el zorro - canto 01
El Rey Nobel convoca las cortes.—El lobo Tragabombas, el gato Bigotieso, el perro Cobarduelo, la Pantera y el gallo Donaire acusan sucesivamente al zorro Urdemalas, ausente de la asamblea.—Le defiende su sobrino, el tejón Barbafosca.—El Rey despacha entonces al oso Melfagor, para que cite a Urdemalas a juicio.
La Pascua de Pentecostés, encantadora fiesta, acaba de llegar. Los campos y arboledas ostentan su manto de verdura esmaltado de flores. En cerros y colinas, en cercas y vallados entonan las avecillas alegres cantinelas al saludar el día; exhalan los prados suavísimos perfumes; brilla el cielo sereno, y los más varios colores engalanan la tierra.
Nobel, Rey de los animales, convoca las cortes, y sus vasallos, desplegando inusitada pompa, acuden a ellas presurosos.
De todos los puntos del horizonte acuden muchos encopetados personajes, tales como Picuda la grulla y Azabache el grajo, los dos la flor y nata de la grandeza. El monarca se propone reunir a sus próceres y hacer alarde ante ellos de magnificencia y regio poderío. Llama, pues, a todos a su lado; a todos sin excepción alguna; a grandes y pequeños: ninguno ha de faltar. Sin embargo, falta el zorro Urdemalas, solemnísimo bribón, cuya conciencia, atormentada por sus numerosos delitos, lo mantiene alejado de la corte.
Como los corazones perversos detestan la luz y el día, así detesta el zorro a la asamblea de los próceres. Todos le acusan; a todos ha ofendido, menos al tejón Barbafosca, hijo de su hermano.
Tragabombas, el lobo, entabló la querella contra Urdemalas. Acompañado de sus parientes, protectores y amigos, presentóse ante el Rey, y pronunció estas acusadoras palabras:
—¡Rey y señor clementísimo, escuchad mis quejas! Noble sois, y grande y magnifico: a todos dispensáis justicia y gracia: apiadaos, pues, de los inmensos males, que, con harta vergüenza mía, he sufrido del zorro Urdemalas. Sobre todo, señor, compadeceos de mi esposa, a quien el criminal ha deshonrado, y de los daños inferidos a mis hijos. ¡Ay de mí! Los ha emponzoñado con el líquido corrosivo que despide su cola, y tres de ellos padecen en mi hogar tristísima ceguera. En lenguas de todos andan, a la verdad, sus crímenes y demasías, y hasta se había fijado día para enderezar tan graves tuertos. El malvado obligóse con juramento a subsanar cuantos perjuicios ha causado; pero pronto varió de parecer, y se refugió veloz en sus inaccesibles guaridas. Sábenlo bien todos los nobles que en este momento me rodean. ¡Señor, en muchas semanas, y aunque hablare día y noche, no podría referir los tormentos que el miserable me ha causado! Si todas las telas de damasco tejidas hasta ahora se trasformaran en pergamino, no podrían escribirse sus innumerables maldades. Cállome, pues, no obstante que la deshonra de mi esposa me desgarra el corazón. Empero, ¡yo la vengaré, suceda lo que quiera!
Cuando Tragabombas habló de esta manera, un perrillo, llamado Cobarduelo, se adelantó hasta la presencia del Rey, diciendo en mal francés, que su miseria era grande, y que Urdemalas le había hurtado su única hacienda, la cual consistía en un pedacillo de salchicha, que tenía escondido entre unas zarzas.
Escuchando a este nuevo acusador, el gato Bigotieso dejó escapar un prolongado maullido, y plantándose de un salto en medio de la concurrencia, dijo con voz colérica:
—¡Ninguno, oh, monarca poderoso, ninguno sino V. M. debe lamentar los delitos de ese desalmado! Yo sostengo que no hay uno sólo de los aquí presentes, pequeños o grandes, jóvenes o viejos, que deba temer tanto al malhechor como V. M. misma. Sin embargo, la queja de Cobarduelo no tiene hoy importancia alguna, habiendo trascurrido algunos años desde que se verificó ese suceso. ¡La salchicha era mía! Entonces debí quejarme. Había salido una noche de casa con objeto de explorar el campo: ya regresaba tristemente a mi domicilio con las manos vacías, cuando la casualidad me deparó abierta la puerta de un molino. Como encontrase dormida a la molinera, lleguéme a ella en silencio, y me apoderé de una magnifica salchicha que estaba junto al fuego. Confieso sin rebozo esta fechuría, y si Cobarduelo tenía algún derecho a aquella presa, hubo de agradecerlo a mi trabajo.
