el zorro - canto 03
Urdemalas acoge a Bigotieso con grandes demostraciones de amistad, y le ofrece una abundante cena de ratones.—Acepta el gato la invitación: sigue a su huésped hasta el granero del cura, y cae en un peligroso lazo, del que no escapa sino dejando un ojo y las orejas.—Preséntase al Rey para darle cuenta del resultado de su embajada.—El tejón Barbafosca se brinda a ser portador de una nueva orden de emplazamiento.—Admitida la oferta, llega el mensajero a la morada del zorro, a quien decide al fin a ponerse en camino hacia la corte.—Durante el viaje afecta Urdemalas un gran terror, y como si se preparase a morir, hace su confesión general.—Barbafosca impone una penitencia al arrepentido zorro, y le da la absolución; pero al pasar cerca de un gallinero, siente Urdemalas disiparse completamente sus escrúpulos de conciencia.
Apenas había dado Bigotieso algunos pasos en el camino que conducía a la morada del zorro, cuando al ver desde lejos un mirlo, exclamó:
—¡Noble pájaro, yo te deseo todo género de felicidades! ¡Oh, cambia de dirección, y vuela hacia mi derecha!
El pájaro voló en efecto; pero fue a posarse sobre la copa de un árbol, a la izquierda del gato, y principió a cantar alegremente.
Bigotieso se afligió en extremó de aquello que tomaba por un funesto augurio, creyendo oír en el canto del ave la relación de sus futuras desdichas. A pesar de todo, reanimóse en breve, continuando su viaje hacia Malparto, donde encontró a Urdemalas sentado a la puerta del castillo. Después de saludar humildemente al zorro, dijo así el mensajero:
—¡Que Dios, el Todopoderoso y el Perfectísimo, os dé felices tardes! El Rey os amenaza con la muerte, si rehusáis acompañarme a la corte. Ordéname además deciros, que comparezcáis a defenderos de las acusaciones de que sois objeto; porque de otra suerte, lo pagarán con la vida todos los de vuestro linaje.
Escuchó Urdemalas sin inmutarse tan enérgica perorata, contentándose con responder, mientras se dibujaba en sus labios una maligna sonrisa:
—¡Bien venido seáis, carísimo sobrino! ¡La bendición del cielo caiga sobre vuestra cabeza, a medida de mi deseo!
Empero, no hablaba sinceramente el traidor, que maquinaba nuevas asechanzas, y se proponía despachar a la corte al mensajero tan maltratado como enviara al pobre Melfagor.
Tenía el zorro la costumbre de dar a Bigotieso el cariñoso nombre de sobrino, y así le preguntó, dando a su voz el tono más halagüeño que pudo encontrar:
—¿Queréis decirme, señor sobrino, cuáles son vuestros platos favoritos? Se duerme mejor cuando no se hace sentir el hambre. Hoy sois mi convidado. Mañana, al apuntar el día, nos encaminaremos juntos a la corte: tal es mi decisión. No conozco ningún otro pariente a quien ame más que a vos. El oso, tan glotón como estúpido, se acercó a mi lleno de insolencia: es feroz y fuerte, y por todo el oro del mundo no me habría aventurado a salir de mi casa en su compañía. Fácil es de comprender ahora con cuánto gusto viajaré a vuestro lado. Mañana temprano emprenderemos, pues, nuestra peregrinación: paréceme lo más conveniente.
No agradándole mucho a Bigotieso semejante propuesta, repuso:
—Mejor sería que en vez de estar aquí de pie sin hacer nada, nos pusiésemos en marcha. La luna brilla en el firmamento, y los caminos están secos.
—A estas horas, objetó Urdemalas, es peligroso viajar. Alguno que os saludaría amigablemente al encontraros de día, os pondría en un aprieto si tropezase con vos en medio de la noche.
No creyó prudente Bigotieso insistir más sobre este asunto.
—Sea como deseáis, concluyó; pero, decidme, amado tío: si me quedo aquí, ¿qué me daréis de comer?
Urdemalas contestó:
—Aunque vivimos con gran economía, si permanecéis con nosotros, os serviré panales de fresca miel, eligiendo los más dulces y trasparentes que hallarse puedan en toda esta comarca.
—Jamás pruebo esas cosas, replicó el gato de mal talante. Ya que vuestra casa está tan desprovista de todo, dadme a lo menos ratones. Bástame con ellos, que me agradan sobrado, y guardad la miel para otros.
