el zorro - canto 06
Los Reyes honran y agasajan a Urdemalas, que se refugia en su castillo, en vez de encaminarse a Roma.—Asesinato de Rabiblanca y castigo de Vellino, a quien injustamente se hace responsable de este crimen.
Así recuperó Urdemalas el favor del soberano.
Presentóse S. M. en el gran balcón de palacio, e impuso silencio a todos los animales reunidos, mandándoles que se echaran en la yerba, ordenados por filas, según su estado y categoría.
Urdemalas estaba al lado de la Reina.
El Rey comenzó a hablar entonces de este modo:
—¡Callad y escuchadme, vosotros todos, cuadrúpedos y aves! ¡oídme, pobres y ricos, grandes y pequeños, chambelanes y servidores de mi palacio y corte! Ved aquí a Urdemalas en mi poder: intentábamos ahorcarlo hace poco; pero ha revelado importantes secretos de Estado, y le doy crédito, y le devuelvo mi gracia después de reflexionarlo maduramente. La Reina, mi augusta esposa, ha intercedido también para que yo le fuese propicio, y el acusado se ha reconciliado conmigo plenamente, devolviéndole por lo tanto la libertad, la vida y la hacienda. Desde este instante mi protección le ampara y le defiende. Entiendan, pues, todos, que mientras viva han de honrarle y obedecerle, lo mismo que a su esposa y a sus hijos, de día o de noche, y en donde quiera que lo encuentren. En lo sucesivo, no daré oídos a ninguna queja que se formule contra este fiel servidor. Si antes ha obrado mal, lo relego al olvido, porque se enmendará sin duda alguna. Mañana temprano empuñará el bordón; vestirá la esclavina para encaminarse a Roma en piadosa peregrinación, y no volverá hasta que haya conseguido expiar por completo sus pecados.
Oyendo estas razones, Bigotieso se volvió colérico hacia Melfagor y Tragabombas.
—¡Trabajo y pena perdidos! exclamó. ¡Ojalá que me viese a cien leguas de aquí! Si Urdemalas ha recobrado la gracia del Rey, empleará sus malas artes en malquistarnos a todos tres con él. Tuerto soy en la actualidad; pero ahora temo perder el ojo sano que me queda si permanezco mucho tiempo en la corte.
—¡Prudente es el aviso! replicó Melfagor; bien lo veo.
Tragabombas añadió por su parte:
—¡Extraño es todo esto! Vamos a ver al Rey sin detenernos.
Presentóse, pues, ceñudo ante el monarca, en compañía de Melfagor, y ambos declamaron mucho contra Urdemalas, acusándole de otros atroces crímenes que permanecían ignorados todavía por la justicia; pero el Rey les dijo con semblante iracundo:
—¿No me oísteis acaso? De nuevo lo he recibido en mi gracia.
Y como si quisiera hacerles sentir los efectos de su cólera, ordenó que los prendiesen, los encadenaran y encerrasen, acordándose sin duda de las palabras de Urdemalas y de la revelada conspiración.
En un momento, pues, mudó completamente de aspecto asunto tan ruidoso. Libertóse de todo mal el acusado, y sufriéronlo sus acusadores: su ingenio artificioso halló traza además de que se arrancase al oso una tira de piel de un pie cuadrado, y se le hiciese con ella un zurrón para el viaje. Poco le faltaba ya para convertirse en peregrino. No contento con esto, pidió también a la Reina que le facilitara un par de sandalias, diciéndola:
—Ya veis aquí a vuestro peregrino, oh, graciosa señora; ayudadme a cumplir mi voto. Cuatro bellas sandalias posee Tragabombas: ¿no sería conveniente que me cediese dos para el viaje? Proporcionádmelas, oh, bondadosa soberana, por mediación de nuestro señor el Rey. Bien puede la dama Gilimunda desprenderse de otro par, puesto que casi siempre permanece en casa atendiendo a sus quehaceres.
No acogió mal la Reina esta petición.