Trazas llevaba Bigotieso de prolongar extraordinariamente su perorata, si la Pantera no le hubiese atajado, diciendo:
—¿De qué sirven tantas palabras y lamentos? ¿Prueban algo acaso? ¿No es notorio el delito? Urdemalas es un ladrón; un asesino. Lo afirmo sin miedo. Bien saben estos señores que es capaz de todos los crímenes. Cierta estoy de que, si los grandes de este reino, si nuestro poderoso soberano perdiese honra y bienes, se reiría a carcajadas, si ello le reportara una sola pierna de capón asado. Más dejando esto a un lado, permitidme que os cuente el agravio que ayer infirió a Rabiblanca la liebre. Vedla ahí, ¡pobre e inofensiva criatura! Figuraos que el bribón de Urdemalas, fingiéndose devoto, se ofreció a enseñarla en un abrir y cerrar de ojos todas las oraciones que debe saber un sacristán. Aceptada la proposición, sentáronse uno frente a otro, y empezaron a recitar el Credo. Pero ¿cómo había de renunciar Urdemalas a sus antiguas mañas? Desentendiéndose de la paz acordada por nuestro Rey, y del salvoconducto que llevaba, oprimió entre sus garras a la desgraciada Rabiblanca. Yo, que atravesaba entonces el camino, oí el cántico de ambos; escuché sorprendida, y al acercarme, conocí al punto a Urdemalas, que apretaba el cuello de la mísera liebre. Seguramente la hubiera arrancado la vida, si por dicha no hubiese yo pasado por allí. ¡Miradla, pues! ¡Mirad sus heridas! ¡Contemplad a esa piadosa hembra, incapaz de ofender a nadie! ¿Y consentirá nuestro monarca, consentiréis vosotros, señores; que un miserable ladrón se burle así de la paz, del salvoconducto y de las reales pragmáticas? Si esto sucede, el soberano y sus hijos oirán sin duda amargas reconvenciones de cuantos rinden culto al derecho y a la justicia.
Apenas hubo acabado la Pantera, el lobo Tragabombas tomó nuevamente la palabra.
—Todo quedará como hasta aquí, dijo, y por desgracia, nunca deberemos a Urdemalas sino ultrajes y perfidias. ¡Ay! ¡Ojalá hubiera muerto largo tiempo hace! Tal es el unánime deseo de las gentes honradas. Pero si ahora también se le perdona, no tardará en engañar audazmente a los mismos que debían castigar sus maldades.
Ninguno de los circunstantes habría levantado la voz para vindicar al acusado, a no ser el tejón Barbafosca, sobrino de Urdemalas, que comenzó entonces su discurso, y defendió a su tío con bríos, aunque con una doblez harto notoria.
—Tan rancio como verdadero, dijo, oh, señores, Tragabombas es el proverbio vivo, que dice: «Nada bueno puede oírse de labios de un enemigo». No es extraño, por tanto, que mi señor tío no deba congratularse de vuestras benévolas frases. Sin embargo, esto es muy fácil de explicar. Si él estuviese aquí, en la corte, como vuestra señoría, y disfrutase de favor, y la gracia del Rey le protegiese, de seguro os baria arrepentir de haberle calumniado, resucitando esos cuentos de viejas. Pero calláis el mal que habéis hecho a Urdemalas, cuando algunos de los señores presentes saben bien que ambos celebrasteis un pacto, por el que os obligabais recíprocamente con juramento a vivir como dos hermanos. Debo recordar esto, porque sólo por vuestra causa se expuso a graves peligros durante el último invierno. Un carretero transitaba en cierta ocasión por el camino real, conduciendo una carga de pescado fresco. Olfateasteis desde lejos la mercancía, y la hubieseis saboreado de todo corazón si vuestros fondos lo permitieran. Mas, desgraciadamente, no teníais blanca en el bolsillo. No sabiendo cómo satisfacer el hambre que os