—¿Habíais formalmente? preguntó Urdemalas; ¿tanto os gustan esos animalejos? Si es así, puedo también servíroslos. El cura, mi vecino, tiene en su casa un granero, en donde abundan tanto los ratones, que no habría carros bastantes para llevarlos. Cien veces he oído quejarse al pobre eclesiástico de que ni de día ni de noche le dejan sosegar.
Sin sospechar el gato las intenciones del pérfido zorro, exclamó alegremente:
—Hacedme el favor de llevarme adonde están los ratones, porque los prefiero a la carne montés, y a cualquier otro manjar, por exquisito que sea.
Urdemalas dijo:
—Ahora veo, que os regalareis en mi casa a cuerpo de rey. Vais a tener una cena espléndida. Puesto que ya sé lo que he de daros, no lo dilatemos un instante.
Y echó a andar delante de Bigotieso, quien le siguió gozoso, llegando en breve al granero del cura, cercado solamente de paredes de tierra.
Urdemalas, con su natural astucia, había visitado el día anterior el granero, y hecho un agujero en la tapia, por el cual se deslizó, atrapando el mejor gallo del corral.
Martinillo, el sobrino mimado del buen párroco, ansioso de venganza, preparó en el agujero una cuerda, con su correspondiente lazo escurridizo, esperando que si el ladrón tornaba a las andadas, expiaría el robo del gallo.
Urdemalas, a quien constaba todo esto, dijo a su camarada:
—Amado sobrino, escurríos sin vacilar por ese agujero: mientras cazáis allá dentro, yo estaré aquí de centinela. A millares encontrareis las ratas y ratones. ¡A fe mía, que no tendréis otro, trabajo que elegir los más gordos! ¿No escucháis cómo chillan? Volved cuando estéis harto, y me hallaréis en mi puesto. No está bien que nos separemos esta noche, puesto que mañana temprano debemos emprender nuestro viaje, y habremos de acortarlo con alegres coloquios.
—¿Creéis acaso, preguntó el gato, un tanto receloso, que se puede penetrar sin riesgo por aquí? No siempre son caritativos los pensamientos de los curas, por más que lo parezcan.
El socarrón del zorro contestó:
—¿Quién puede saberlo? Si tan cobarde sois, volvámonos a casa sin tardanza. Mi mujercita os recibirá bien; os agasajará, y os preparará sabrosos manjares. No por falta de ratones tendréis que iros sin cenar a la cama.
Avergonzado: Bigotieso al escuchar estas palabras, pronunciadas con sarcástico acento, saltó rápidamente al agujero, y cayó en el lazo.
Así recibió también pérfido hospedaje el segundo embajador enviado a Urdemalas.
Cuando el gato sintió la cuerda en su cuello, tembló como un azogado, y se aturdió en extremo: después brincó con toda su fuerza, apretándose más y más el nudo. Llamó entonces en su auxilio con voz lastimera al infame zorro, que le escuchaba desde afuera, y se regocijaba malignamente, diciéndole por el agujero:
—¿Qué tal, señor Bigotieso, están muy tiernos los ratones? Los encontráis gordos, según creo. Si Martinillo, que es un muchacho muy atento, supiera que devoráis ahora su ganado, había de enviaros un tarro de mostaza, para, sazonar esa carne, que debe pareceros algo desabrida. ¿Se canta así en la corte durante las grandes comidas? No me gusta semejante música. ¡Cuánto daría yo por traer a Tragabombas a ese agujero, para que me pagara sin excusa todo el mal que me ha hecho!
Y sin añadir una sílaba más, alejóse de allí a paso redoblado.
Empero, no se ausentó soló para cometer sus cuotidianos hurtos, asesinatos y traiciones, que eran para él pecados veniales: maquinaba alguna otra cosa. Proponíase visitar a la bella Gilimunda, con el doble fin de saber de su boca los pormenores de la acusación de Tragabombas, e insultarla, y vengarse en ella de su esposo, aprovechándose de la ausencia de éste, a la sazón en la corte. ¿Quién duda que la principal causa que había excitado la cólera de Tragabombas, era la inclinación de la loba hacia el pérfido zorro?
Entró, pues, Urdemalas en la habitación de Gilimunda, y no la encontró en ella.
—¡Dios os bendiga, hijos putativos! dijo a los lobeznos. Proferidas estas palabras, hizo una leve inclinación de cabeza, y se alejó precipitadamente a ocuparse en otra clase de negocios.
