País Poema - Autores

johann wolfgang von goethe

el zorro - canto 04

Preséntase Urdemalas ante el Rey, quien ordena sea juzgado el zorro sin pérdida de tiempo.—A pesar de sus prodigios de elocuencia, Urdemalas es sentenciado a morir en la horca.—El gato, el oso y el lobo se encargan de ejecutar la sentencia.—Artificio de que se vale el zorro para librarse de la muerte.
Al saberse en la corte que al fin había llegado Urdemalas, todos, nobles y plebeyos, se apresuraron a salirle al encuentro, siendo muy pocos los que estaban dispuestos a prestarle ayuda, y muchos sus enemigos. Urdemalas no dio a aquella curiosidad importancia alguna, o lo aparentó así al menos, atravesando osado y sereno la calle que conducía al palacio real, en compañía del tejón Barbafosca.
Presentóse en público tranquilo y animoso, como si fuese algún príncipe de la sangre, y estuviera inocente de todo crimen.
Compareció, pues, mesurado y digno ante Nobel, el Rey, y ante los grandes que se hallaban reunidos en consejo.
—¡Rey hidalgo y mi gracioso soberano! dijo, inclinándose profundamente: noble sois y grande; el primero en honor y en alteza, y obligado, por tanto, a oírme, como manda la justicia. Me atrevo a sostener que nunca tuvo V. M. servidor más fiel que el calumniado Urdemalas. Muchos hay en la corte, que, sólo por mi lealtad y adhesión a vuestra augusta persona, me persiguen sin tregua ni reposo. Yo perdería de seguro vuestro favor, si fuese posible que dieseis crédito a las invenciones de mis enemigos, como ellos desean; pero afortunadamente, no hará V. M. caso alguno de esos viles detractores hasta oír mi defensa. Por mucho que hayan mentido en mi ausencia, permanezco inalterable y tranquilo, porque mi fidelidad es demasiado notoria para que me suscite ningún daño.
—¡Callad! replicó enojado el Rey: de nada os servirán vuestras lisonjas ni vuestra locuacidad: manifiesto es el delito, y os aguarda el castigo. ¿Habéis observado la paz y concordia que ordené a los animales, y que yo mismo juré guardar el primero? ¡Ahí está el gallo Donaire para negarlo! Uno tras otro, ¡oh, ladrón astuto y execrable! le habéis arrebatado sus hijos. ¿Intentáis probar vuestro amor a mi real persona, despreciando mis mandatos y ofendiendo a mis servidores? El desdichado Bigotieso salió tuerto del lazo que le tendisteis, y perdió su salud para siempre. ¿Cuánto tiempo trascurrirá antes que Melfagor, herido, olvide sus dolores? Pero no quiero molestarme enumerando vuestros espantosos delitos. Aquí hay acusadores a millares, y muchos hechos probados. Difícilmente lograreis escapar del castigo que tenéis merecido.
—¿Y por esas pequeñeces me creen culpable, oh, señor poderoso? exclamó Urdemalas. ¿Por ventura, fui yo causa de que regresara Melfagor con la cabeza rota y molido a palos? Aventuróse temerario a saborear la miel de Rusticon, y si le acometieron los groseros campesinos, y le maltrataron y escarnecieron antes de llegar al río, bastante fuerte y robusto es para vengar su afrenta, como suelen hacerlo los animales valerosos. Si Bigotieso, el gato, a quien recibí como corresponde a su categoría, hospedándole en mi castillo con arreglo a mi fortuna, no supo renunciar a su afición al robo en la casa del cura, y, despreciando mis consejos, se deslizó de noche en ella, y allí sufrió graves ofensas, ¿merezco acaso el castigo de su locura? ¿Redunda esto en daño de vuestra real corona? Sin embargo, podéis hacer de mi lo que os agrade: aunque la cuestión es de suyo clara, ordenad lo que os plazca. Ya me sea adverso o favorable, dispuesto me hallo a obedecer a V., M., ya me condene a ser cocido o asado, a perder los ojos, o a morir en horca o bajo la cuchilla. Todos estamos a merced de vuestra majestad, como corresponde a súbditos humildes y leales. Sois poderoso y fuerte cual ninguno: ¿de qué le serviría a un débil animalejo como yo, pretender oponeros la menor resistencia? Mi muerte, sin embargo, no traerá grandes ventajas al país. Sea cual fuere mi pena, la sufriré resignado.
Al acabar Urdemalas su perorata, levantóse el carnero Vellino, que ejercía las funciones de vicepresidente del tribunal, y dijo:
—Puesto que el reo no añade una palabra más a su defensa, procedamos a oír a los acusadores.
