País Poema - Autores

johann wolfgang von goethe

el zorro - canto 02

El oso Melfagor, comisionado por el Consejo de Nobel para citar a Urdemalas a juicio, desempeña su misión con tanta fortuna, que se ve a punto de perecer.—Escapa al fin del peligro, y da cuenta al Rey del mal éxito de su embajada.—El gato Bigotieso es nombrado en su lugar portador de una nueva orden de emplazamiento.
Envanecido Melfagor con el encargo que le diera su soberano, emprendió sin demora el camino de la montaña.
Después de atravesar un vasto despoblado, arenoso e interminable, llegó al fin a los montes en que solía cazar Urdemalas, el cual los había recorrido la anterior noche en todas direcciones, bien ajeno de lo que le esperaba. Como no encontrase al que buscaba, el oso se dirigió a Malparto, soberbio alcázar que servía a la sazón de residencia al pícaro raposo.
Entre todos los castillos feudales que le pertenecían, descollaba Malparto sin rival, como el girasol entre las plantas, como el águila entre las aves. Habitábalo su dueño siempre que sus continuas fechorías le hacían temer algún ataque de parte aquéllos a quienes había ofendido.
Acercóse Melfagor al castillo, y como encontrase la puerta cerrada a piedra y lodo, detúvose un momento para reflexionar. Por fin se decidió a llamar, gritando al mismo tiempo:
—¿Estáis en casa, señor tío? A vuestras puertas se halla el oso Melfagor, mensajero encargado de ejecutar las justas órdenes del Rey. S. M. juró que seríais juzgado en la corte, y yo vengo a citaros para que comparezcáis en juicio, a fin de que nuestro gracioso soberano os absuelva o condene como a su vasallo. ¡Cuidado que se trata de vuestra vida! Si os obstináis en permanecer aquí, os aguardan sin remisión la horca o la cuchilla. Elegid, pues, el partido más ventajoso. ¡Ea! seguidme, tío, seguidme, porque de no hacerlo, podríais tener que arrepentiros.
Urdemalas, que oyó sin perder silaba tan formidable arenga, callóse como un muerto, y entrando en cuentas consigo mismo:
—¿Qué podrá sucederme, pensó, si castigo como debo las insolentes palabras de este grosero personaje? Meditémoslo bien.
Y se internó en sus más recónditos aposentos, situados al extremo oriental del castillo, que era por cierto de ingeniosa construcción artística. Veíanse allí hendeduras y cavernas, abiertas a pico en la roca viva; diversos corredores largos y estrechos, y algunas puertas secretas que se abrían o cerraban según la necesidad lo exigía.
En estos escondrijos se refugiaba el zorro en casos apurados, defendiéndose de la persecución de los innumerables enemigos que le suscitaban sus maldades.
Animalejos sencillos e inocentes penetraban a veces en este laberinto, y ofrecían al malhechor una sabrosa presa.
Dejamos dicho que Urdemalas había escuchado todo el discurso del mensajero; pero con su desconfianza habitual, creyó sin duda que Melfagor no venía solo, y que le preparaban una emboscada. No obstante, cuando se cercioró de qué nadie le acompañaba, salió resueltamente del castillo, diciendo con fingida alegría:
—¡Bien venido seáis, dignísimo pariente! Perdonadme si os he hecho esperar, ocupado como estaba en mis devociones. Mucho me place vuestra visita, porque, si no es vana mi esperanza, podéis serme de mucha utilidad en la corte. Pero llegáis en una ocasión bien crítica, amado sobrino mío: sin embargo, os saludo con efusión. Por lo demás, recaiga nuestra censura sobre quien os ordenó emprender este viaje, tan largo y tan penoso. ¡Oh, cielos! ¡cuán cansado estáis! Cubierto de sudor os veo, y respiráis con trabajo. ¿Cómo no ha elegido el monarca otro mensajero, en vez de enviaros a vos, al noble entre los nobles, y a quien tantos favores dispensa? En fin, vale más que así sea, puesto que redunda en provecho mío. Ruégoos, pues, que me ayudéis en la corte, o en cualquiera otra parte en donde sea blanco de pérfidas calumnias. Mañana sin falta, a pesar del mal estado de mi salud, me propongo obedecer las órdenes del Rey. ¡Estoy decidido a ello! Hoy mismo os seguiría, si no me sintiese demasiado débil para emprender tamaño viaje. Desgraciadamente, me he alimentado con exceso de cierto manjar que me produce siempre horribles cólicos.
