País Poema - Autores

iván bethencourt

mi tío carlos

Un día brillante despuntaba
entre los repliegues de la imperceptible llovizna,
todo está dispuesto para el gran milagro,
como una ofrenda a los dioses del tiempo:
los tesoros están en su apogeo
y se insinúan al alcance de la mano,
infinitos como nubes de estrellas
en las dunas siderales del cosmos.
Las partículas del aire están imantadas
por siglos interminables de tormenta,
tempestades atómicas que reducen a ceniza
cada pequeño atisbo de flores en la hierba fragante.
Un hombre lóbrego despertó de su propia pesadilla,
pero aún, amor mío, no se ha dado cuenta,
queda muy poco tiempo,
apenas una posibilidad infinitesimal
antes de que la materia en su totalidad
vuelva a ser destruida para siempre,
porque solo hace falta un parpadeo,
un solo instante de lucidez (de locura quizás),
entonces todo vuelve a resurgir
como si nunca antes hubiese existido,
como si nunca antes hubiese habido memoria,
como si todo hubiese sido eterno desde siempre,
antes, amor, de que llegue a convencerse
de que el infierno tormentoso de su quebranto
es todo el universo.