Cuando volvió por la mañana la señora Gilimunda, preguntó a sus hijuelos:
—¿Ha venido alguno a visitarme?
—No ha mucho, le contestaron, que se marchó el señor Urdemalas, que deseaba hablaros. A todos cuantos estamos aquí nos ha llamado hijos putativos.
Gilimunda lanzó un aullido de cólera.
—¡Oh, me vengaré de él! exclamó con voz ronca.
Y salió en el instante, dispuesta a castigar tamaña afrenta. La loba sabía perfectamente en dónde podría hallar a Urdemalas. Encontrólo, en efecto, y comenzó la plática gruñendo de este modo:
—¿Qué palabras son ésas? ¿Qué frases insolentes habéis osado pronunciar ante mis hijos, sin calcular las consecuencias que pudieran traeros? Yo os prometo que habréis de arrepentiros de tan villana conducta.
Así habló colérica, y le miró con ojos iracundos; mesóle las barbas, y cuando el pobre zorro sintió las caricias de sus dientes, corrió y quiso esquivarla; pero ella le persiguió obstinadamente.
Había cerca de allí un castillo arruinado, hacia el cual se dirigieron ambos, al parecer con el propósito de penetrar por una grieta del muro más inmediato a la torre. Urdemalas se deslizó por ella, aunque con algún trabajo, por ser estrecha; pero la loba, mayor y más gruesa, sólo pudo introducir la cabeza, al primer ímpetu. En vano se esforzó en pasar todo el cuerpo, y arañó y se movió furiosa, viendo escapar a su enemigo, quedando al fin aprisionada en aquel cepo, sin poder entrar ni salir. Cuando observó Urdemalas la crítica posición de Gilimunda, salió de nuevo al campo por el extremo de un corredor tortuoso; fue a buscar a la loba, y la maltrató sin compasión.
Pero ella no callaba, diciéndole:
—¡Tu conducta es la de un desalmado, la de un traidor, la de un cobarde facineroso!
—¡Silencio, replicó el zorro; que lo que no ha sucedido en cien años, puede suceder en este día!
No es muy honroso, sin duda, ensañarse en la mujer propia; pero es más indigno aún golpear a la ajena, como hizo entonces Urdemalas. Mas todo le era indiferente al empedernido criminal.
Cuando la loba se vio libre del cepo, ya estaba lejos el ofensor, corriendo sus aventuras. Doblado era, por tanto, el dolor de la pobre dama, puesto que no podía defenderse, ni acusarlo, temiendo ser objeto de importunas hablillas.
Dejémosla deplorando su desgracia, y volvamos a nuestro amigo Bigotieso.
Cuando el pobrete se vio cogido en el lazo, comenzó a lamentarse de tal suerte a la gatuna usanza, que sus gemidos llegaron a oídos de Martinillo, haciéndole saltar de la cama.
—¡Gracias a Dios! exclamó alegremente: ¡a buena hora puse la cuerda en el agujero! ¡Cayó al cabo el ladrón! ¡A fe mía, que ha de pagarme con usura el robo del gallo!
Y encendió una luz, porque todos dormían en la casa, despertando de paso a su padre, a su madre y a los criados, mientras vociferaba:
—¡El zorro ha caído en el lazo!… ¡Vamos a darle su merecido!
Todos, pues, acudieron, y hasta el cura abandonó el lecho, abrigándose con una sotana vieja, y empuñando una espada, que en ciertas ocasiones le servía de asador.
Algunos, pasos delante del buen párroco marchaba su cocinera, con una vela en cada mano, cerrando la retaguardia Martinillo, armado de una horquilla.
No bien el mozalbete avistó al triste gato, se abalanzó a él; molióle la cabeza a palos; le sobó bien la piel, y por último, le saltó un ojo y aplastó las orejas. Todos arremetieron al prisionero, descargando sobre su cuerpo una lluvia de golpes.
Creyó morir Bigotieso, y por salvar la vida, hizo un supremo esfuerzo; saltó rabioso entre las piernas del cura, y le mordió y arañó gravemente, dando tremendos maullidos y vengando de este modo la pérdida de su ojo.
El cura cayó al suelo, exhalando horribles alaridos: luego se desmayó como un niño. Su cocinera, sin pensarlo, se desató en maldiciones contra el gato; dijo que el mismo diablo era el autor de aquella farsa, para burlarse de amo y cocinera, y protestó dos y tres veces, que de buen grado daría todos sus ahorrillos por librar a su señor de tamaña desgracia. Hasta juró que, a tener un tesoro, lo entregaría sin arrepentirse de ello mientras viviera, a trueque de no haber presenciado semejante catástrofe.