—Verdaderamente, respondió, que ambos debieran cederos prenda, tan necesaria para vuestro viaje. ,
Urdemalas, haciendo una profunda reverencia, le dio las gracias, diciendo:
—Nada tendré que temer, si poseo cuatro bellas sandalias. Todos los bienes espirituales que derrame sobre mí el santo padre, redundarán en beneficio vuestro y de mi generoso soberano. Obligados estamos los peregrinos a rogar por todos aquellos que nos hayan socorrido. ¡Dios recompense vuestra bondad!
Así perdió el cuitado Tragabombas las sandalias de sus pies delanteros hasta el tobillo, no perdonándose tampoco a Gilimunda, que se vio forzada a ceder las de los traseros.
Ambos fueron despojados de la piel y de las uñas. Revolvíanse dolientes en tierra, no lejos de Melfagor, todos en el estado más lamentable, y creyendo llegada la hora de su muerte; pero el hipócrita había ganado sandalias y zurrón, y no contento con esto, presentóse a ellos, y se burló de este modo de la loba:
—Querida amiga, dijo: ¿no veis cómo vuestras sandalias parecen hechas para mis pies? Espero también que duren todo el tiempo que me resta de vida. Mucho habéis trabajado para perderme: lo mismo he hecho yo, logrando mi propósito. Si experimentasteis gozo al mirarme en la horca y con la cuerda al cuello, al fin me llega la vez. ¡Cosas del mundo! ¡Unos suben y otros bajan!, Pero generalmente, los más torpes son los que caen para no levantarse jamás. Mientras dure mi viaje no podré dejar de acordarme de mis amados parientes. Me habéis cedido generosos vuestras sandalias, y no debéis arrepentiros de ello: compartiréis conmigo los bienes espirituales que reciba, porque voy ahora a Roma en santa peregrinación, para alcanzar el perdón de mis culpas.
Inútil es decir que Gilimunda sufría los dolores más intolerables: casi no podía hablar. Sin embargo, se reanimó algún tanto, y exclamó suspirando:
—¡Dios permite que realicéis vuestros designios para castigar mis culpas!
Tragabombas yacía en tierra, y Melfagor callaba como un muerto. Veíanse ambos prisioneros, cargados de cadenas, vencidos y humillados por su enemigo. Faltaba el gato Bigotieso, y Urdemalas ansiaba de todo corazón escaldarlo también.
Por la mañana se ocupó el hipócrita en poner cintas a las sandalias que habían perdido sus parientes. Apresuróse después a presentarse al Rey, y le dijo:
—Preparado está vuestro servidor a emprender su santo viaje: agradeceré a V. M. que ordene a su gran limosnero me bendiga. Podéis creer que no me alejaré de aquí tranquilo si ese santo varón no ruega al Señor que me proteja y defienda en mi peregrinación.
Un carnero, llamado Vellino, ejercía las dobles funciones de capellán de honor y secretario del Rey. Mandóle llaman el monarca, y le dijo:
—Recitad algunas oraciones para bendecir el viaje que proyecta Urdemalas: marcha a Roma y pasará el mar. Ponedle el zurrón, y entregadle el bordón de peregrino.
Vellino replicó:
—Me parece, señor, que V. M. ha oído tan bien como yo que la conciencia de Urdemalas no está tan limpia como fuera de desear, y que pesa sobre él la excomunión del Papa. Si bendigo su viaje, me expongo a incurrir en el enojo de mi obispo, puesto que es fácil que lo sepa, y tiene potestad para castigarme. Nada, pues, haré ni diré por él favorable ni adverso. Si se pudiese arreglar este asunto, de modo que no me arriesgase a ser reprendido por mi metropolitano monseñor Rapiamus, o a convertirme en blanco de las iras del vicario general fray Antolin Flagelus, le bendeciría de buen grado, sólo por obedecer a V. M.
Encogióse el Rey de hombros, y respondió con voz desapacible:
—¿A qué tanto charlar, amigo Vellino? Habéis hablado mucho, sin decir casi nada. ¿Qué diablos tengo yo que ver con que bendigáis o maldigáis a Urdemalas? ¿Qué me importa el obispo ni su vicario? Urdemalas se propone ir a Roma, e intentáis, impedirlo con vuestros escrúpulos de monja.