Entonces se presentó Tragabombas en la real audiencia, con todos sus parientes, y Bigotieso el gato, y Melfagor el oso, e innumerables animales. También comparecieron el asno Garañilla, Rabiblanca la liebre, Cobarduelo el perrillo faldero, Rasgón el alano, la cabra Merrimé, Barbanegra el macho cabrío, y la ardilla, la comadreja y el armiño. El buey y el caballo acudieron también, y con ellos algunos habitantes de las selvas, como el ciervo y el corzo, y Architonto el castor, y la marta, el conejo y el jabalí, atropellándose unos a otros. Carratraca la cigüeña, Azabache el grajo y Picuda la grulla, llegaron también volando, anunciando poco después el ujier del tribunal a Ranera el pato, a Patiancho el ganso y a otros muchos acusadores. Donaire, el desdichado gallo Donaire, gritaba con violencia, rodeado de su mermada prole. Asistieron también al juicio infinitas aves y alimañas, que sería imposible enumerar. Todos deseaban el castigo del zorro, y esperaban publicar sus delitos y presenciar su castigo.
En confusa vocería pronunciaba aquella muchedumbre delante del monarca vehementes discursos; acumulaba acusación sobre acusación, y contaba historias viejas y nuevas en las que figuraba como héroe el pícaro raposo. Nunca se habían oído tantas quejas ante el trono del Rey.
Urdemalas, que lo observaba todo, acomodándose con arte a las circunstancias, comenzó a replicar con singular elocuencia, y su oración corrió elegante y fácil entre el auditorio, defendiéndose de cuantas imputaciones le dirigían. Su voz tenía el acento de la verdad: en una palabra, supo desvanecer todos los cargos y vestir sus invenciones con los atavíos de la verosimilitud. Admiraba el oírlo; se le creía inocente, y hasta había muchos que le daban la razón. Pero al cabo se levantaron personajes probos y veraces, que testificaron contra él, y todos sus delitos fueron probados. Entonces sucedió lo que era de temer: decidióse en el consejo del Rey, después de prolongados debates, que el zorro Urdemalas era culpable, condenándosele por tanto a ser preso, encadenado y ahorcado, para que con tan vergonzosa muerte expiase sus execrables crímenes.
Ya Urdemalas dio el pleito por perdido, y por inútiles e ineficaces sus palabras artificiosas.
El Rey, en persona, pronunció la sentencia, e inmediatamente fue arrojado el reo en un oscuro calabozo.
El criminal previó su próximo fin, al verse en la prisión cargado de cadenas.
Cuando, después del juicio, fue preso por los guardias del Rey, moviéronse inquietos sus enemigos, ansiosos de llevarle cuanto antes al cadalso, en tanto que sus amigos parecían aterrados y sobremanera afligidos, especialmente el mono Martin, el tejón Barbafosca y otros parientes suyos.
De mal grado oyeron estos personajes la sentencia: todos se entristecieron más de lo que pudiera pensarse. Urdemalas era noble, de los más calificados, y se le privaba de todos sus honores y dignidades, condenándole por añadidura a muerte ignominiosa. ¡Cuánto no sublevaría a sus deudos presenciar la ejecución! Para evitarse este horrible espectáculo, todos los parientes y bien querientes del reo abandonaron la corte.
A la verdad, no dejó de disgustar al Rey el ver que se ausentaban tantos caballeros. Entonces observó que eran muchos los amigos de Urdemalas que se alejaban descontentos de su muerte.
Afectado el bondadoso soberano por esta defección, dijo a uno de sus gentiles-hombres:
—Sin duda es el zorro un gran culpable; pero no es menos cierto que son muchos sus parientes, y que constituyen el ornato más bello de mi corte.
En tanto Tragabombas, Melfagor y Bigotieso, sin perder de vista al delincuente, deseaban por momentos que se ejecutasen las órdenes del Rey, y recibiese su enemigo castigo deshonroso. Sacáronlo, pues, apresuradamente de la cárcel de corte, y comenzaron a ver la horca en lontananza.
El gato, lleno de ira, dijo a sus camaradas:
—Recordad ahora bien, señor Tragabombas, todo el mal que os hizo en otra ocasión Urdemalas; todo lo que intrigó hasta saciar su odio, y presenciar el suplicio infamante de vuestro hermano. ¡Con cuánta alegría le acompañó en tan duro trance! Ya llegó el momento de pagarle esa deuda. Recordad también, señor Melfagor, que os ofendió traidoramente llevándoos al corral de Rusticon, y entregándoos inerme a una gentecilla colérica y grosera, que os hirió, maltrató y escarneció como todos saben. ¡Atención, pues, y no desmayemos! Si hoy se nos escapa; si su ingenio y sus artificios le libran ahora de la muerte, nunca disfrutaremos el grato placer de la venganza. Aprovechémonos de la ocasión, y que expíe cuanto antes sus delitos.
