madrugada
Nunca he logrado reconciliarme con la noche,
me han aterrado desde siempre sus esquivas metamorfosis,
sus oscuras sinrazones en el tránsito del tiempo:
una día que se transubstancia en otro milagrosamente,
recreándose toda la materia del universo desde las cenizas,
desde el más absoluto e inorgánico vacío.
Pero esta noche soy caminante sin nombre
bajo el hirsuto manto de la negrura brumosa que la sostiene,
mis pasos huellan temerarios la espesura de las tinieblas
adentrándose en sus recovecos,
allí, en los repliegues entrópicos de un instante preciso:
quizás allí, donde la hora última fenece en su último aliento
y justo una fracción infinitesimal antes de anunciarse la primera,
allí, amor mío, allí he de encontrarte,
al conjuro de mis temores subterráneos,
usando como puerta un sutil vórtice en el espacio-tiempo.
Pero la noche tiene sus propias reglas,
a pesar de no respetar ni una sola conocida:
una lluvia fina espolvorea mi rostro
y me hace llegar el aroma imantado de una tormenta,
una tormenta suave y de gráciles fosforescencias;
la delicada lluvia se ha impregnado del sabor de tu boca:
fugazmente, te he besado.