—¿Cuál es ese manjar, amigo y deudo? preguntó el oso.
—¿De qué os servirá saberlo? contestó Urdemalas. En esta soledad paso una vida triste, aunque la sobrellevo con paciencia. ¡Ya se ve! ¡un pobre zorro como yo, no es un marqués, ni un conde! A veces, no teniendo otros víveres para mi y mi familia, nos vemos obligados a devorar cuantos panales de miel encontramos a mano. Aunque yo no los pruebo, sino cuando la necesidad me fuerza a hacerlo, estoy ahora repleto de ellos. ¿Qué ha de suceder, pues, si contra mi voluntad los saboreo? Siempre que me es posible, los alejo de mi mesa.
—¡Qué escucho! exclamó Melfagor estupefacto. ¿Así despreciáis la miel, tan codiciada por otros? La miel, dispensad que os lo diga, mi respetable tío, es el mejor y más sano de los alimentos, a lo menos para mí. Hacédmela gustar, y no tendréis de qué arrepentiros. En recompensa, prometo defenderos, no sólo en la corte, sino donde quiera que mi ayuda os fuere necesaria.
—¿Os burláis?
—No por cierto, contestó el oso; hablo formalmente.-
—Si es así, replicó el zorro, puedo complaceros, porque mi vecino Rusticon, que habita al pie de esa montaña, tiene miel en abundancia. Ninguno de vuestro linaje ha visto nunca tanta.
Alegróse sobremanera Melfagor, pensando en el buen rato que le esperaba.
—¡Oh, amado deudo! exclamó; llevadme pronto allá, y nunca olvidaré este beneficio. Dadme miel, que os juro no me veréis harto de ella.
—Vamos, pues, dijo el zorro: afortunadamente la hay a calderadas. Hoy por hoy, en verdad, me molestan algo los pies; pero el afecto que hace tiempo os profeso, me hará menos penoso el camino. No tengo otro pariente a quien estime más que a vos, y en justa correspondencia espero que me serviréis en la corte de nuestro soberano el día de la audiencia, ayudándome a confundir a mis acusadores y enemigos. Por lo demás, os aseguro que habéis de hartaros de miel, de tal suerte, que llegareis a aborrecerla mientras viviereis.
Y el socarrón aludía sin duda a la soberbia paliza que preparaba al oso el labrador Rusticon, cuyo corral iban a asaltar.
Sin añadir una palabra más, echó a andar el zorro delante del confiado Melfagor, que siguió ciegamente a su guía, pensando sólo en satisfacer la hambre que le aquejaba.
—Si consigo mi propósito, pensaba Urdemalas, no has de parar hasta dar con tu cuerpo en manos de algún saltimbanqui que se ganará la vida contigo enseñándote de feria en feria. ¡Ah! ¡ah! sobrino mío: ¡qué miel tan amarga te espera!
Embebidos cada uno en sus proyectos, llegaron al corral de Rusticon, siendo imponderable la alegría del oso, que se relamía de antemano, cual si tuviese ya entre sus dientes la ansiada golosina.
Era completamente de noche. Urdemalas sabía por experiencia que Rusticon, maestro carpintero aventajado en su arte, estaba a tales horas en el lecho.
Veíase en el corral un gran tronco de encina, hendido por el medio, y en la hendedura, larga de una vara, había encajadas dos sólidas cuñas. Observando esto el zorro, dijo en voz baja a su compañero:
—¡Sobrino de mi alma! En este tronco hay más miel de lo que parece; escudriñadlo con el hocico, y ahondad cuanto podáis. Os aconsejo, sin embargo, que no comáis demasiado, porque acaso se os indigeste.