—¿A qué tanto hablar, amigo mío? contestó Tragabombas: dadme pronto una cuerda, y abreviemos su tormento.
Tales eran las caritativas intenciones que les animaban contra el zorro, mientras le conducían desde la cárcel al lugar del suplicio.
Urdemalas los escuchaba en silencio; pero al fin exclamó:
—Como me aborrecéis tan de corazón, y deseáis vengaros presenciando mi muerte, no sabéis acabar. ¡Pardiez, que no me admira vuestra conducta! Bigotieso es autoridad irrecusable en punto a cuerdas, pues que las ha probado cuando fue a cazar ratones en el granero del cura, y cayó él mismo en la ratonera. Pero tú, Tragabombas, y tú, Melfagor, ¿a qué tanta precipitación en matar a vuestro pariente? ¿Pensáis acaso que me sobreviviréis mucho tiempo?
Mientras tenía lugar el precedente diálogo, el Rey, acompañado de todos los señores de la corte, se dirigió al sitio señalado para la ejecución de la sentencia. Agregóse a la comitiva la Reina, rodeada de sus damas, siguiéndoles confusa muchedumbre de ricos y pobres, deseando todos la muerte de Urdemalas y presenciar su castigo.
Tragabombas hablaba mientras tanto con sus familiares y deudos, exhortándolos a no separarse unos de otros, y a vigilar al zorro. Temía siempre que su astucia le sugiriera el medio de salvarse.
Por eso, llevando aparte a su mujer, díjole el lobo:
—¡Por tu vida, no apartes de mí tus ojos! Ayúdame a guardar al malvado, porque si se escapase, caería sobre nosotros perpetua afrenta.
Y a Melfagor, que estaba junto a él, le increpó de este modo:
—¡Recordad las injurias que os hizo! Ahora podrá pagároslas con centuplicados intereses. Bigotieso trepará a la horca, y sujetará en lo alto la cuerda: vigiladlo y no os separéis de mí, que yo llevaré la escalera. Dentro de pocos minutos expiará sus innumerables crímenes, y nos veremos para siempre libres de sus asechanzas.
Melfagor replicó:
—Encargaos de colocar la escalera, que yo respondo de él con mi cabeza.
—¡Imposible parece, exclamó Urdemalas, que tanto os afanéis por llevar al suplicio a vuestro tío! En vez de esto, debierais protegerle, hallándose en tal aprieto, y compadeceros de su desgracia. De buen grado imploraría la real clemencia; pero ¿de qué podrá servirme? Tragabombas me aborrece en extremo, y hasta ha conseguido persuadir a su esposa que me guarde y me cierre el camino de la huida. ¡Si ella se acordase de lo que me amó en otros tiempos, no me ofendería tan cruelmente! En fin, si he de morir, que se ejecute mi suplicio cuanto antes. En tal apuro se vio también mi padre; pero fue breve su tormento. ¡Oh! ¡sin duda no rodeaban tantos enemigos al mísero sentenciado! Pero vosotros, que deseáis prolongar mi agonía, ¿no veis que redundará en vuestro descrédito?
—¿Oís, dijo el oso, las insultantes palabras del obstinado criminal? ¡Ya llegó su hora!
Urdemalas, lleno de angustia, se decía a sí mismo:
—¡Ay! ¡si yo pudiera inventar pronto algún ardid en tan grave apuro, el Rey me haría gracia de la vida, y estos tres encarnizados enemigos recibirían a su vez afrenta y daño! ¡Meditemos, pues, e imaginemos algún medio de salvarnos! Trátase de vivir o de morir, y se acerca el terrible trance: la necesidad es perentoria: ¿cómo evitarla? Todas las desgracias se acumulan sobre mi cabeza. El Rey está irritado, ausentes mis amigos y presentes mis poderosos adversarios. Pocas veces he sido zorro de bien, lo conozco: jamás me cuidé en lo más mínimo, ni del poder del Rey, ni de las resoluciones de su consejo. Mucho debo, y sin embargo, esperaba escapar también de esta desdicha. Si logro que me atiendan, es positivo que no me ahorcan: no renunciemos a toda esperanza.
