año nuevo
Las cenizas del fin del mundo vuelven a materializarse,
lo hacen amparadas en la callada quietud del nuevo año,
en sus rescoldos silenciados de alcohol y humaradas de pólvora.
Todos los hombres habían muerto
la noche anterior,
ahogados en sus propios estertores,
bajo tierra con los gusanos carcomiendo su carne;
pero ahora regresan aletargados,
aturdidos por el milagro de la resurrección,
cuerpos rehechos y torpes,
criaturas fetales con un espejo autorreflejado en bucle
aprisionado en la consciencia.
Pocos saben, amor, que este mundo,
en su amanecida inocencia,
prendado de desiertos esquivos,
no existía ayer,
este mismo mundo, amor mío,
que parece una simple continuación del anterior.
La gente se saluda aterida de frío
y el cielo del invierno es como el de antaño,
aparentemente el mismo,
encajonado en el horizonte por nubes de lluvia,
imantadas, al igual que ayer, de tu nombre.
Pocos lo saben, amor,
pero hemos vuelto a nacer
desde el vacío más fundamental:
ayer toda la existencia se deslizó por un abismo
y la materia del universo fue destruida
hasta el último átomo,
en el fuego del caos primigenio
que precede a todo amanecer.