—¿Creéis, por ventura, repuso el oso, que soy algún glotón? ¡No hay cuidado! La sobriedad es la mayor virtud que me adorna.
E introdujo en el tronco la cabeza hasta las orejas, y aun las manos por añadidura.
Urdemalas comenzó entonces su tarea. Tanto movió las cuñas a uno y otro lado, bajo pretexto de ayudar a su camarada, que al fin pudo sacarlas, quedando Melfagor prisionero, con la cabeza y manos cogidas en el cepo.
Fuéronle de todo punto inútiles al desdichado las injurias y ruegos que dirigió al ladino zorro para que le sacase de aquel aprieto.
De este modo el tío engañó al sobrino con su astucia, y quedó vencedor, no obstante la osadía y las fuerzas del vencido.
Tan deplorablemente aulló entonces el oso, tanto arañó la tierra con sus patas traseras y movió tal estrépito, que Rusticon saltó medio dormido de su lecho, empuñando una hacha para defenderse, bien ajeno, por cierto, de encontrar un oso en su corral.
Grande fue el apuro de Melfagor, preso en el tronco, de manera que no le era posible desasirse, por más que lo sacudía a uno y otro lado berreando de dolor. Contemplando inútiles todos sus esfuerzos, pensó no salir jamás de tan horrible cepo, y lo mismo creyó también Urdemalas, quien lleno de alegría, exclamó cuando vio desde lejos correr a Rusticon:
—¿Qué tal, amigo Melfagor? ¡Moderaos un poco, y dejad alguna miel! Decidme, ¿está sabrosa? Rusticon viene a daros hospedaje, y a escanciaros un traguillo de lo añejo para que podáis digerir bien la comida. ¡Buen provecho, sobrino, buen provecho!
Y dejando al pobre prisionero a merced del irritado aldeano, dirigióse Urdemalas hacia su alcázar de Malparto.
Al mirar Rusticon el extraño huésped que entrara en su propiedad como llovido del cielo, se apresuró a llamar a algunos labriegos que cenaban juntos en la taberna inmediata.
—¡Venid! ¡venid! les dijo: ¡hay un oso en mi corral! ¡Mirad que no os engaño!
Inmediatamente le siguieron todos, armándose al paso con lo primero que encontraron a mano. Éste empuñó una horquilla, aquél un rastrillo, otro una guadaña, no faltando quien se proveyera de una descomunal estaca. Hasta el cura y el sacristán acudieron, blandiendo el uno un asador y el otro una gran cacerola. También la señora Robustiana, la digna ama del cura, mujer sin rival en hacer puches, no quiso quedarse atrás, y vino corriendo con la rueca, su compañera inseparable, para atormentar con ella al desdichado oso.
Melfagor, que oyó el creciente ruido y la algazara con que se preparaban sus enemigos a embestirle, hizo un esfuerzo sobrehumano, un esfuerzo semejante al que practicara un monedero falso a quien van a tostar en nombre de la ley, y que trata de salvar su vida poniendo pies en polvorosa, y consiguió sacar la cabeza de la hendedura, aunque dejando en ella el pelo, la piel y aun parte de las orejas.
Nadie vio jamás otro animal más digno de lástima. El mísero derramaba la sangre a raudales. Pero ¿de qué le servía tener libre la cabeza, cuando sus patas delanteras seguían presas en el maldito tronco? No obstante, arrancólas también con un movimiento desesperado, y cayó sin sentido, dejando en el abierto cepo las uñas y la piel ensangrentada como trofeos de su derrota.
No era ésta, por desgracia, la sabrosa miel que esperaba, y que le babia prometido el zorro. ¡Funesto viaje el suyo! ¡Tristísimo remate de comisión tan delicada!
Su barba y manos estaban en carne viva: no podía sostenerse, ni arrastrarse, ni andar, y Rusticon se acercaba siempre acaudillando a sus compañeros, que ardían en deseos de acabar con el triste prisionero.