Y volviéndose hacia el pueblo, desde la fatal escalera a que le habían subido, dijo con dolorido acento:
—¡Veo la muerte ante mis ojos, y no podré esquivarla! ¡Ruego tan sólo a cuantos me escuchan, que se me conceda un corto plazo antes de abandonar el mundo de los vivos! Quisiera confesar en público mis faltas, y revelar verdadera y lealmente todo el mal que he causado, no sea que, ocultándolo, se impute quizás un día al inocente. Haciendo esto, evitaré acaso alguna desdicha, y podré esperar que mis hijos no maldigan mi memoria.
Condoliéronse muchos al oírle, y se dijeron:
—Insignificante es la súplica, del reo, y breve el plazo que pide.
Y rogaron al Rey que suspendiese por algunos minutos la ejecución de la sentencia.
El monarca accedió desde luego a esta demanda.
Alivióse de nuevo el corazón de Urdemalas, y auguró favorablemente de este socorro inesperado.
Aprovechando, pues, los instantes que le quedaban de vida, se expresó el zorro de esta manera:
—¡Spiritus Domini, ayúdame en tan desesperado trance! Entre todos los que me rodean, no veo uno sólo a quien no haya ofendido. Diré, en primer lugar, que cuando era todavía pequeñuelo, y apenas había olvidado el sabor de la leche materna, me dejaba arrastrar por mis pasiones entre los corderos y cabritos que vagaban jugando junto al rebaño: escuchaba estático sus balidos; acariciaba el pensamiento de paladear carne tan sabrosa, y en efecto, pronto tuve el placer de devorarla. Mordí un cordero hasta matarlo; gusté su sangre, que me agradó sobremanera; maté después cuatro cabritillos de los más tiernos, y proseguí mi carrera, no perdonando aves silvestres, ni pollos, patos ni gansos, si los encontraba; y aun si me veía harto, ocultaba a veces entre la arena el fruto de mis rapiñas. Después conocí a Tragabombas en las orillas del Rhin, estando de acecho entre sus matorrales. Aseguróme el pérfido enseguida que yo era de su linaje, y hasta me contó con los dedos nuestros grados de parentesco. No lo llevé por cierto a mal, porque formamos alianza, prometiéndonos mutuamente ser fieles y leales. Por desgracia, sólo miserias y trabajos vino a proporcionarme aquel contrato. Recorríamos juntos el país, él robando en grande y yo en pequeño. Debía de ser común cuanto ganáramos; pero en este punto no se observaba lo pactado, porque él hacía las particiones a su antojo y jamás recibí la mitad que me correspondía, sino el pago más infame. Si atrapaba una ternera; si robaba un carnero; si le veía rodeado de abundantes despojos; si devoraba una cabra, muerta recientemente; si yacía entre sus garras un macho cabrío forcejeando por desasirse de ellas, me enseñaba los dientes, y me amenazaba de un modo horrible, ahuyentándome gruñendo: de esta suerte se quedaba siempre con mi parte. Lo mismo sucedía aunque bastara la presa para saciar su gula. Cuando cazábamos juntos algún buey o alguna vaca, se presentaban su esposa y sus siete hijos, y se abalanzaban al botín, obligándome a mirar el banquete desde lejos. Ni una costilleja me dejaban, y si lo hacían, era sólo las limpias y roídas. Tal fue la recompensa que Tragabombas y los suyos dieron a mi fidelidad; pero, a Dios gracias, no sufría los tormentos del hambre: alimentábame en secreto de mi inagotable tesoro de oro y plata, que guardaba escondido en paraje seguro. Si viviera cien años no podría consumir la cuarta parte de aquellas riquezas: no uno, sino ni aun siete carros bastarían para acarrearlas.
Cuando oyó el Rey que hablaba de tesoros, abrió desmesuradamente los ojos, se inclinó hacia adelante, y preguntó, suavizando cuanto le fue posible el timbre de su pavorosa voz:
—¿Cómo llegasteis a poseerlo? Decidme: ¿cómo adquiristeis ese tesoro?
Urdemalas contestó:
—No ocultaré nada; porque, ¿de qué me serviría hacerlo? Objetos tan preciosos, ¿me librarán ahora de esta ignominia? Obedeceré, pues, contándolo todo a V. M. Menester es que se publique, puesto que, por cuanto hay en el mundo, no guardaré más tiempo tan importante secreto. Ese tesoro, robado por un vasallo desleal, era la esperanza de muchos traidores, oh, gran Rey, que se habían conjurado para asesinaros, y que quizás hubieran llevado a cabo sus horribles proyectos si en el momento crítico no hubiese desaparecido del lugar en que lo tenían depositado. ¡Dios sabe los trastornos que se habrían seguido si los conspiradores tuvieran a su disposición tan inmensas riquezas! Escuchad bien lo que digo, poderoso soberano, porque vuestra vida y bienestar dependen de la existencia del tesoro. Cuando lo robaron, y sólo por esta causa, sufrió mi propio padre graves males, una muerte prematura, y acaso la condenación eterna; pero al fin, oh, señor clementísimo, redundó todo ello en beneficio y honra de V. M.
