el zorro - canto 05
El zorro revela al Rey una falsa conjuración, en la que compromete a su propio padre, al oso, al lobo, al gato y al tejón, señalándolos como reos de lesa majestad.—Urdemalas alcanza del Rey el perdón de la vida, prometiéndole en cambio un cuantioso tesoro.—Estrechado por la Reina para que descubra el sitio en que están depositadas aquellas riquezas, se excusa de hacerlo, alegando el pretexto de que tiene que emprender un viaje a Roma, a fin de hacer levantar la excomunión que sobre él pesa.
Escuchad ahora la astucia empleada por el zorro para librarse de la pena debida a su delito, y perjudicar a sus enemigos. Con este objeto forjó atroces mentiras; llenó de oprobio a su difunto padre, y calumnió horriblemente al tejón, su amigo más leal y más honrado. Todos los medios eran lícitos para él si lograba hacer creíble su narración y vengarse de sus acusadores.
—Mi señor padre, dijo con voz tranquila y que fue oída por todo el auditorio, había sido bastante afortunado para descubrir por medios ocultos el tesoro del rey Eimery el Poderoso. Este hallazgo, sin embargo, no le fue de grande utilidad: enorgullecióse con su inmensa riqueza; no hizo ya caso de sus iguales, y hasta se olvidó por completo de ellos. Deseando cultivar amistades más elevadas, envió al gato Bigotieso a las agrestes montañas de los Alpes, para buscar a Melfagor el oso, a quien debía jurar fidelidad, e invitarle a venir a Flandes y hacerse proclamar soberano del país.
Cuando Melfagor leyó la carta que le enviara el autor de mis días, se regocijó sobremanera: osado, frívolo y ambicioso, se encaminó apresuradamente hacia las orillas del Rhin. Allí encontró a mi padre, que le saludó con alegría, y convocó a Tragabombas y a Barbafosca el sabio, y los cuatro reunidos con Bigotieso el gato, trataron largamente del asunto. Hay allá un lugarejo llamado Ifte: en este sitio, pues, entre el mar e Ifte, se juntaron los conspiradores. Una noche larga y tenebrosa ocultó el conciliábulo.
No era, en verdad, el espíritu del bien, sino la encarnación diabólica del mal la que se había apoderado de mi padre, deslumbrándole con su execrable tesoro. Acordaron los conspiradores la muerte del Rey, y juraron con las manos tendidas sobre la cabeza de Tragabombas firme y perpetua alianza. Intentaban nada menos que elegir como sucesor en el trono a Melfagor el oso, y asegurarle el imperio, adornando sus sienes con la corona de oro que mi padre poseía. Si contrariaban este odioso proyecto los amigos y parientes del Rey, mi padre se encargaba de convencerlos, de sobornarlos, y aun de desterrarlos si necesario fuese. Yo pude coger los hilos de esta horrible trama, porque Barbafosca bebió cierta mañana más aguardiente del acostumbrado, y habló lo que no debía: el insensato descubrió a su esposa el secreto, encargándola el mayor silencio; pero a mi juicio bastaba esto para que lo revelara todo. La mujer del tejón encontró un día a mi amada Ermelina, quien después de jurar solemnemente por los tres reyes magos, y bajo su palabra de honor, que no descubriría aquel arcano, llegó a saber el plan de los conjurados. Como es de presumir, tampoco mi esposa supo guardar el secreto, porque enseguida le faltó tiempo para participarme cuanto sabía, y me facilitó los medios de averiguar la verdad, del caso. Sin embargo, si he de hablar con franqueza, hallóme entonces en gran incertidumbre y confusión. Recordaba a las ranas, cuyos clamores llegaron hasta los oídos de Júpiter. Pedían un rey y vivir en libertad, cuando hasta entonces habían gozado de ella. Júpiter las oyó, y les envió la cigüeña, que las persigue sin descanso, y las aborrece, y no las deja en paz ni sosiego; trátalas sin compasión, y las insensatas se lamentan, pero tarde, por su desgracia, porque el mal no tiene remedio.
Urdemalas hablaba en voz alta a todo el concurso, que le escuchaba atento.