El primero que se lanzó al ataque fue el cura, que descargó su asador sobre la espalda del oso.
Revuélvese Melfagor con trabajo a uno y otro lado: hostígale la tropa, unos con garrotes, otros con hachas: el herrero le santigua con el martillo y las tenazas; éstos le muelen con palos, aquéllos con azadones, y todos le golpean, y gritan y claman, y presa de horrible angustia, el pobre oso se revuelca en el lodo casi muerto.
Animados por el ardor de la pelea, ninguno desmaya: cada uno de los combatientes quiere ocupar el puesto de mayor peligro. El zambo Benjamín, y Andrés el chato, son los que se muestran más encarnizados. Felipe Kuckelrey, el tartamudo, voltea con furor un enorme mazo, y no lejos de él su cuñado Guillermo Jutt, esgrimiendo una barra, amenaza acabar al desdichado oso. A todos anima rabiosa sed de sangre. El tuerto Truchimán y la ama Robustiana, se ciegan y sacuden mutuamente, tomándose por osos. Tan grande fue el entusiasmo bélico de Agnusdei el sacristán, que agarró un tremendo bocado en la nariz a su primo Juan Bufifar. Garabato el jorobado, temiendo acercarse, daba voces tremendas, alentando a los combatientes desde una muy respetuosa distancia. En un momento de confusión, creyendo el bravo mozo que Melfagor le atacaba por detrás, asestó una coz iracunda al vientre colosal de Tripiton, su compadre, el hombre más valiente del universo cuando se bailaba solo. También volaron algunas piedras por los aires, que chocaron con violencia en el cuerpo del desesperado Melfagor.
Para colmo de desdichas, apareció el hermano de Rusticon, esgrimiendo una recia estaca, con la cual golpeó al oso en la cabeza, haciéndole ver no uno sino cuatro estrellados firmamentos, y obligándole a palos a levantarse.
Furioso con tal aguijón, arrastróse el herido hacia las mujeres, que vacilaron apretándose una contra otra, cayeron, y gritaron, precipitándose algunas en el río, no poco profundo en aquel sitio.
Observando esto el cura, empezó a clamar con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Mirad a mi pobre ama, que se ahoga! ¡Ha dejado aquí su rueca, y está en grave peligro! ¡Socorredla, amigos míos! ¡socorredla! ¡Dos toneles de vino e indulgencia plenaria al que la salve!
Todos abandonaron al oso, creyéndole muerto, y se metieron en el agua para auxiliar a las mujeres, consiguiendo sacar cinco de ellas a la orilla.
Mientras los hombres se ocupaban en esta obra de caridad, arrastróse el oso hasta el río en el estado más lamentable que pueda imaginarse, quejándose y gruñendo, presa de atroces dolores. Prefería anegarse desde luego a sufrir tratamiento tan cruel no menos que afrentoso, y como la natación le era desconocida, esperaba acabar allí su mísera existencia. Contra su esperanza, mantúvose a flor de agua, lo que le animó a dejarse llevar por la corriente. Viéronlo los campesinos, y exclamaron con rabia:
—¡Si le dejamos escapar con vida, nuestra ignominia será eterna!
Y se afligieron extraordinariamente, y acusaban a las mujeres, apostrofándolas de este modo:
—¿Cuánto más valiera, que, atentas a vuestras ocupaciones, no os hubieseis movido de casa? ¡Miradlo, miradlo cómo nada y huye de nosotros!
Regresaron entonces al corral; examinaron el tronco, y observando que el fugitivo había dejado allí restos de su piel, y pelo de su cabeza y patas, se burlaron diciendo:
—¡Ya volverás en otra ocasión a hacernos una visita, para recobrar tus orejas, que te has dejado olvidadas en el cepo!
Así se mofaban del infeliz oso los autores de tantos males.
