santos inocentes
La maldad de los hombres
dormía hoy en el algodón dulce de las sábanas blancas,
acurrucada en el duermevela al borde de la realidad;
intenté muñir alguna mentira con urdimbre,
mentiras de papel maché, aparentes a simple vista,
como la propia solidez del mundo,
pero la luz las traspasaba por sus muchas rendijas.
«¡Inocente, inocente,
no te sabes ninguna mentira ingeniosa,
no sabes que eres inocente!»
Músicos callejeros tocaban ajenos a la multitud,
ensimismados, habían olvidado el sombrero bocabajo;
un vagabundo con un cuenco extendido deambulaba errático,
parlamentaba solo, sin saber ya cómo pedir caridad;
una gitana maldecía a voces, condenándose a sí misma,
mientras leía en su mano los augurios de su propio destino.
«¡Inocentes, inocentes,
no saben sacarle provecho a las cosas,
no saben que son inocentes!»
Cada baldosa de la calle
emitía una burla a los inocentes,
pero la propia inocencia les hacía de coraza.
«¡Inocentes, inocentes,
se ríen de ustedes sin que se den cuenta,
ay, no saben que son inocentes!»