País Poema

Autores

joaquina garcía balmaseda

maría inmaculada





Sólo se alzó hasta Ti mi pobre acento




En oración cristiana:




Nunca osó temeroso el pensamiento




De humilde inspiración bajo el amparo,




Llegar hasta tu asiento,




Que cercan los querubes




y sostienen las nubes




Sobre el ropaje azul del firmamento.




Nunca, nunca pulsé la lira mía




Al nombre de María,




Porque juzgué, Señora, que cantarte,




Sólo aquellos debieron




Que del cielo la dulce melodía




Para sus tiernos cantos recibieron




Y robaron al arte sus primores




Su cadencia a los suaves ruiseñores,




Y la arrogancia para alzar su canto




Al águila altanera,




Que rauda tiende el vuelo,




La tierra deja, por la nube rompe,




Y el sol mismo amenaza en su carrera,




Y va a perderse en la celeste esfera




Por temor a lo pobre de mi canto




Hasta tu trono santo




Mi lira no elevó tímidos ecos,




Pero ya de mi pecho alborozado




Se escapa el sentimiento




Que estuvo hasta hoy callado,




Y a Ti vuela mi acento,




Y en pos de Ti se lanza,




Y ya temor no advierte,




Que en Ti miro la vida de mi muerte,




Mi norte y mi esperanza.




Oh! Salve en Ti, María




A la casta doncella




Que la cabeza del dragón impío




Holló bajo su huella;




La que inclinó su frente




De su Dios a la voz, y humilde dijo




Con labio reverente:




«He aquí, Señor, tu esclava:




Hágase en mí según tu amor contaba.»




Bendita en Ti la esposa, que su nombre




Enlazó con el hombre,




Por ser su madre nueva




Borrando el crimen que aún el mundo llora




De la Eva pecadora,




La inmaculada, la cristiana Eva!




Si una mujer el mundo




Pudo lanzar de un golpe en el profundo




Abismo de los males,




Otra de santa abnegación ejemplo,




Abrió a los fieles el cerrado templo




De gracias celestiales…




Raro contraste, singular misterio,




Que el ánimo suspende, el alma eleva,




Y hasta su Dios la guía




Él con liberal mano




Los males atajó, y augusto quiso,




Si una mujer la humanidad perdiera,




Que otra mujer viniera




Y con su amor la humanidad salvara!




Gloria a la Madre que apuró hasta el fondo




El cáliz de amargura,




Y en su propio dolor encontrar pudo




Tesoro tal de maternal ternura,




Que acoger le dejó en su amor al hombre,




Que con feroz, sangriento regocijo,




Enclavado en la cruz le dio a su Hijo!




Tan sólo quien tuviera




Origen celestial, y Dios criara




Para madre del Verbo, y la eligiera




Para que al hombre mísero salvara,




Ejemplo tal de amor al mundo diera!




Aunque necia e impía




La humanidad por madre te negara




Yo tu gloria cantara,




Tu piedad implorara el labio mío,




Por Ti mi frente al polvo se humillara,




Y con ojos que viven




Dentro del pensamiento




Y la luz solo de la fe reciben,




Sobre el azul del cielo




Buscárate con fervoroso anhelo!




Oh! Si un día perder debiera el alma




La venturosa calma,




Que por mares tranquilos hoy la guía,




Para lanzarse en mar ¡ay! borrascosa,




No me quites jamás, Señora mía,




La fe que en Ti reposa,




Que con ella mis penas




No han de creerse de consuelo ajenas.




Mi fe me hizo volver a Ti los ojos,




Ya por el llanto rojos,




En esas horas de mortal quebranto




En que el alma, en aislado sufrimiento




Y callado tormento,




Quiere huir de sí propia con espanto;




Y al volverlos a Ti, cual la tormenta




Que alborota los mares,




El iris calma, la bonanza advierte,




Y al navegante alienta;




Así en el alma mía




Huyeron los pesares




Al invocar el nombre de María!




Qué fuera de los míseros mortales




Si en tu amor no vivieran y esperaran?




Quién calmará sus males?




Quién sus quejas oyera,




Y por ellos, Señora, intercediera?




Oh! no; el pesar humano.




Límite de dolor mayor no alcanza




Que a perder su esperanza,




Y eres Tú la esperanza del cristiano.




Nunca, nunca te pierda el alma mía!




Sé Tú mi escudo, sé Tú mi consuelo,




Y el alma acoge y guía




Cuando deje este suelo,




Y a más perfecto mundo tienda el vuelo!




Deja que en mis placeres te bendiga




Y en mi dolor te implore




Deja que a tus pies llore




Y mis penas te diga;




Deja en fin elevar mi pobre canto




Hasta tu trono santo,




Y ve, Señora mía,




Que a falta de ecos de la lira mía




Te ofrece el pecho, con su fe escudado,




Un corazón en lágrimas bañado,




Que a Ti reza, a Ti acude y en Ti fía.