Así deploraba la buena mujer el daño de su amo, y sus profundos arañazos.
Lleváronse por fin al cura a su lecho, con grandes lamentos de todos los testigos de esta tragicómica escena, dejando a Bigotieso cogido en el lazo y completamente olvidado.
Cuando el gato se vio solo, y en posición tan violenta, mutilado, mal herido y próximo a la muerte, el amor a la vida le obligó a arrojarse sobre la cuerda y empezar a roerla.
—¿Me veré libre al fin de este maldito nudo? se dijo.
¡Oh, cuál fue su alegría cuando consiguió romper el lazo!
No sintiéndole ya en su cuello, huyó a toda prisa de aquel lugar funesto; saltó velozmente por el agujero, y emprendió a paso rápido su regreso a la corte, a donde llegó al otro día por la mañana.
Con harta amargura se reconvino a sí mismo por su excesiva confianza en el zorro.
—¿Es posible, decía, que el demonio, en la persona de Urdemalas, traidor, astuto y desleal, se haya burlado de ti? ¡Y tornas molido a palos, tuerto y lleno de dolores!… ¿No te avergüenzas, Bigotieso, di, no te avergüenzas?
Al ver el Rey tan mal parado a su mensajero, montó en cólera, y amenazó al criminal con la muerte, sin miramientos ni misericordia. Luego convocó un consejo extraordinario, al que asistieron sus ministros, sus nobles y sus sabios, a los que preguntó, cómo se obligaría al delincuente a comparecer en juicio, siendo ya tantos sus delitos.
Como las acusaciones y los cargos se amontonaban sobre la cabeza de Urdemalas, habló así en su defensa el tejón Barbafosca:
—No dudo que haya en esta ilustre asamblea muchos señores que acusen a Urdemalas; pero de seguro no habrá uno sólo capaz de hollar los derechos naturales que competen a los hombres libres. En mi juicio, pues, se le debe citar por vez tercera. Si así se hace, y tampoco comparece, habrá entonces lugar a que lo juzgue culpable la justicia.
El Rey. miró asombrado al tejón, y replicó, con desabrimiento:
—Por más que diga Barbafosca, mucho temo que no haya entre vosotros quien se atreva a llevar la tercera citación a tan astuto facineroso. ¿A quién le sobra un ojo? ¿Quién es bastante temerario para exponer salud y vida en las garras de ese malvado? ¿Quién se entregará ciego en brazos de la fortuna? Y después de todo, ¿comparecerá al fin el criminal?
El tejón dijo entonces en voz alta:
—Si me lo ordenáis, señor, yo mismo llevaré el mensaje, suceda lo que quiera. ¿He de presentarme con carácter oficial, o no? Mandad, y seréis obedecido.
—¡Marchad, pues! dijo él Rey. Habéis oído como Nos todas las acusaciones lanzadas contra vuestro protegido. Lo único que os aconsejo, es que desempeñéis esta misión con la mayor prudencia, porque Urdemalas es en extremo peligroso.
—Mi deber es arriesgar la vida una vez más en servicio de mi gracioso soberano, repuso Barbafosca, inclinándose con palaciega galantería; aunque, a decir verdad, añadió, abrigo la esperanza de regresar a la corte con el presunto reo.
Animado de tal propósito, emprendió el tejón la marcha hacia el castillo de Malparto, donde encontró a Urdemalas, en compañía de su esposa o hijos.
Apenas le hubo visto desde lejos:
—¡Yo os saludo, señor Urdemalas! exclamó el mensajero: sois un zorro tan instruido como sabio y prudente. ¿No hemos, por tanto, de extrañar el desprecio, o más bien, la burla que hacéis de las órdenes de S. M.? ¿Creéis todavía que no es tiempo de obedecerlas? Las acusaciones, las calumnias más aviesas: llueven contra vos de todas partes. Aconséjoos, púes, que me acompañéis a la corte; dilatarlo es ya inútil. Muchas, muchísimas faltas vuestras han llegado a oídos del monarca, que hoy me envía a citaros por vez tercera. Si no comparecéis, estáis juzgado ipso facto. El Rey acaudillará a sus vasallos, y vendrá a Malparto a sitiaros, y si llega ese caso, adiós esposa e hijos, y hacienda y vida: no es posible que escapéis. Así, lo mejor es que os vengáis conmigo a la corte. De seguro no os faltarán sagaces ardides, y acaso los tengáis ya preparados para salir de apuros. Antes de ahora, por cierto, y en días también aciagos, habéis corrido grandes riesgos, mucho más graves, que éstos, y constantemente quedasteis victorioso y derrotados vuestros enemigos.