Vellino se rascó con angustia la cabeza detrás de la oreja: temía la cólera del Rey, y enseguida comenzó a leer en su breviario, disponiéndose a bendecir al peregrino, aunque éste no le prestaba mucha atención. Lo que él deseaba, sin cuidarse gran cosa de las bendiciones o maldiciones del gran limosnero, es fácil de presumir.
Recitadas las oraciones, se le entregó el zurrón y el báculo, y quedó trasformado en peregrino. Así engañó a todos con su hipocresía. Lágrimas fingidas surcaron entonces las mejillas del bribón, y humedecieron su barba, como si sintiese el más vivo arrepentimiento. Sin duda le dolía no haberse vengado plenamente de todos sus enemigos. Para honrarle más, invitóle el monarca a sentarse a su mesa; pero él rehusó el convite, diciendo que no se creía digno de semejante honor, y pidió a todos los circunstantes, que, si no lo llevaban a mal, rogasen por su alma. Preparóse entonces a marchar cuanto antes, conociendo su culpa, y temiendo que algún imprevisto acontecimiento viniese a descubrir sus supercherías.
—¿Tanta prisa tenéis, Urdemalas? preguntóle el monarca: ¿por qué no demoráis el viaje un par de días?
—No es lícito impedir al pecador que recorra la senda del bien, si su propósito es sincero, replicó Urdemalas. Os pido, pues, vuestra licencia: llegó por fin el momento, oh, bondadoso señor, de que me deje V. M. emprender mi peregrinación.
—¡Andad con Dios! respondió el rey.
Y ordenó a todos los señores de su corte que siguiesen y acompañasen algún trecho al falso peregrino.
Los dos prisioneros, Melfagor y Tragabombas, yacían entregados mientras tanto a sus lamentaciones y dolores.
De esta suerte recobró Urdemalas el afecto del Rey, y abandonó muy honrado la corte, aparentando peregrinar a la ciudad eterna, con zurrón y báculo, cuando tenía tanto que hacer allí como un mono en la Meca. Muy de otra manera pensaba a la verdad: había logrado mitigar por completo la ira del Rey, manejándolo a su antojo.
Todos sus acusadores hubieron de obedecer al monarca, y honrarlo y acompañarlo según se les mandara.
Al despedirse del Rey no pudo, sin embargo, renunciar a su habitual malevolencia.
—Cuidad, oh, amado soberano, le dijo, de que no se os escapen los dos traidores: guardadlos en la cárcel bien sujetos. Si obtienen libertad, ejecutarán sus perversos proyectos. Acordaos, señor, de que amenazan vuestra vida y corona,
Y se alejó entonces con aire contrito, como cumplía a farsante tan consumado.
Después de despedir a Urdemalas, regresó el Rey a su palacio, siguiéndole los cortesanos. Obedientes a sus órdenes, acompañaron algunos al fingido peregrino hasta una gran distancia de la ciudad. El bribón, al separarse de ellos, puso un gesto tan triste y afligido, que movió a compasión a los más sencillos. Rabiblanca, la liebre, se conmovió sobremanera.
—¡Hemos de separarnos, querida Rabiblanca! díjole el zorro, ¡hemos de separarnos! ¿Seríais vos y el carnero Vellino bastante amables para continuar más tiempo en mi compañía? Consolaríame en extremo vuestra conversación. Ambos sois afables y honrados: todos hablan bien de vosotros: frugales sois y de costumbres puras; vivís como Pitágoras y sus discípulos; os contentáis con yerbas, y aliviáis vuestra hambre con hojas y raíces, sin pedir nunca pan, carne, ni otra clase de manjares. En verdad, que cualquiera creerá sincera mi conversión al bien, viéndome caminar a vuestro lado.
Así engañó también a los dos pobretes con sus adulaciones, y le acompañaron hasta su residencia.