La víctima, loca de alegría por verse fuera del peligro, maldecía a sus verdugos los desalmados campesinos; se quejaba de sus dolores, y llenaba de execraciones a Urdemalas, apellidándole traidor y perjuro.
Tales eran los pensamientos que le agitaban, mientras nadaba a favor de la corriente, que, rápida y caudalosa, le llevó en poco tiempo a una milla de distancia. Allí salió a la orilla, y respiró un poco, exclamando con quejumbroso acento, mientras tentaba sus doloridos miembros:
—¡Nunca! ¡nunca existió debajo del sol otro animal más desventurado!
A decir verdad, no contaba el triste Melfagor ver la luz del siguiente día.
—¡Oh, Urdemalas! ¡oh, villano, desleal! murmuraba: ¡Oh, pérfida criatura! ¡Si alguna vez llego a tenerte al alcance de mi brazo, has de pagar con creces todos los tormentos que me has hecho sufrir esta infausta noche!
Después, acordóse de los labriegos que le atormentaron, y del tronco de encina, y maldijo de nuevo las intrigas de Urdemalas.
En cuanto al zorro, así que hubo dejado a su sobrino preso en el lazo que tan astutamente le tendiera, corrió tras ciertos pollos, cuyo domicilio conocía, y habiendo atrapado uno de ellos, huyó veloz con su presa a lo largo del río. Después de saborearlo a sus anchas, prosiguió su excursión en demanda de otros asuntos de igual Índole. Luego aplacó su sed, y comenzó a reflexionar de esta manera:
—¡Inmensa es mi alegría por haber dejado en el corral de Rusticon a un oso tan estúpido! Seguro estoy de que si no se ha saciado de miel, se habrá hartado de hachazos. ¿Y cómo dar más merecido pago a sus pensamientos siempre hostiles? Llamóle hasta ahora sobrino; pero yacerá muerto junto al tronco del árbol, y me regocijaré de ello toda mi vida. Entre tanto, ya no podrá quejarse ni ofenderme. ¡Jah! ¡jah! ¿Qué dirá el Rey cuando sepa la excelente acogida que he dado a su embajador?
Mientras caminaba embargado en tales reflexiones, miró allá abajo, a lo largo del río, y vio al oso revolcarse en la orilla. Contristóse su corazón de que Melfagor hubiese escapado de la muerte.
—¡Oh, Rusticon! exclamó: ¡bribón indolentísimo! ¡Oh, torpe campesino! ¿Cómo desprecias ese bocado graso y sabroso, que un gastrónomo habría pagado a cualquier precio, y que tan sin trabajo se te viene a las manos? No obstante, según veo, el honrado Melfagor te ha dejado una prenda en pago de tu hospitalidad.
Así hablaba entre dientes el traidor, observando a Melfagor abatido, sangriento y fatigado.
Al cabo le gritó:
—¿Con que otra vez os encuentro, señor sobrino? ¿Habéis olvidado algo en casa de Rusticon? Decídmelo, por vuestra vida, que yo le haré saber el lugar donde estáis. Sin embargo, lo que creo firmemente es que le habréis robado mucha miel. ¿Se la pagasteis con puntualidad? ¿Qué hicisteis allí, amado sobrino? ¡Ay de mí! ¡cuán vivos son vuestros colores! ¡qué aspecto tan deplorable! ¿No era buena la miel? ¿Todavía queda por vender alguna al mismo precio? Pero, decidme pronto, sobrino de mis entrañas: ¿en qué orden religiosa habéis entrado, que adorna vuestra cabeza un birrete rojo? Seguramente el barbero que abrió esa tonsura, os ha trasquilado las orejas. Habéis perdido el tupé, la piel de las mejillas, y hasta los guantes. ¿En dónde diablos los dejasteis?