Urdemalas contestó a Barbafosca de esta suerte:
—Bien me aconsejáis, oh, sobrino, que comparezca ante mis jueces para defenderme; aunque, por lo demás, espero que el Rey me volverá a su gracia. Sabe que puedo serle muy útil, y también lo odioso que soy a ciertos personajes por la protección que siempre me ha dispensado. Sin mí no puede vivir la corte. Estoy seguro de que, aun habiendo delinquido más grave y frecuentemente, en cuanto vea y hable al monarca se desvanecerá en su pecho la ira. Sin duda acompañan muchos magnates al Rey, y toman asiento en su consejo; pero ¿qué ventajas le proporcionan, si todos ellos carecen de habilidad y de ingenio? En cualquiera parte en que me encuentre, el último y definitivo acuerdo será siempre el mío. Cuando el Rey y su consejo se reúnen para tratar de resolver asuntos delicados, Urdemalas es siempre el Edipo que descifra los enigmas. Esto me suscita muchas enemistades, y, en verdad, debo temerlo, porque mis adversarios han jurado perderme: lo que más me aflige, es que los más pérfidos están ahora en la corte. Siendo tantos y tan poderosos, ¿cómo he de confundirlos? He aquí la causa de mi resistencia a cumplir el mandato soberano. Y a pesar de todo, paréceme lo mejor encaminarme allá, para defenderme, porque al cabo será más honroso para mí, que llenar de inquietud y exponer a graves riesgos a mi esposa y a mis hijos. Cierta sería su ruina si desobedeciese esta vez, porque el Rey es demasiado poderoso para luchar con él. Suceda lo que quiera, mi deber es acatar sus órdenes. Quizás conseguiré entrar en tratos con mis enemigos.
Después, volviéndose a su mujer:
—Esposa mía, Ermelina, añadió: os recomiendo expresamente los niños; velad por ellos sin descanso, sobre todo por Urdemalitas, el más pequeño. ¡Cuán seductor está con los dientes, que asoman ya en su boquilla! ¡Será la imagen viva de su padre! Aquí veo también al bribonzuelo Rojillo, a quien tanto quiero. ¡Que durante mi ausencia extreméis vuestra bondad con ellos! No os arrepentiréis, si vuelvo sano y salvo y me habéis obedecido.
Y sin tomarse el trabajo de hacer sus preparativos de viaje, alejóse apresuradamente, acompañado de Barbafosca, dejando allí a Ermelina inconsolable.
Habrían nuestros viajeros andado una hora escasa, cuando Urdemalas habló a Barbafosca en estos términos:
—Debo confesaros, sobrino mío querido, y amigo el más estimado, que me hace temblar el miedo. No puedo apartar de mi imaginación el triste pensamiento de que marcho al encuentro de la muerte. En este instante represéntanseme a lo vivo las innumerables faltas que he cometido. ¡Ay! ¡No es posible que forméis idea de mi aflicción! Permitid que descargue mi conciencia de los muchos pecados que la abruman. ¡Confesadme, por Dios! No es muy fácil encontrar otro cura por estos contornos. Cuando haya desahogado mi pecho, me presentaré más tranquilo ante el Rey.
—Renunciad primero a robar y a asesinar, replicó Barbafosca; renunciad a todo linaje de traiciones, y a vuestras habituales intrigas; porque de lo contrario, de nada os serviría la confesión general que queréis hacer.
—Demasiado lo sé, observó Urdemalas; dejadme comenzar, y oídme atentamente: Confíteor tibi, Pater et Mater. ¡Oh, amado sobrino! ¡siempre he sido el Ulises de estos reinos! La enumeración de mis asechanzas contra la vida de nutrias, gatos y otros animales, llenaría muchos volúmenes: ¡lo confieso, sí, lo confieso con vergüenza! ¡Ahora me arrepiento de todo, y prometo hacer penitencia!
—Dejad a un lado el latín, y hablad en nuestro idioma, replicó el tejón, porque si no, no podré entenderos.