Cuando llegaron al castillo de Malparto, dijo Urdemalas al carnero:
—Quedaos fuera, Vellino, y paced a vuestro antojo el césped y la yerba. Plantas hay en esta montaña tan saludables como sabrosas. Yo me llevo a Rabiblanca: ruégole que me ayude a consolar a mi esposa, ya bastante afligida, y que habrá de desesperarse cuando sepa que voy a Roma en peregrinación.
Tan melosas frases pronunciaba el zorro para engañar a sus inocentes camaradas.
Entró, pues, en su castillo con Rabiblanca, y encontraron en el lecho a la triste raposa y a sus hijos, presa de la inquietud más viva que imaginarse pueda.
Ya no esperaba Ermelina que Urdemalas volviera de la corte.
Cuando le vio con zurrón y báculo, se sorprendió no poco, y preguntó:
—Urdemalas, amado mío: ¿qué os ha sucedido? ¿Por qué venís así?
El zorro refirió entonces a su esposa el mal recibimiento que había tenido en la corte, su juicio y su sentencia.
—Ya se me había condenado, añadió, y estaba preso, y en la fatal escalera; pero el Rey fue clemente, y me concedió de nuevo la libertad. Alejóme de allí más que a paso, vestido de peregrino, dejando en la cárcel a Melfagor y a Tragabombas. El Rey me entregó luego a Rabiblanca para que expiase su delito, e hiciese de ella lo que quisiera. S. M., bien enterado del asunto, díjome al despedirse: «Rabiblanca es quien te ha vendido». Claro es, por tanto, que merece ser castigada, y que habrá ahora mismo de pagarme sus deudas.
La víctima oyó sobrecogida tan amenazadoras palabras: quedó confusa, y quiso salvarse huyendo; pero Urdemalas la cerró con presteza la salida, y se abalanzó al cuello de la mísera liebre, obligándola a gritar con voz horrible de angustia y desesperación:
—¡Socorredme, compañero! ¡Soy perdida! ¡Que me mata el peregrino!
Empero no gritó mucho, porque el aleve la ahogó pronto con sus dientes.
Así acogió el pérfido zorro a su confiado huésped.
—Venid ahora, dijo a su mujer, y devoradla en breve, porque pesa como un cabrito, y tiene un sabor delicioso. ¡Vamos! al fin sirve de algo la pobre necia: tiempo ha que se la había jurado. ¡Ea, esto ya pasó! ¡Que me acuse la traidora en lo sucesivo!
Acercóse entonces a su presa Urdemalas, seguido de su esposa e hijos, desolláronla en un instante, y la devoraron llenos de gozo. La zorra, que la encontró exquisita, exclamó relamiéndose:
—¡Gracias sean dadas al Rey y a la Reina! A su bondad debemos tan soberbio banquete. ¡Oh! ¡cuán inagotable es su munificencia!
—Comed, decía Urdemalas, que basta y sobra para todos: hoy nos hartaremos, y tampoco nos faltarán víveres más adelante, porque tarde o temprano pagarán su escote cuantos intenten ofenderme.
—Quisiera preguntaros, observó Ermelina, ¿cómo habéis conseguido veros sano y salvo?
