por mí; seguidme, y veréis el obsequio que os preparo. Tuve no ha mucho la suerte de apresar unos pichones tiernos como manteca. ¡Ya se ve! ¡son para mí un manjar tan exquisito! Su digestión es rápida, y se tragan con tanta facilidad como se digieren. ¡Qué sabrosos son los huesecillos! Se disuelven en la boca, porque parecen leche y sangre. Agrádanme los platos ligeros, y lo mismo sucede a mi esposa. Venid, pues, que os recibirá afectuosamente. No digáis, sin embargo, la causa de vuestra venida: las cosas más insignificantes la alteran y preocupan sobremanera. Mañana voy a la corte en vuestra compañía. Espero que allí, oh, querido sobrino, me ayudareis como conviene a tan cercanos deudos.
—Os serviré con mi vida y con mis bienes, de todo corazón, dijo Barbafosca.
—Y os lo agradeceré eternamente: viva yo lo bastante, y recibiréis merecido premio a vuestra acrisolada lealtad.
—Presentaos confiado ante los señores del consejo, observó el tejón: defended vuestra causa como mejor se os alcance, y sin duda os escucharán. Leopardo fue también de dictamen que no se debía castigaros hasta oír vuestras razones. Lo mismo dijo la Reina. Tenedlo muy presente, y aprovechaos de ello.
—Tranquilizaos, repuso Urdemalas, que para todo habrá remedio. Ese Rey tan furioso, mudará de parecer cuando me oiga, y al fin recompensará mis dilatados servicios.
Departiendo de este modo entraron en el castillo, donde fueron afablemente recibidos por la dama Ermelina, que les ofreció cuanto tenía.
La mesa estaba preparada. Sentóse a ella Urdemalas, en unión de su huésped, y rodeado de su familia: sirviéronles los pichones; se alabó su sabor, y cada cual devoró su parte. No se hartaron, en verdad, con aquel refrigerio, y de seguro se regalaran con otra media docena más si hubieran sabido dónde encontrarlos.
Terminado el banquete, dijo Urdemalas a su amigo:
—Confesad, oh, sobrino, que tengo unos hijos lindísimos, que agradan por fuerza a quien los mira. Decidme, ¿qué os parece Rojillo y Urdemalitas, el más pequeño? Aumentarán el lustre de nuestro linaje. Ya creciditos, hacen mis delicias desde por la mañana hasta la noche: el uno atrapa una polla, el otro una tórtola. También entran osados en el agua para cazar patos y, avefrías. De buena gana los dejaría gozar con más frecuencia de esta diversión; pero es menester enseñarles con preferencia a ser previsores y sabios, para que se guarden prudentemente de lazos, de cazadores y de perros. Así que conozcan el mundo y sus engaños, y estén educados cual corresponde, buscarán víveres todos los días, los traerán a casa, y nadaremos en la abundancia. Ya saben imitarme, y dan pruebas de sus felices disposiciones. Cuando van al campo, dejan atrás a los demás animales de su especie, y sus adversarios los sienten en la garganta, y no forcejean mucho tiempo. Es el método y el estilo de su padre. Atacan con prontitud, y su salto no marra: esto es para mí lo importante.
Barbafosca respondió sonriendo:
—Honra y regocija tener tales hijos, y que se acostumbren temprano a ayudar a sus padres trabajando. Me alegro en extremo de saber que pertenecen a mi linaje, y espero de ellos grandes cosas.
—Basta por hoy, concluyó Urdemalas; vámonos a dormir, porque todos están cansados.
Y se recostaron en la sala, cubierta con paja y hojas secas, y no tardó el sueño en visitarlos.
Pero sus graves cuidados desvelaban a Urdemalas; creía necesario meditar mucho en sus asuntos, y el alba le encontró sumido en hondas reflexiones. Levantóse al cabo, y dijo a su esposa:
—¡No os aflijáis, por Dios! Barbafosca me ha rogado que le acompañe a la corte: quedaos tranquila en casa. Si os preguntan por mí, diréis lo que juzguéis más conveniente, y guardad el castillo, que a todos nos interesa.
Sorprendida Ermelina por tan inesperadas palabras, exclamó sollozando:
—¡Paréceme extraño todo esto! ¿Cómo os aventuráis a volver a la corte, en donde vuestra reputación ha sufrido tanto?
—Es absolutamente preciso, respondió gravemente el zorro: si no lo hiciera así, el Rey, que está muy irritado contra mí, por no sé qué nuevas fechorías que me han acumulado, caería con su ejército sobre nuestro castillo, y no dejaría en él piedra sobre piedra. Conque ya veis, amada mía, que debo apresurarme a conjurar el grave peligro que nos amenaza.
—Por más que digáis, no acierto a comprender la necesidad de ese viaje. Recordad lo pasado, y no olvidéis que trataban de ahorcaros.
—Sin duda, repuso Urdemalas, estremeciéndose a pesar suyo; no se trataba de bromas. Muchos deseaban mi daño, y fue grande el apuro en que me vi; pero se observan cosas muy singulares en este mundo. Búrlanse de nuestras esperanzas los sucesos, y quien cree ser rico, se encuentra pobre de repente. Dejadme, pues, marchar: tengo que ocuparme allí en cierto negocio muy importante. Quedaos en paz, os lo suplico, que no hay razón para inquietaros. Esperadme, que si me es posible, oh, corazoncito mío, me volveréis a ver dentro de pocos días.
Y salió del castillo en compañía de Barbafosca, dejando a la infeliz Ermelina deshecha en lágrimas y entregada a mil horribles presentimientos.