—¿A qué negarlo? prosiguió Urdemalas: he sido el terror de todas las alimañas que viven en los montes. Aprisioné arteramente a mi sobrino el oso en un tronco de árbol. Abundante sangre destiló su cabeza, y sufrió tremenda paliza. Llevé a Bigotieso a caza de ratones; pero cogido en un lazo, padeció mucho, y perdió un ojo en la contienda, siendo milagro que escapase con vida. También Donaire me acusa con justicia, por haberle robado sus hijos, párvulos o adultos, según los encontraba, regalándome el paladar con ellos. Ni aun al mismo Rey he perdonado, y hasta me he atrevido a jugarle temerario alguna de las mías: ya lo descubrirá más adelante. Asimismo debo confesar, que he atormentado a Tragabombas con toda mi alma a roso y a belloso. No hay tiempo para referir ahora pormenores. Llamábale tío por burlarme, no siendo mi pariente. Pronto hará unos seis años que vino a buscarme al convento de Elkmar, donde a la sazón me encontraba, rogándome que le ayudase, porque deseaba también abrazar la vida religiosa, pensando con esto mejorar de fortuna. Hablé, en efecto, a su favor, y el guardián del convento consintió en admitirle como novicio. La primera obligación que le señalaron fue tocar las campanas; pero como en su vida había ejercido aquel oficio, suplicóme que le enseñara el toque de maitines. Fingiendo acceder a sus deseos, le até las patas delanteras a la cuerda de la campana mayor, encargándole que tirase con todas sus fuerzas. Hízolo así el imbécil, y empezó a tañer sin orden ni concierto, alborotando el pueblo. Al oír aquel rebato los habitantes de Elkmar, creyeron que algún suceso grave ocurría en el convento, y acudieron armados para prestar auxilio a los frailes. Los primeros que entraron en la iglesia encontraron al lobo repicando a más y mejor, y sin que le valiesen sus hábitos monacales, su tonsura, ni las explicaciones que daba para justificar su presencia en aquel sitio, cayeron airados sobre él, y lo golpearon hasta dejarle por muerto. Compadecidos los religiosos de su desgracia, le llevaron al lecho, esmerándose en curar sus heridas. Su glotonería, sin embargo, su torpeza y su mala fe lo desacreditaron en breve. Hurtó un día al cocinero la llave de la despensa, y quiso convidarme a devorar las ricas y suculentas provisiones que en ella se encerraban. Acudí a la invitación por una puerta trasera, próxima al corral; entré con él en la despensa, y comenzamos a hacer horrendo estrago en las vituallas de los buenos frailes. Tragabombas, siempre insaciable, bebió vino sin tasa, acabando por embriagarse. Como siempre fue pendenciero, suscitó la conversación de su esposa, y con este pretexto intentó vengarse de mis pretendidas infidelidades a su amistad y buen nombre; pero yo, al ver el pleito mal parado, me escapé de allí cautelosamente, cuidando de dejar abierta la espita del tonel más formidable. Durmióse el lobo; derramóse el vino, y corrió hasta el jardín, donde se paseaba el guardián, quien llamó al punto a la comunidad, y acudiendo todos a la despensa, dieron con el ladrón y lo molieron a palos. No esta sola vez, sino otras muchas, y con grave riesgo suyo, le he proporcionado heridas y contusiones. Le enseñé a pescar, y como siempre, redundó este arte en su daño. Siguióme también en cierta ocasión a la campiña de Lieja, y penetramos en la casa de un cura, el más rico de aquellos contornos, tenía este santo varón un cuarto llenó de sabrosos jamones y tasajo, y hasta de sendas lonjas del más exquisito tocino. Tragabombas logró abrir con sus uñas un agujero en la pared, que le permitía él paso, y yo le excité a entrar, y más que yo, su glotonería. Pero como, rodeado de tanta abundancia no podía contenerse, tragó inmoderadamente, y su cuerpo repleto, no pudo, a pesar de sus esfuerzos desesperados, deslizarse a la vuelta por el agujero. ¡Ah! ¡cómo se lamentaba, el desleal de haber entrado hambriento, y de no salir harto! Deseando chasquearle, alboroté la aldea, y ayudé a sus habitantes a buscar la pista del lobo: corrí luego a la habitación del cura, y entré en ella cuando estaba comiendo, precisamente en el instante en que le servían un capón tan gordo como bien asado. En un abrir y cerrar de ojos, echó la uña al capón, y salí con él a la carrera. El reverendo se levantó veloz; dio voces, y cayó, por último, arrastrando tras si mesa, platos y botellas.