—Necesitaría emplear muchas horas, repuso el zorro, para contaros con cuánta sutileza hice variar de opinión al Rey, engañándole juntamente con su esposa. Sí, no lo niego; nuestra reconciliación es sólo pasajera, y no durará mucho tiempo. Cuando sepa la verdad, será horrible su desengaño. Si caigo de nuevo en su poder, no habrá en el mundo oro ni plata suficiente para rescatarme. No bien llegue a saber la mala pasada que hemos jugado a su favorita la liebre, intentará aprisionarme. Yo no puedo esperar gracia, demasiado lo sé: no descansará hasta ahorcarme, y así nuestro deber es salvarnos al punto. Huyamos, pues, hacia Suavia: allí nadie nos conoce, y viviremos con arreglo a las costumbres del país. El cielo nos ayudará. Sabrosos manjares nos aguardan, y abundancia de todo lo bueno: gallinas, gansos, liebres, conejos, uvas, melones, pasas, aves de toda especie y tamaño, y pan amasado con leche y huevos. Pura y clara es el agua, sereno y grato el aire. Hay pescados infinitos: salmones, sollos, anguilas, barbos, truchas y camarones: ¿quién podrá enumerarlos? ¡Oh! ¡cómo hemos de regalarnos! No tendré necesidad para pescar de sumergirme en lo más profundo del agua: llamaré a los peces desde la superficie, y vendrán a ponerse al alcance de mi garra. Sí, Ermelina mía, sí; allí disfrutaremos de tranquilidad. Vámonos allá todos. ¡Comprended bien lo que digo! Por esta vez me dejó escapar el Rey, en consideración a mi extraña mentira. Prometí entregarle el inmenso tesoro del gran Eimery. Se lo describí, afirmándole que estaba en Husterlo. Si llegan a ir allá para buscarlo, no encontrarán nada por mucho que ahonden la tierra; y si el Rey se ve chasqueado de esta suerte, se encolerizará terriblemente. Ya podéis adivinar cuán grandes serían mis enredos antes de conseguir que revocase mi sentencia. El asunto no era para menos, porque me veía muy cerca de la horca. ¡Nunca ha sido mayor mi apuro, ni más horrible mi angustia! ¡No: que jamás me amenace tal peligro! En una palabra: sucédame lo que quiera, nadie me convencerá de que vuelva a la corte, y me ponga de nuevo a la merced del Rey: necesitaría usar de más que milagrosa diligencia para sacar de sus reales fauces mi dedo pulgar, si lo metiera en ellas.
Afligida Ermelina, repuso:
—¿Qué será de nosotros? Pobres y extranjeros seremos siempre en otro país, mientras que en éste, al contrario, de nada carecemos. ¿No tenéis numerosos colonos y vasallos? ¿Por qué exponeros a nuevos riesgos? No es prudente ni loable dejar lo cierto por lo dudoso. ¿No vivimos aquí seguros? ¿No es el castillo inexpugnable? Aunque el Rey viniese con su ejército, y guardase con él las salidas, disponemos siempre de tantas puertas excusadas, de tantos portillos secretos,4 que podremos escapar cuando nos diere gana. ¿Comprendéis bien lo que quiero decir? Mucho tendría que hacer para cautivarnos a la fuerza. No siento ninguna inquietud por esto; pero me desespera que hayáis jurado peregrinar a Roma. Apenas puedo contener mis lágrimas. ¿Qué será de nuestros inocentes hijos durante vuestra ausencia?
—No os apuréis, querida esposa, replicó Urdemalas: escuchadme atenta: como me dijo un sabio cierto día, vale más jurar que perecer. Nada significa un juramento hecho a la fuerza. No me importa un bledo: ¿me entendéis? Se hará lo que habéis dicho. Me quedo, pues, en mi castillo. No tengo interés alguno en ir a Roma, y aunque hubiese pronunciado, no uno, sino diez juramentos, no veré jamás la tumba de San Pedro. Está dicho: no me separo de vosotros: sin duda es lo más cómodo. No hay para mí tierra mejor que ésta. Si el Rey se dispone a castigarme, le esperaré animoso. Demasiado fuerte y poderoso es para mí, lo conozco: sin embargo, acaso lo engañe de nuevo, y tal vez me dé traza de adornar su cabeza con el sombrerillo de varios colores y de sonoras campanillas que usan los locos y los bufones. Si vivo lo bastante, podrá venir por lana y salir trasquilado. ¡A fe mía os lo juro!
Entretenidos en esta plática, ambos cónyuges habían olvidado a Vellino, que, cansado de aguardar, empezó a llamar a la puerta, gritando al mismo tiempo:
—¿No queréis salir, Rabiblanca? ¡Venid, pues! ¡Vámonos de aquí pronto, que se acerca la noche y no están muy seguros los caminos!