Después de un instante de silencio, qué empleara el orador en tomar aliento, prosiguió su discurso en estos términos:
—¡Considerad ahora cuáles serían mi angustia y sobresalto, caso de verificarse el infausto suceso que temía! Velaba día y noche por V. M., oh, mi Rey y señor, y por cierto esperaba mejor pago que el que se ha dado a mis grandes servicios.
Empero, dejando esto a un lado, digo, que aun cuando conocía perfectamente los manejos de Melfagor, su índole perversa y sus delitos, tenía otras razones todavía más poderosas para oponerme a sus designios. «Si él llegara a ser Rey, decía entre mí, todos estamos perdidos. Nuestro soberano es noble por su nacimiento, poderoso y clemente: sería una cosa deplorable colocar en su puesto a un oso tan sandio como necio». Pensé bien esto durante algunas semanas, y resolví desbaratar el plan de los traidores Comprendí ante todo que, si mi padre conservaba sus enormes riquezas, atraería a muchos, ganaría con seguridad la partida, y perderíamos nuestro Rey. Todo mi afán se concentró, por tanto, en descubrir el paraje en donde se encontraba el tesoro, y en robarlo secretamente. Si mi viejo y astuto padre corría los campos, ya fuese de día, ya de noche, con calor o con frío, con tiempo seco o lluvioso, seguíale sin descanso, y espiaba cautelosamente sus pasos.
Al fin, oculto en cierto paraje, descubrí el tesoro que tanto me preocupaba. Una mañana vi al autor de mis días deslizarse sigilosamente por la hendedura de una peña. Permanecí escondido sin respirar siquiera, y de allí a poco rato observé cómo el viejo zorro salía de nuevo al campo; miraba a todos lados con aire receloso, y creyendo estar solo, llenaba con arena la hendedura, dándose prisa a igualarla con lo restante del terreno. Imposible sería que ninguno, a no haberlo visto, pudiera notar el agujero. Después de terminada esta maniobra, y antes de alejarse de allí, borró perfectamente con su cola las huellas de sus pies, removiendo la tierra con su hocico. Aquel día conocí por vez primera hasta dónde llegaba la sagacidad de mi padre, maestro en intrigas, invenciones sutiles y todo linaje de ardides. Por las exquisitas precauciones que tomara el astuto personaje, comprendí que el precioso tesoro debía hallarse cerca. Me aproximé, pues, a aquel paraje, y escarbé con todas mis fuerzas. Pronto descubrí la hendedura con mis garras, y me deslicé dentro. Allí encontré objetos preciosos, plata fina y oro en abundancia. Seguro estoy de que el más anciano de cuantos me escuchan no habrá visto nunca nada semejante. Aquella misma tarde volví allá acompañado de mi esposa, y nos llevamos cuanto pudimos, sin descansar de día ni de noche. Faltábannos carretones y carros, y nos costó mucho trabajo y fatigas sin cuento desocupar la cueva. Mi Ermelina cumplió como buena, y de esta suerte sacamos de allí al cabo las alhajas, depositándolas en lugar seguro. Mi padre, mientras tanto, se reunía diariamente con todos los traidores a su Rey. Veréis lo que acordaron; lo veréis, señores, y no podréis dejar de estremeceros, como yo me estremezco al evocar tales recuerdos.
Melfagor y Tragabombas enviaron enseguida a diversas provincias letras abiertas para alistar mercenarios: estas tropas debían venir cuanto antes, tomándolas el oso a su servicio, y pagándolas por adelantado. Mi padre, que creía tener seguro su tesoro, recorrió el país, y enseñó las cartas. Empero, eran vanas estas ilusiones, puesto que ni él, ni ninguno de sus compañeros, podían ya disponer de un solo céntimo.
El anciano zorro no perdonó gasto ni diligencia para lograr su propósito; visitó sin descanso toda la comarca comprendida entre el Elba y el Rhin, alistando soldados, y ganando partidarios. Como creía disponer de tantas riquezas, bien podía prodigar esperanzas.
