después de una noche estrellada
No sabía la curruca de Maryland
que la muerte compraría aquí su largo viaje,
su vuelo demasiado veloz hacia el calor.
Macho —lo dice el negro collarín—,
tuvo un corazón débil. Hoy descansa
el afilado pico sobre la mano que lo alzó.
Pesa apenas. El ojo diminuto,
que midió las distancias, los riesgos,
aún brilla negro mientras
lo más oscuro que enfrentó lo envuelve,
después de las estrellas de su última altura,
en la astrosa mañana que le brinda la tierra.
Lo que en ella cae, dicen,
pertenece a los muertos.
Debe esperar entonces en justicia
donde la tarde no lo asure,
bajo algún verde, el paso
de la misma especie que lo nutrió,
la hormiga enterradora,
cada astil de sus plumas sutiles,
ofrecido quizás a un alma astricta, sola,
que otros soles buscó y ya no espera.