Oyendo Urdemalas estas voces, salió inmediatamente al encuentro del carnero, y le dijo:
—Amigo mío, Rabiblanca os ruega que la dispenséis si no viene enseguida: se está holgando allá dentro con su querida prima, y espera que su conducta merecerá vuestra aprobación. Adelantaos poco a poco hacia la corte, porque Ermelina no consentirá que se aleje ahora de su lado. No seréis tan cruel que interrumpáis su alegría. ¡Hace tanto tiempo que no se han visto!…
Vellino replicó:
—Yo oí a Rabiblanca que gritaba: «¡Socorro, Vellino, socorro!». ¿Le habéis hecho algún mal?
Urdemalas contestó con maligna sonrisa:
—Vuestras palabras me ofenden, y si otro que no fuerais vos se hubiera atrevido a proferirlas, caro habría de pagar el ultraje que acaba de inferirse a mi reconocida probidad. No obstante, concedo que tuvisteis motivo para alarmaros, y con objeto de desvanecer todo género de sospecha que aun pudierais abrigar, voy a deciros la verdad del caso. Escuchadme atento: hablaba yo del voto de mi peregrinación: mi esposa se desesperaba, y su aflicción fue tan grande, que cayó desmayada. Rabiblanca, que estaba presente, se asustó, y sin saber lo que hacía, exclamó: «¡Socorredme, Vellino, socorredme! ¡No os detengáis, que de cierto no volverá mi prima de su desmayo!».
—Lo que yo sé muy bien, observó Vellino, es que su acento me heló de espanto el corazón.
—Os juro que no se le ha tocado a un pelo de la cabeza, insistió el asesino: de mejor grado sufriría yo cualquiera desdicha que causarla a Rabiblanca. Escuchad, añadió: el Rey me rogó ayer, que, cuando llegase a mi castillo, le expusiese en algunas cartas mi opinión sobre ciertos asuntos importantes, que no acierta a resolver su consejo de Estado. Llevad estas cartas, querido sobrino: ya están terminadas. Buenas cosas digo en ellas, y doy a su majestad utilísimos consejos. Conque, tranquilizaos: Rabiblanca estaba loca de gozo, y yo sonreía contento oyéndola referir a su prima antiguas historias. ¡Cuánto charlaban ambas! No se cansaban nunca. Comían y bebían, y se divertían sobremanera, mientras redactaba yo las citadas epístolas.
No quedándole ya al cándido Vellino ningún recelo acerca de la suerte de Rabiblanca, repuso:
—Es necesario, querido Urdemalas, que cerréis perfectamente esos pliegos: hace falta una cartera para guardarlos. Si yo rompiese los sellos por casualidad, me atraería la indignación del Rey.
—Lo conozco, y haré lo que deseáis, replicó el zorro: por de pronto, servirá de cartera el zurrón que me hicieron de la piel de Melfagor: es fuerte y espeso, y en él irán las cartas con seguridad. El Rey os recompensará muy particularmente; os recibirá con honor, y os dará tres veces la bienvenida.
Todo lo creyó al pie de la letra el carnero Vellino, y quedó a la puerta del castillo, esperando impaciente el mensaje que le confiaban.
El zorro entró entonces en su casa, y metió en el zurrón la cabeza de la desgraciada Rabiblanca. Enseguida pensó la traza que se daría para impedir que Vellino abriese la cartera.
Cuando volvió a salir, dijo al carnero:
—Colgaos el zurrón del cuello, sobrino mío, y que no os tiente la curiosidad de leer estas misivas: os deshonraríais si tal hicieseis. Las he sellado bien, y debéis dejarlas tales como están. Ni aun el zurrón puede abrirse. El nudo que lo sujeta, obra de ingenio y de arte, es signo de la importancia de los, asuntos cuya resolución me confía S. M., y si el monarca observa que es el convenido, os granjeareis su favor, y hasta, os obsequiará con presentes y honores, merecida recompensa que suele dar a todo fiel mensajero. Por lo demás, si queréis alcanzar la benevolencia de nuestro soberano, indicadle que con vuestra prudente cooperación se han redactado esas cartas. Añadid que me habéis ayudado a escribirlas; esto os traerá honra y provecho.