La Reina oía consternada y estremeciéndose a cada palabra estas revelaciones tremebundas; el aborto de aquella conjuración fraguada para matar a su esposo; aquellas abominables intrigas; la noticia de la existencia del tesoro, y cuanto habló el redomado zorro.
—¡Pensad, bien lo que decís, oh, Urdemalas! exclamó: tened presente que os aguarda la mansión misteriosa de la muerte, y que si queréis salvaros de las penas eternas, debéis aliviar vuestra alma por medio de un sincero arrepentimiento. Así, pues, referid la verdad, y declarad sin ambajes cuanto sepáis sobre ese criminal proyecto.
El Rey alzó la mano, reclamando por este medio la atención del auditorio.
—¡Guarden todos silencio! dijo: que Urdemalas descienda de la escalera; que se le desate, y se acerque a mí, puesto que el asunto me interesa demasiado para dejarla pasar desapercibido.
Apenas oyó el zorro estas palabras, respiró libremente, como si le quitaran del corazón un enorme peso: bajó enseguida de la escalera, con gran sentimiento de sus enemigos, y se aproximó sin detenerse al Rey y a su esposa, que le preguntaron impacientes sobre los detalles de aquella historia.
Preparóse entonces Urdemalas a forjar nuevas y más tremendas mentiras.
—Si recobro la gracia del Rey, pensó, y consigo al mismo tiempo realizar mis bien intencionados deseos, pierdo también a mis enemigos, que me llevan a la muerte, y me libro de todas las calamidades que me asedian. Seguramente esto sería para mí una dicha inesperada; pero no me resta otro recurso que apelar a mi fecunda imaginación, y ponerla en tortura.
La Reina, estimulada por su curiosidad, dijo afablemente a Urdemalas:
—Oigamos ahora esa historia con todos sus pormenores. Decidnos la verdad; pensad en vuestra fama póstuma, y salvad vuestra alma.
—Lo referiré todo según como pasó, contestó el zorro: no tengo más remedio que morir, puesto que después de la horrible sentencia que se ha fulminado contra mí, no abrigo la más remota esperanza de salvarme. Sería el colmo de la demencia cometer nuevas faltas al fin de mi vida, y legar a mis hijos el oprobio y la deshonra. Mejor es que lo confiese todo, aunque tenga que acusar a amigos y parientes queridos. ¡Ay de mí! ¿Qué he de hacer, amenazándome la muerte?
El Rey tenía excelente corazón, y no pudo dejar de compadecerse al escuchar tales palabras.
—¿No mientes ahora, Urdemalas? preguntó el bondadoso soberano.
El zorro replicó con rostro hipócrita:
—Indudablemente soy un gran pecador: sin embargo, digo la verdad. ¿A qué mentir, señor, si después de muerto había de descubrirse mi artificio? V. M. sabe muy bien que he sido condenado al más grave, al último de los suplicios, y como me consta su certeza, no sería prudente forjar nuevas patrañas, para que mis hijos y descendientes sufriesen más tarde la justa pena debida a mis probadas mentiras.
Y pronunció temblando estas palabras, aparentando indecible abatimiento.
Enjugóse la Reina algunas lágrimas que asomaban a sus ojos, e inclinándose hasta poner su boca junto al oído de su augusto esposo, díjole con conmovido acento:
—¡Sus tormentos me afligen! ¡Sed clemente, señor, yo os lo ruego! ¡Tened en cuenta que acaso su confesión nos libre de graves males! Oigamos cuanto antes los pormenores de esa conjuración. Imponed silencio al auditorio, y que publique el reo cuanto sabe.
El Rey mandó de nuevo callar a todos, y fue al punto obedecido.
Urdemalas volvió a tomar la palabra.
—¡Ya que tal es vuestro deseo, oh, monarcas clementes y justicieros, exclamó, escuchad mi relato! Aunque no pruebe mis acusaciones con documentos públicos ni privados, cuanto diga será la verdad pura y neta. Delataré a los conjurados, y caiga la cuchilla de la ley sobre las cabezas de los verdaderos culpables.