—¡Detenedle! ¡Matadlo! gritó el cura con furibundo acento.
Y se revolcaba en la laguna de caldo, vino y salsa que cubría el pavimento.
Una muchedumbre de aldeanos llegó vociferando:
—¡Matadlo!… ¡Matadlo!
Yo puse pies en polvorosa, y todos me siguieron maquinando mi muerte. El cura ponía el grito en el cielo, diciendo:
—¡Qué ladrón tan descarado!… ¡Roba el capón de la misma mesa!
Huyendo siempre, llegué al cuarto de los jamones, donde, contra toda mi voluntad, hube de soltar el botín, por pesar demasiado, pudiendo así escapar de mis perseguidores. Pero encontraron el capón, y cuando su dueño lo levantó del suelo, vio al lobo agazapado en un rincón. El reverendo exclamó entonces, dirigiéndose a los que le seguían:
—¡Aquí! ¡aquí! ¡que no se escape! ¡Otro ladrón… un lobo ha caído en nuestras manos! ¡Sería una vergüenza que se marchase sin una buena paliza! Si así sucede, se reirán a nuestra costa veinte leguas a la redonda.
Aturdido el lobo, no sabía cómo huir. Una lluvia de palos y dolorosas heridas cayó sobre su cuerpo. Todos gritaban cuanto podían. Los demás aldeanos acudieron también, y lo dejaron en tierra medio muerto. ¡A fe mía, que en su vida, por larga que sea, no sufrirá mayor desdicha! Curioso sería contemplar en un cuadro las cuentás que Tragabombas hubo de dar al cura de su tocino y sus jamones. Sacaron, por fin, al lobo a la calle, y lo arrastraron, sin que diera señales de vida. Lleno todo de inmundicia, y creyéndolo muerto, lo tiraron con horror a un: foso fuera de la aldea. No sé cuánto tiempo duró su letargo, ni cuándo recobró el conocimiento de su miseria. Tampoco he sabido nunca la traza de que se valió para salir del foso. No obstante el funesto resultado que tuviera para él esta aventura, hará cosa de un año me juró de nuevo ser mi leal y fiel compañero, aunque no persistió mucho tiempo en su propósito. Sin embargo, me expliqué luego perfectamente el motivo de su resolución: deseaba hartarse de gallinas. Para engañarle mejor, hícele la descripción formal y pomposa de cierta viga, en donde dormían comúnmente un gallo y seis gallinas. Llevóle en silencio al sitio designado, después de las doce de la noche, constándome que estaba abierta la ventana del gallinero. Reconocido el sitio, y encontrando franco el paso, fingí querer entrar; pero no lo hice así, sino que me agazapé, y dejé penetrar primero a mi querido tío.
—Entrad sin cuidado, le dije: si queréis no perder tiempo, manos a la obra: ahí dentro hay un magnífico gallo y media docena de pollas bien cebadas.
Muy receloso entró mi hombre, y comenzó a tentar aquí y allá, hasta que al cabo exclamó con ira:
—¡Oh, cuán mal me guiáis! ¡No he tropezado aun con una pluma!
—Ya tengo en mi poder una polla, contesté; las demás dormirán al otro extremo: adelantaos sin miedo, y andad con prudencia.
Era bastante estrecha la viga que nos sustentaba. Le dejé caminar delante sin moverme, y después salí como un rayo por la ventana, cerrando maliciosamente el postigo, que chocó contra el marco, y produjo el ruido, consiguiente, haciendo estremecer los nervios del lobo, y asustándole sobremanera, hasta el punto de que cayera trémulo en tierra desde la angosta viga. Los dueños de la casa, que dormían junto al fuego, despertaron sobresaltados.
—¿Quién habrá cerrado la ventana del gallinero? preguntáronse con asombro.
Después se levantaron a toda prisa, encendieron una lámpara, y como encontrasen al lobo oculto en un rincón, lo apalearon y le curtieron la piel a maravilla. Admiróme que escapase con vida de las manos de aquellos irritados labriegos. Pero dejando a un lado esta y otras mil jugarretas de que ha sido víctima el pobre Tragabombas, os confieso además que, en secreto, y hasta en público, he visitado muy a menudo a su mujer la bella Gilimunda. Sin duda no debí hacerlo, y me arrepiento de ello. Por mucho que viva, jamás lavaré tan fea mancha. Ahora, pues os he confesado cuanto puedo recordar, cuanto pesaba sobre mi conciencia, dadme la absolución: yo observaré a la letra los consejos que me diereis, y cumpliré la penitencia que queráis imponerme.