Vellino se regocijó en extremo al oír estas palabras, y saltó alegre en todas direcciones, exclamando:
—¡Ahora, mi respetable tío y dueño, ahora comprendo que me amáis, y que deseáis favorecerme! Seré alabado ante todos los señores de la corte, por mis bellos pensamientos, y por las palabras tan pulcras como elegantes que empleo para expresarlos; porque es indudable que yo no sé escribir tan bien como vos: sin embargo, creerán que he tomado parte en la redacción de las cartas, y os lo agradezco en el alma. En buen hora os he seguido hasta aquí. Mas decidme: ¿qué otra cosa pensáis? ¿No se vendrá conmigo Rabiblanca?
—Repito que no puede ser, dijo el bribón: id caminando despacio, y ella, que tiene buenas piernas, os alcanzará en breve: cuando haya concluido de charlar con su prima, tengo que confiarle ciertos asuntos de la más alta importancia.
—Si es así, quedad con Dios, concluyó Vellino: marcho sin detenerme a cumplir vuestro encargo.
Y emprendió la marcha a paso rápido, llegando a la corte al medio día.
Cuando el Rey vio llegar a su gran limosnero con el zurrón de Urdemalas pendiente del cuello, preguntó asombrado:
—Oíd, Vellino: ¿de dónde venís? ¿dónde queda Urdemalas? ¿qué significa ese zurrón?
Vellino respondió:
—Encargóme el arrepentido zorro, oh, Rey clementísimo, que entregase a V. M. dos cartas, que redactamos juntos. Veréis con cuánta sutileza se tratan en ellas los asuntos más graves: aquí están en el zurrón, y es de Urdemalas el nudo con que vienen cerradas.
El Rey mandó llamar entonces al Castor, su secretario de Estado. Este personaje apellidábase La-llana, y como era gran poligloto y paleógrafo, leía al Rey las comunicaciones más delicadas y difíciles de entender. También quedó citado Bigotieso, para que asistiese a la lectura.
Cuando La-llana y Bigotieso desataron el nudo que sujetaba el zurrón, sacaron llenos de horror la cabeza de la liebre asesinada, y no pudieron menos de exclamar:
—¿Es ésta la carta? ¡Cosa extraña! ¿Quién la ha escrito? ¿Quién puede descifrarla? ¡He aquí la cabeza de Rabiblanca: nadie la desconocerá!
Un grito de horror se escapó de los labios de cuantos presenciaban esta lúgubre escena.
El Rey y la Reina, que estaba presente, parecían hondamente conmovidos. No obstante, reponiéndose el monarca de su emoción, exclamó con acento desesperado:
—¡Oh, Urdemalas! ¡ay de ti, si caes de nuevo en mis manos! ¡Me has engañado, villano desleal!… ¡Me has engañado! ¡Ojalá que no hubiese creído tus diabólicos enredos!
Y se quedó confuso y cabizbajo, igualmente que todos los magnates que le rodeaban.
Leopardo, el más próximo pariente del Rey, fue el único que tuvo valor para romper tan penoso silencio.
—¡No desesperéis! dijo; no veo razón bastante para que así os contristéis, ni tampoco la Reina mi señora. Desechad tales pensamientos. ¡Cobrad ánimo! Mostraros así en público, no os favorecerá demasiado. ¿No sois dueño de todos nosotros? Preciso es, por tanto, que os obedezcamos.
—Por esa misma razón, replicó el Rey, no debéis sorprenderos de que me confunda y desespere. Me he equivocado lamentablemente: lo confieso. El traidor, con su infernal astucia, me indujo a castigar a mis fieles amigos. Los dos, Melfagor y Tragabombas, han sufrido graves ofensas por mi ligereza. ¿No he de sentirlo y deplorarlo? Poco me honra, en verdad, haber maltratado a los nobles más esclarecidos de mi corte, dando crédito a un infame calumniador. Obré con precipitación siguiendo el parecer de mi esposa. Dejóse engañar la inocente, y alcanzó gracia para el criminal. ¡Pluguiera a Dios que hubiese yo persistido en mi primera intención! Pero ahora es tardío el arrepentimiento, y vano cualquier propósito.
