culpa
Inocentes, acaso ¿no somos todos inocentes?
¿No podemos ser testigos del mundo
y proclamar, solo porque existimos, la prístina verdad
de nuestra inocencia?
¿Cuándo se nos ha nublado el cielo
y hemos empezado a creer en la eternidad de la lluvia?
El hombre gris lloraba por su pasado
y reclamaba inocencia,
en su cueva gris,
con sus grises desconchados en las paredes.
Yo le miré a los ojos,
a sus ojos grises,
y supe de su verdad,
porque vi sus fantasmas reflejados en su pupila lluviosa:
era culpable de perecer en las fauces de su propio miedo,
de arremeter contra alambradas gigantes
que se alimentan de su desesperación electrificada,
como una tormenta a punto de desatarse.
Era culpable de ser inocente.
Era inocente de ser culpable.