Por fin llegó el verano, y mi señor padre regresó a unirse con sus compañeros. Mucho tenía que contarles, porque había sufrido terribles angustias, necesidades y sustos, sobre todo en las altas cumbres de los Alpes, donde estuvo a punto de perecer cien veces, perseguido diariamente por perros y cazadores a caballo. Sin embargo, salió ileso de tantos aprietos y peligros.
Congregados sus cómplices, mostróles la lista de los individuos ganados con su oro y sus promesas. Tan lisonjeras noticias agradaron extraordinariamente a Melfagor. Por de pronto, quedó resuelto que acudiesen al primer llamamiento mil doscientos parientes de Tragabombas, con sus fauces abiertas y sus agudos colmillos, sin contar los gatos y los osos, secuaces de Melfagor, y todos los tejones de la Sajonia y de la Turingia. También se decidió en aquella junta, que para comprometer más a los partidarios, se les pagase un mes de sueldo adelantado, obligándose en cambio a presentarse en tropas, luego que recibiesen la orden. ¡Gracias sean dadas a Dios de haberme elegido para frustrar tan inicuos planes!
Arreglado ya lo más esencial, mi padre corrió al campo a visitar de nuevo su tesoro. Entonces sufrió el primer quebranto: escarbó, revolvió y buscó; pero cuanto más ahondaba menos encontraba sus riquezas. ¡Vano fue su trabajo; horrible su desesperación! El tesoro no estaba allí, y no podía descubrirlo en parte alguna. Luego, lleno de dolor y de vergüenza… ¡oh, cuánto me aflige este recuerdo noche y día!… se ahorcó mi pobre padre.
He aquí lo que hice para desbaratar proyecto tan traidor. Por triste que sea mi situación, no debo, sin embargo, arrepentirme de ello. No obstante, los traidores Melfagor y Tragabombas se sientan en el consejo junto al Rey. En cambio, ¿cómo se recompensa a Urdemalas, pobre zorro, que perdiera a su querido padre, por salvar a su soberano? Con semejante ejemplo, ¿quiénes serán los que se expongan a imitarle, cuando se ofrece como único premio de su heroica fidelidad la deshonra y la muerte?
Aquí acabó Urdemalas su narración, dejando profundamente afectados a cuantos le escucharan.
El Rey y la Reina, codiciosos de poseer tantas riquezas, hicieron que se acercase el zorro para hablarle a solas, y le preguntaron inquietos:
—Decidnos, ¿dónde está escondido ese tesoro? Quisiéramos saberlo.
EL astuto Urdemalas contestó al punto con fingida amargura:
—¿De qué podría servirme legar tan preciosos bienes al Rey que me condena, y da crédito a mis enemigos, a los ladrones y asesinos que me calumnian en su presencia para arrancarme la vida?
—¡No, replicó la Reina, no! ¡Eso no sucederá! Mi esposo y señor os perdona, y olvida lo pasado; sabe dominar su cólera, y no se irritará más. Haced, sin embargo, 16 posible por ser en lo sucesivo más prudente, mostrándoos fiel a vuestro soberano y dócil a sus mandatos.
—Si el Rey, oh, bondadosa señora, respondió Urdemalas, me promete ante V. M. que me devolverá su gracia; si me asegura que no se acordará de todos los crímenes y faltas que he cometido y de los innumerables disgustos que le he causado, ningún otro monarca en nuestro tiempo poseerá tan grandes riquezas como las que él ha de deber a mi lealtad. Inmenso es por cierto el tesoro, y os asombrareis cuando os lo presente.
—¡No creáis a ese bribón! replicó el Rey; jamás ha existido mayor farsante que él sobre la superficie de la tierra.
—Verdad es, insistió la Reina, que su vida anterior no le favorece en demasía; pero reflexionad, señor, que ahora ha acusado a su tío el tejón, y hasta a su propio padre, y descubierto los crímenes de ambos. ¿Quién le obligaba a nombrarlos, pudiendo atribuir sus delitos, a otros personajes? ¡No, no es posible que, sin necesidad, hubiera mentido tan loca y neciamente!