—Acceded a mi súplica, dijo Leopardo, oh, Rey, y no os aflijáis más: el mal que se ha hecho no es irreparable. Entregad a ese vil carnero al oso, al lobo y a la loba, para que expíe entre sus garras su delito; porque Vellino confesó clara y paladinamente que él había aconsejado la muerte de Rabiblanca. Una vez castigado el instigador del crimen, y satisfecha la vindicta pública, marcharemos juntos sobre el castillo de Urdemalas, lo aprisionaremos, si nos es posible, y le ahorcaremos enseguida; porque si llega a hablar, logrará acaso persuadirnos nuevamente de su inocencia, y no sufrirá la pena merecida. Por lo demás, cónstame que Melfagor y Tragabombas, aunque cruelmente ofendidos, olvidarán sus agravios, con tal que les permitan castigar al culpable.
El Rey escuchó con agrado esta proposición, y contestó a Leopardo:
—Acepto agradecido vuestro consejo: apresuraos, pues, a traer a mi presencia a los dos nobles: honrados han de sentarse de nuevo en mi consejo, y cerca de mi persona. Convocad a cuantos animales estuvieron en la corte: ellos sabrán las infames intrigas de que se valió Urdemalas para escapar del suplicio, y después el asesinato de la triste Rabiblanca, que llevó a cabo con ayuda de su cómplice Vellino. De aquí en adelante, todos respetarán al lobo y al oso, a quienes, siguiendo vuestro parecer, oh, amigo Leopardo, entrego en perpetua expiación al malvado Vellino y sus parientes, para que se ceben en ellos y los exterminen sin misericordia.
Puede comprenderse que Leopardo no dio paz a la mano hasta que encontró a los dos presos Melfagor y Tragabombas. Ambos fueron puestos en libertad.
—Aceptad los consuelos que os traigo, díjoles Leopardo: desde hoy habrá paz duradera para vosotros, y cumplida protección de parte del Rey. Oídme atentos, señores: si su majestad os ha ofendido, lo siente en el alma, y desea que lo sepáis, y que os deis ambos por satisfechos. Y para que Vellino expíe su crimen, os concede S. M. derecho de vida y muerte sobre él, sobre su familia y sobre todos los de su raza. Así, no necesitáis pragmáticas ni privilegios para atacarlos en donde quiera que los encontréis, ya sea en el monte, ya en el llano. Nuestro bondadoso monarca os da además licencia para que causéis a Urdemalas, el traidor, toda, clase de males. Podéis perseguir a su esposa e hijos, y a todos sus deudos, en cualquiera parte que los hallareis, sin que nadie sea capaz de estorbarlo. Libres, pues, y con tales adehalas quedáis de orden del Rey. Él, y cuantos le sucedan, obedecerán siempre estas órdenes. Olvidad ahora vuestros agravios, y juradle obediencia y fidelidad, que podéis hacerlo sin deshonraros. Jamás volverá a ofenderos, y yo, por tanto, os aconsejo que aceptéis sus proposiciones.
He aquí el castigo a que fue condenado el infeliz carnero, que perdió desde luego la cabeza. Él y todos los de su linaje serán siempre perseguidos por las poderosas familias de los Melfagor y Tragabombas. Así comenzó el odio eterno, que reina entre estos animales. Los lobos y los osos, sin miedo ni vergüenza, se ensañan desde entonces en corderos y ovejas. Creyendo tener la justicia de su parte, a ninguno perdona su ira, y no les dan cuartel.
Para honrar a Melfagor y a Tragabombas, prorrogó el Rey su corte doce días, queriendo manifestar públicamente la formal resolución que abrigaba de reconciliarse con sus favoritos.