aquejaba, demandasteis auxilio a mi señor tío, quien con su acostumbrada astucia, se fingió muerto, tendiéndose a lo largo del camino. ¡Por el cielo, que la aventura era muy arriesgada! Observad, sin embargo, cuál fue la paga que recibió el valiente Urdemalas. Llegó el carretero al sitio en que él estaba, y como le viese tendido en el surco trazado por las ruedas, sacó su cuchillo para despanzurrarle cuanto antes. El zorro, siempre astuto, no se movió, ni aun guiñó un ojo. De repente, variando de intención el carretero, lo arrojó en su carro, y empezó a calcular alegremente cuánto daría un disecador por la soberbia piel del animal que encontrara sin vida en el camino. ¡Fijaos bien, señores, en el peligro a que se expuso mi tío por complacer a Tragabombas! Mientras el carretero, embebido en sus cuentas, se aproximaba al término de su viaje, mi buen tío iba sembrando la tierra de pescados. Tragabombas se deslizaba furtivamente detrás, y los devoraba a su antojo. No era posible que Urdemalas viajase a gusto muchas horas de aquel modo. Incorporóse, pues; saltó del carro, y quiso participar del festín. Pero Tragabombas se lo había engullido todo: llenóse el vientre de tal manera, que creyó reventar. Sólo dejó las espinas que ofreció cordialmente a su esforzado amigo… Escuchad ahora otra aventura, tan verdadera como la anterior. Llegó a noticia de Urdemalas, que en la casa de cierto labrador yacía colgada de un gancho la canal de un rollizo cerdo, muerto aquel mismo día. Participó lealmente al lobo su descubrimiento, y ambos se encaminaron allá, resueltos a participar de iguales ventajas y peligros. Sin embargo, los riesgos y trabajos fueron sólo para uno. Trepó mi tío por la ventana; deslizóse en la habitación, y con no pocos apuros arrojó al lobo la codiciada presa. Por desgracia, había perros en la casa, que olfateando al intruso, le acometieron con furor, zamarreándolo de lo lindo. Herido y maltratado, escapóse Urdemalas; buscó a Tragabombas; contóle su infortunio, y le pidió su parte de botín. «He reservado para ti un trozo exquisito, contestó el taimado lobo: ve, pues, y róelo a tus anchas, que te sabrá a gloria». Y presentó el exquisito bocado, que no era otra cosa sino el gancho de madera del cual había colgado su cerdo el labrador. La rica lonja de tocino, había sido devorada por el injusto y ávido lobo. Urdemalas no podía hablar de rabia: ya imaginareis vosotros mismos cuáles serían sus pensamientos. No hay duda, oh, Rey, que el lobo ha jugado a mi tío más de cien pasadas como ésta. Cállolas, sin embargo, y si se le obliga, el mismo Urdemalas se presentará aquí, para vindicarse mucho mejor que yo pudiera hacerlo. Por lo demás, creo que, tanto V. M., oh, Rey bondadosísimo y muy noble soberano, como estos señores, habrán comprendido perfectamente que Tragabombas delira al hablar de su esposa y de su honra en los términos en que lo ha hecho, cuando debiera defender ambas cosas con su alma y con su vida. Unos siete años, y aun más, habrán pasado desde que mi tío consagró su fe y su amor honesto a la bella señora Gilimunda, declarándoselo así en un baile de máscaras. Tragabombas viajaba a la sazón, según tengo entendido. La noble dama ha mostrado a Urdemalas en más de una ocasión el afecto que le profesa, y la fina amistad con que le distingue. ¿Qué extraño es esto? ¿Se ha quejado ella acaso? Al contrario. ¿No vive y está buena, que es lo principal? Si el lobo fuese discreto, no hubiera pronunciado esas palabras, que sólo a él avergüenzan.