Melfagor escuchaba estas palabras, sin que sus dolores le permitieran castigar al traidor que las pronunciara. Para no oír más chocarrerías, se metió otra vez en el agua, y dejándose llevar por la corriente, tomó pie en la ribera opuesta. Allí descansó un poco, y empezó luego a lamentarse en alta voz, diciendo:
—¿No habrá algún cristiano que ponga término a mi triste vida? Apenas puedo andar, aunque me esfuerce, y la necesidad me obliga a emprender mi peregrinación hacia la corte. ¡Véome aquí lleno de oprobio, por obra del pérfido Urdemalas! Si me salvo, ¡oh, bribón!, haré que te arrepientas.
Recobró al fin algunas fuerzas, y arrastrándose cuatro días consecutivos por montes y llanuras, en medio de los más atroces dolores, llegó a la presencia del Rey.
Cuando éste le miró en situación tan lastimosa, exclamó:
—¡Dios poderoso! ¿Eres tú, Melfagor? ¿Cómo vienes así?
—¡Lamentable e inaudito es por demás mi infortunio! contestó el oso: débolo a la traición abominable del criminal Urdemalas.
El Rey se desató en mil imprecaciones y amenazas.
Cuando hubo desahogado algún tanto su cólera:
—¡Castigaré sin compasión, gritó, al criminal autor de ese atentado! ¿Es posible que aquel facineroso haya tratado de tal suerte a un personaje tan importante como Melfagor? ¡Por mi honra sin tacha, por mi corona, juro una y mil veces que ha de pagar con usura el daño hecho a mi mensajero! ¡Prometo aquí solemnemente, no ceñir jamás espada, si dejo de cumplir mi juramento!
Después ordenó que se reuniese el Consejo de Estado, para que examinase tan grave asunto, y fijara desde luego la pena proporcionada al delito cometido.
Todos los consejeros acordaron, con el beneplácito del monarca, que se debía invitar de nuevo a Urdemalas a presentarse, para defender su derecho ante acusadores y jueces. El gato Bigotieso fue elegido portador de una nueva misiva, puesto que era harto notoria su actividad y su prudencia. Tal fue el parecer unánime de aquellos sapientísimos varones.
El Rey entonces, ante la asamblea de los nobles, habló así a Bigotieso:
—Penétrate bien del acuerdo tomado por estos señores. Di a Urde malas, que si hay que citarle por tercera vez, caerá mi venganza sobre él y sobre todo su linaje, y que tendrá que arrepentirse de su desobediencia. Si es prudente, que comparezca en el plazo fijado. Persuádele de suerte, que, sin recurrir por de pronto a medidas extremas, logremos realizar nuestro propósito. Acaso despreciaría el traidor otro consejo; pero no el tuyo.
Por más honorífica que pareciese la embajada que se le confiaba, no era muy del agrado de Bigotieso, quien con su acostumbrada previsión, había calculado todos los peligros de que estaba rodeada.
Deseando, pues, eludir el grave compromiso en que se le ponía, respondió, inclinándose profundamente ante su soberano:
—Señor, ya redunde este encargo en honra o en deshonra mía, debo aceptarlo como fiel vasallo. Tratándose del servicio de V. M., son para mí de escasa importancia cuantos riesgos pueda correr en el desempeño de la espinosa misión que se me ha encomendado. No obstante, creo que cualquiera de estos señores sería más idóneo que yo para llevar a cabo la empresa, atendida mi corta estatura. Si el oso Melfagor, fuerte y agigantado, nada consiguió de Urdemalas, sino dejar la barba y las orejas en el lazo que tan villanamente le tendiera, ¿qué puedo alcanzar yo, pobre y débil criatura, sino perder la vida a manos de aquel desalmado?
—No me convencen tus razones, replicó el Rey: hay seres muy pequeños, a quienes sobra la astucia y la discreción, que suele faltar a los más corpulentos. Si bien es cierto que no eres un coloso, ni mucho menos, tienes en cambio saber y sobrada prudencia.
Oyendo estas palabras, asomó a los labios de Bigotieso una triste sonrisa.
—¡Cúmplase vuestra voluntad, señor! dijo: voy al punto a hacer los preparativos de viaje, el que, según me dicta el corazón, será feliz o desgraciado, según sea el primer pájaro que encuentre a mi derecha en el camino.