ofrenda
La llama de una vela, amor,
para apaciguar los espíritus de la casa,
y jazmines blancos perfumados
para purificar la nostalgia adherida a sus rincones.
Es de noche y los desconchados de las paredes
apenas murmuran ya desconsolados.
La fría oscuridad
me ha hecho sentir más solo que nunca,
y me ha revelado su secreto:
somos seres que vagan como polvo solitario,
disgregados en la amplitud del universo,
hijos para siempre del caos primigenio.
Me he contemplado a mí mismo
y no he visto más que un profundo abismo,
la negra sombra de mi propia soledad.
La llama de esta vela
y estos jazmines perfumados que llenan la casa
no son una canción triste, a pesar de todo,
sino una ofrenda apremiante:
hay que resplandecer, amor mío,
resplandecer en la oscuridad.