Y después de un instante de silencio, que empleó el tejón en tomar aliento, añadió:
—Vengamos ahora al cuento de la liebre. ¿Qué es cuanto se ha dicho sobre que mi excelente tío quiso asesinar a Rabiblanca, sino rumores vanos y sin el más leve fundamento? Por ventura, ¿no ha de castigar el maestro al discípulo desatento y poco aplicado? ¿Ningún freno se ha de poner a la niñez? ¿Cómo se educará la juventud, si la frivolidad y los malos hábitos se arraigan en tan tiernos corazones? Ha poco se lamentaba Cobarduelo de haber perdido en un zarzal durante el invierno un pedacillo de salchicha. Más le valiera haber callado. ¿No sabemos, acaso, que la robó? Bienes que así se ganan nunca pueden aprovechar. ¿Quién, pues, acusará a mi tío de haber robado a un ladrón? Menester es que los hombres de noble alcurnia se hagan temibles, y aun odiosos a los delincuentes. Nadie negará que, si entonces hubiese ahorcado a Cobarduelo, merecería perdón. Dejólo, sin embargo, en libertad, por honrar al Rey, pues sólo pertenece a S. M. el derecho de vida o muerte. Pero por justo que sea mi tío, por mucho que castigue los delitos, nunca tendrá siquiera el consuelo de que se lo agradezcan. Desde que se promulgó la paz de orden del Rey, nadie es tan obediente como él. Ha cambiado de vida; sólo come una vez al día; aseméjase a un cartujo; se mortifica; lleva un cilicio en su desnudo cuerpo, y ha renunciado largo tiempo hace a la carne de animales monteses y domésticos. Así me lo dijo ayer un respetable sacerdote que lo visitó. Además de esto, ha abandonado a Malparto, su castillo feudal, edificándose una miserable ermita, que piensa habitar con su mujer e hijos. ¡Si le vieseis ahora; si observarais su flaqueza, tendríais piedad de sus sufrimientos y de los rigores del hambre y de la sed que soporta persistentemente! ¿Cómo ha de perjudicarle que aquí todos le acusen? ¡Que venga, pues, que venga; defenderá su derecho, y llenará de oprobio a sus enemigos!
Aquí dio fin a su arenga el locuaz Barbafosca, a tiempo justamente que apareció ante el Rey el gallo Donaire, vestido de luto, y rodeado de su familia, excitando en los circunstantes no poca sorpresa.
En un negro ataúd traían decapitada a la gallina Escarbadora, la mejor de las cluecas. ¡Ay! ¡su sangre había corrido, y era Urdemalas quien la había derramado!
Nueva acusación contra el pérfido zorro.
Cuando el honrado Donaire se presentó, profundamente afligido, delante del monarca, le acompañaban otros dos gallos, enlutados también. Reñidor se llamaba el uno, el gallo más valiente que cantara entre la Holanda y la Francia. Su compañero, que en nada le cedía, apellidábase Cantaclaro, y era tan bizarrote como pundonoroso. Ambos traían antorchas encendidas, porque eran hermanos de la víctima. Sus gemidos y maldiciones contra el asesino llenaban el espacio. Dos gallos más jóvenes, casi imberbes, sostenían el ataúd, pudiendo escucharse a muy larga distancia sus interminables lamentos.
Dominando lo mejor que pudo su emoción, y después de enjugarse las lágrimas, el apenado Donaire habló de esta manera:
—¡Nosotros deploramos una pérdida irreparable, señor y Rey clementísimo! ¡Tened misericordia: compadeceos de mí y de mis pobres hijos, hondamente afligidos! ¡Contemplad la obra de Urdemalas! Pasado ya el invierno, cuando las hojas, los retoños y las flores nos convidaban a la alegría, regocijábame con mi prole, que pasaba avispada conmigo los días más felices de la vida. ¡Diez hijos jovencitos, con catorce hijas, llenos de salud y contento, criados de una vez por mi esposa, la más amable de las gallinas! Todos estaban sanos y rollizos, y devoraban con extraordinario apetito su cuotidiano alimento. Nuestro corral pertenecía a un rico monasterio; defendíanos una alta tapia, y seis fieros mastines, esforzados guardianes de sus dueños, amaban a mis hijos y velaban por ellos noche y día. El pérfido Urdemalas, sin embargo, desesperado al saber que éramos felices y que estábamos al abrigo de su glotonería, se deslizaba cautelosamente a lo largo del muro, y espiaba la puerta del corral; pero los perros le observaban, y para escapar de ellos, necesitaba, en verdad, de toda su ligereza. Por fin, le atraparon una vez, y dejó entre sus dientes la mitad del pellejo. Libróse, no obstante, a duras penas, dejándonos en paz durante algunos días. Empero, no habían trascurrido dos semanas, cuando llegó disfrazado de fraile, trayéndome una carta sellada. Examiné el sello, que era el de V. M., y leí luego la carta, por la cual se establecía paz duradera entre cuadrúpedos y aves. El taimado Urdemalas dijo que se había hecho fraile, y que acababa de pronunciar los votos más rígidos, para expiar sus pecados, cuya enormidad le era ya harto notoria. Nadie, pues, tenía que temerle, habiéndose obligado solemnemente a renunciar a la carne para siempre. Dejóme examinar sus miserables vestidos, y me enseñó un gran rosario que oprimía entre sus manos. Mostróme además un testimonio de santidad, que le había expedido el prior de su convento, y para tranquilizarme por completo, un cilicio que llevaba para su mortificación y enmienda. Al despedirse de mí, añadió: .
