desierto
El espíritu de la tormenta residía aún en el mar
cuando el dios sol perforó el cielo desnudo;
emergió del horizonte con aire majestuoso
y reinó finalmente sobre los fantasmas del otoño.
Crepitó en el ambiente como una hoguera atómica,
bañado por un viento radiactivo de desierto;
mi garganta asfixiaba una calima oxidada
y en mis labios sedimentaba una costra salina,
que por fin sepultó todas las palabras bajo la arena.
Se ajaba en sangre la piel sedienta,
un viento de fiebre hablaba con claridad del invierno,
retumbando en mis sienes ecos de insomnio:
aún era madrugada en mi consciencia
y yo surcaba la sombra del mundo
presintiendo la enfermedad en los huesos.
Un mar de fondo latía en mis entrañas,
la superficial calma había embaucado el día,
había sido atrapado en un extraño vórtice,
pero yo aún debía encontrarte.