Barbafosca sabía muy bien su obligación en tales casos. Cortó una ramita de un árbol que se veía junto al camino, y dijo al penitente:
—Con esta varita, oh, tío, voy a daros cien golpes en las espaldas; depositadla luego en tierra, como yo os diga, y saltad por encima de ella otras cien veces. Después besadla con humildad, y mostraos arrepentido. Tal es la penitencia que os impongo por vuestros pecados.
Cuando Urdemalas hubo sufrido los varazos, que le propinó su sobrino, añadió el tejón:
—Probad, oh, tío, con obras de caridad que vuestra contrición es sincera: leed la Biblia; visitad a menudo las iglesias, y ayunad con frecuencia. Enseñad su camino a quien os lo pregunte; dad con gusto limosnas, y juradme abandonar vuestra mala vida, renunciando desde luego a hurtos, traiciones e intrigas de mal género, y de esta manera, sin duda alguna, llegareis a alcanzar la estimación de las gentes honradas.
—¡Juro hacer todo lo que me ordenáis! replicó Urdemalas.
He aquí cómo acabó confesión tan singular.
Ambos viajeros prosiguieron su camino hacia la corte del Rey. El piadoso Barbafosca y su compañero atravesaban una rica y fértil llanura, cuando vieron a su derecha un magnífico convento de monjas, que alababan a Dios día y noche, y criaban en su corral muchas gallinas, gallos y renombrados capones. Algunas veces saltaban estas aves la cerca del corral, y salían al campo a buscar su alimento.
Urdemalas conocía cual ninguno aquellos contornos. Largo rato hacía ya que marchaba en silencio al lado de su camarada: de improviso, mirando de reojo a Barbafosca, le dijo;
—Aquí hay una vereda que pasa junto a los muros de ese santo asilo: si la seguimos acortaremos camino.
Puede comprenderse que no era la intención del redomado zorro ahorrarse algunos pasos: sólo pensaba en acercarse a las gallinas.
Como el tejón no abrigase la menor sospecha acerca de los designios de Urdemalas, dejóse guiar por éste, hasta que ambos llegaron junto a las aves.
Los ojos del zorro, rebosando gula, daban vueltas en sus órbitas. Agradábale en extremo un gallo robusto y joven, que andaba rezagado de los demás. No separaba de él ni un instante la vista, y aprovechando el momento en que Barbafosca contemplaba distraído las torres del monasterio, se abalanzó a atraparlo, arrancándole un puñado de plumas.
Colérico el tejón, le reconvino así por su vergonzosa recaída:
—¿Qué conducta es la vuestra, desdichado tío? ¿Es posible que por un miserable gallo, incurráis en nuevas faltas, a poco de confesarlas? ¡Vaya un arrepentimiento!
A lo que replicó Urdemalas:
—Sin embargo, he pecado sólo con la intención, puesto que renuncio a comerme el gallo. ¡Oh, queridísimo sobrino! ¡Pedid a Dios que me ilumine, y me infunda la fortaleza necesaria para resistir estas tentaciones! No volveré a hacerlo: yo os lo prometo. Por lo demás, ahí dejo mi presa con la mejor voluntad del mundo.
Entretenidos en esta plática rodearon el convento, y hubieron de pasar un puentecillo. Urdemalas miraba siempre a las gallinas: dominábase en vano. Si alguno hubiese cortado su cabeza, ella sola volara de seguro hacia las aves. ¡Tan grande era el deseo que sentía el miserable de hincarlas el diente!
Observó Barbafosca esta lucha, y dijo:
—¿Hacia dónde dejáis vagar vuestros ojos, oh, tío? En verdad os digo, que sois un glotón incorregible.
Urdemalas repuso:
—Hacéis mal, señor sobrino, en abrigar tan malos pensamientos. No os precipitéis interrumpiendo mis oraciones. Dejadme rezar un Pater noster por las almas de los innumerables pollos y patos que he robado a esas santas monjas, y que se criaban para su regalo.
Barbafosca, no sabiendo qué contestar, guardó silencio.
El zorro, mientras pudo verlas, no apartó sus ojos de las gallinas.
Por fin llegaron a la carretera, y se acercaron a la corte. Cuando Urdemalas divisó el regio alcázar, se afligió interiormente, porque sus culpas eran graves, y empezaba a prever el castigo que le aguardaba.