—¡La Providencia os guarde! Mucho tengo que hacer todavía: fáltame atender a mis oraciones.
Y leía en su breviario, mientras maquinaba muchos males y revolvía en su cabeza los medios de perdernos.
Yo, entonces, tranquilo ya, y gozoso, participé a mis hijos la alegré nueva que nos traía la carta de V. M., y todos se regocijaron en extremo. Si Urdemalas se había hecho fraile, nos veíamos libres de cuidados y temores.
Salí entonces con mi familia fuera de la cerca, contentos todos de vernos en libertad.
Desgraciadamente nos aguardaban males sin cuento. Urdemalas estaba emboscado en un zarzal, y al vernos, se interpuso dando saltos entre nosotros y la puerta; atrapó el más hermoso de mis hijos; llevóselo consigo, y desde entonces, desde que llegó a saborearlos, no nos dejó un instante de sosiego. Siempre en acecho, ni perros ni cazadores nos defendían de sus ataques diurnos y nocturnos. De esta manera me arrebató uno a uno casi todos mis hijos: ¡cinco sólo me quedan, de veinte y cuatro que eran! Los demás han sido devorados por él. ¡Oh, compadeceos de mi amargo dolor! ¡Ayer asesinó a mi hija mayor, cuyo cadáver salvaron los perros! ¡Vedla, vedla aquí sin vida! ¡Él es el asesino! ¡Vengadla, oh, señor!
Un silencio imponente, aterrador, sucedió a las palabras del infeliz Donaire.
Hubiérase podido oír el vuelo de una mosca que cruzara sobre las cabezas de los que presenciaban tan lúgubre espectáculo.
El Rey, que parecía extraordinariamente irritado, reclamó la atención del auditorio por medio de un terrible rugido, y dirigiéndose al tejón:
—¡Acercaos, Barbafosca, dijo, y os convenceréis de cuáles son las mortificaciones de vuestro señor tío, y cuán sincero su arrepentimiento! Si Dios me da sólo un año de vida, yo prometo que su contrición será verdadera. Pero ¿a qué hablar más de esto? Escuchad, afligido Donaire: que se tributen a vuestra hija todos los honores debidos a su rango. Hágasele un funeral suntuoso, y sea enterrada con gran pompa. Después deliberaremos con estos señores acerca de los medios de castigar al delincuente.
Según había ordenado el monarca, celebráronse al punto unas magníficas exequias. El pueblo acudió en tropel a la iglesia, entonando el Domino placebo. No me sería difícil nombrar también los chantres y demás clérigos que cantaron los responsos; pero se perdería con esto un tiempo precioso, que debe invertirse en la narración de otros sucesos más importantes.
El cadáver fue depositado en un panteón de mármol, pulido como el cristal, tallado en cuadro, alto y espacioso. En una de sus caras se había grabado este epitafio en caracteres bien legibles:
«Aquí yace La Escarbadora, hija del gallo Donaire, la perla de las gallinas, que puso huevos a millares, y a quien ninguna otra superó en escarbar la tierra con brío y elegancia. Aquí yace, oh, caminante, arrebatada a sus deudos y amigos por el crimen de Urdemalas. Que las cien lenguas de la fama publiquen su maldad y alevosía, y la irreparable pérdida de esta flor malograda».
Terminada la ceremonia, convocó el Rey a los varones más prudentes dé su consejo, para deliberar con ellos y castigar delito tan notorio.
Después de un maduro y prolongado examen, acordaron al fin que se enviase un mensajero al astuto criminal, para intimarle que no se ausentase del país, y que a su cuenta y riesgo se presentase en la Real Audiencia el primer día de tribunal. Eligióse para desempeñar esta delicada comisión al oso Melfagor, a quien el Rey habló de esta manera:
—Nos, vuestro Rey y señor, os encargamos que con toda diligencia cumplimentéis nuestras órdenes. Pero ¡mucha previsión y mucha cautela! Urdemalas es falso y traidor, avezado a todo género dé astucias, y os adulará, y os engañará, y se burlará de vos como él sólo sabe hacerlo.
—¡No será así! replicó el oso lleno de confianza: tranquilícese Y. M. Si su presunción llegase hasta el extremo de atreverse a cometer la más leve imprudencia, le haré sentir tan terriblemente el peso de mi mano, que conservará de él memoria eterna. Obligóme a pagar con mi cabeza, si no salgo con gloria de esta empresa.