—Si pensáis así, concluyó el Rey, y lo juzgáis más acertado para evitar mayores males, seguiré vuestro parecer, y tomaré a cargo de mi conciencia cuanto se dice de él y resulta probado por la justicia. Le devolveré mi confianza; pero por última vez: ¡tenedlo en cuenta! Le juro por mi real corona, que si delinque y miente en lo sucesivo, le pesará mientras viva. Todos sus parientes, aun los del décimo grado, sean quienes hieren, lo pagarán también: ni uno sólo se librará de mi justa ira; sufrirán males sin cuento, y serán deshonrados, y padecerán horribles suplicios.
Cuando observó Urdemalas la facilidad con que el Rey variaba de opinión, cobró ánimo, y dijo:
—¿Tan insensato había yo de ser, oh, Rey clementísimo, que refiriese a V. M. sucesos cuya verdad no pudiera demostrarse en breve?
Había tal acento de sinceridad en estas palabras, que el cándido monarca acabó por dar entero crédito al impostor, y le perdonó todo, primero la traición de su padre, y después sus propios crímenes.
Extraordinaria fue la alegría del pícaro zorro: había sonado la hora venturosa de libertarse del poder de sus enemigos y de salvar su vida.
—Noble Rey, piadoso soberano, comenzó a decir; que Dios dé a V. M. y a su augusta consorte premio proporcionado al bien que me hacen sin merecerlo. Nunca lo olvidaré, y haré patente mi arrepentimiento mostrándome siempre agradecido a tantas bondades. Nadie existe bajo el sol, en todos los imperios y reinos del mundo, a quien yo ceda más gustoso tan rico tesoro, que a VV. RR. MM. ¡Cuán inagotable ha sido vuestra clemencia para conmigo! En cambio, yo entregaré de buen grado el tesoro del grande Eimery, tal como lo poseo actualmente. Ahora, sin faltar a la verdad, diré en dónde se halla oculto. Oídme con atención: al Este de Flandes hay un desierto, y en él un bosque aislado, que se apellida Husterlo. ¡No olvidéis el nombre! Encuéntrase allí una fuente, poco distante del bosque, llamada la fuente de Krekelborn. ¡Mucha atención, señor! Ni hombre ni mujer la visita en todo el año, y sólo lo habitan mochuelos y grandes búhos: allí está enterrado el tesoro. Recordad que ese paraje se denomina Krekelborn, y apuntad las señas que doy. Encaminaos allá con vuestra esposa. No hay que fiarse de nadie para encomendarle este negocio, porque las consecuencias podrían ser funestas. Yo no me atrevo a aconsejarlo. VV. MM. han de ir en persona. Cerca de la fuente se ven dos grandes olmos, como a unos doscientos pasos al Levante: os dirigiréis, pues, oh, bondadoso soberano, en línea recta hacia ellos, porque allí está oculto el tesoro. Escarbad y rebuscad enseguida: primero encontrareis raíces y musgo, y después las más ricas alhajas, y oro en abundancia, bella y artísticamente cincelado. También veréis allí la corona de Eimery, la que se había de ceñir el oso, si hubiera realizado sus deseos. Veréis también joyas, y piedras preciosas, y riquísimos trabajos, de orfebrería: Ya no se hacen obras como aquéllas, porque, ¿quién tendría bastante dinero para pagarlas? Examinadlo todo atentamente, oh, generoso soberano, y a buen seguro que os acordareis de mí con gratitud. «¡Urdemalas leal zorro, exclamareis; tú, que has sido bastante avisado para ocultar este tesoro bajo el musgo, que seas siempre feliz, en donde quiera que te encuentres!».
Así dijo el hipócrita, y guardó silencio, esperando el efecto de sus palabras.
—Es menester que nos acompañéis allá, replicó el monarca: ¿cómo he de ir yo sólo sin conocer ese país? He oído hablar de Aix-la-Chapelle, y también de Lubeck, de Colonia, y hasta de Londres y París; pero nunca de Husterlo, ni tampoco de la fuente de Krekelborn: ¿no he de recelar con justicia que nos engañes de nuevo, y que hayas inventado tales nombres para alucinarnos con tus deslumbrantes promesas?
No escuchó con gusto Urdemalas la observación del Rey, y para calmar su desconfianza, repuso:
—Seguramente que no cito un lugar lejano, ni habrá de ir a buscarlo V. M. a orillas del Jordán. ¿Qué motivo hay, por tanto, para dudar de mis palabras? Mi opinión siempre es la misma: el tesoro está dentro de los confines de vuestro imperio. Preguntemos a alguno, que no faltará quien confirmé mis noticias. He dicho Husterlo y Krekelborn, y tales son los verdaderos nombres de los sitios en que está oculto el tesoro.
Hablando así tendió la vista en derredor suyo, y divisando entre el concurso a Rabiblanca la liebre, hízola seña de que se aproximase.
Rabiblanca se acercó temblando.
—¡No tengáis miedo! díjole Urdemalas; el Rey os pregunta, en virtud del juramento y de la promesa reciente que le hicisteis de, decir la verdad, si podréis enseñarle, caso de saberlo, dónde están Husterlo y la fuente de Krekelborn.
—Ciertamente que no lo ignoro, contestó la liebre: Husterlo está en el desierto, y la fuente de Krekelborn muy cerca de allí. Las gentes llaman Husterlo a cierto bosque, en donde reside ha largo tiempo Simoncillo el jorobado, fabricando moneda falsa con sus perversos compañeros. Mucha hambre y mucho frío he sufrido en el citado bosque, donde permanecí tres días escondida, a fin de escapar de la persecución del galgo Tafilete.
—Ya podéis volver de nuevo a ocupar vuestro puesto entre los demás, insinuó el zorro: habéis informado al Rey de lo que deseaba saber, y os doy por ello las gracias en su nombre.
Satisfecho el monarca de aquella explicación, dijo afectuosamente a Urdemalas:
—No llevéis a mal que desconfiara de la veracidad de vuestras palabras: anduve algo ligero, lo confieso. Ahora, consagraos principalmente a llevarme a ese lugar.
—¡Cuánta sería mi ventura, replicó el zorro, si pudiese hoy mismo acompañar a V. M. hasta Husterlo!… A pesar de los vivos deseos que tengo de complacer a mi soberano, no debo hacerlo, sin embargo, porque mi conciencia me lo prohíbe. Preciso es hablar ya, por grande que sea mi sonrojo al publicar lo que he callado tanto tiempo. Hace años que Tragabombas se hizo guardián de un convento de frailes franciscanos, no a la verdad por servir a Dios, sino por llenar su estómago siempre desfallecido. Aunque le daban allí una ración suficiente para seis, quejábase de sufrir mucha hambre, y estaba siempre triste. Compadecido de él, viéndole flaco y achacoso, le ayudé a salir del claustro, con fractura de puertas y robo de provisiones. He aquí, señor, porqué incurrí en pecado mortal, y me atraje las iras del Papa, que me castigó entonces con la excomunión, privándome del agua y del fuego. Pues bien: con vuestro conocimiento y aprobación, quisiera no perder tiempo en expiar mi delito, y mañana, a la salida del sol, peregrinar a Roma, para pedir perdón al pontífice y salvar mi alma. Sólo así me veré libre de esa pena, y hasta entonces no regresaré a mi hogar, ni a la corte de V. M. Si accediese hoy a vuestros deseos acompañándoos a Husterlo, podría decir alguno: «¿Cómo consiente el Rey que le siga Urdemalas, condenado por él a muerte hace poco, y habiendo además merecido la excomunión del jefe de la Iglesia?». Ya veis, oh, bondadoso señor, que es menester renunciar por ahora a que os sirva yo de guía en ese viaje.
—Verdad es, replicó el Rey: no era posible adivinarlo. Si es cierto cuanto has dicho, murmurarían de mí con razón. Rabiblanca, o cualquiera otro, puede llevarme a Husterlo. Por lo demás, me parece justo y conveniente que tú, Urdemalas, expíes tu crimen cuanto antes. Dóite licencia con mucho placer para que emprendas mañana temprano tu peregrinación: no quiero oponerme a ella, si ha de contribuir a tu enmienda. ¡Dios bendiga tu propósito, y te permita llevarlo a feliz término!