casas embrujadas
Todas las casas donde los hombres han vivido y muerto
son casas embrujadas. Por las puertas abiertas
se deslizan inofensivos fantasmas en sus quehaceres,
con pies que no hacen ruido sobre el suelo.
Los encontramos en la puerta, en la escalera,
a lo largo de los pasillos por donde van y vienen,
impresiones impalpables en el aire,
una sensación de algo que se mueve de un lado a otro.
Hay más comensales a la mesa de los que invitamos,
el salón iluminado está atestado
de tranquilos y amables fantasmas,
tan silenciosos como los cuadros en la pared.
El extraño junto a mi chimenea no puede ver
las formas que veo ni oír los sonidos que escucho;
sólo percibe lo que es, mientras que para mí
todo lo que ha sido es visible y claro.
No tenemos títulos sobre casas ni tierras;
dueños y ocupantes de fechas anteriores,
de tumbas olvidadas, extienden sus manos polvorientas
y se aferran a sus antiguas propiedades.
El mundo espiritual alrededor de este mundo de los sentidos
flota como una atmósfera, y por todas partes
respira a través de estas nieblas y vapores terrenales
un soplo vital de aire más etéreo.
Nuestras pequeñas vidas se mantienen en equilibrio
gracias a atracciones y deseos opuestos:
la lucha entre el instinto que disfruta
y el instinto más noble que aspira.
Estas perturbaciones, este perpetuo alboroto
de deseos y terrenales aspiraciones,
provienen de la influencia de una estrella invisible,
de un planeta no descubierto en nuestro cielo.
Y como la luna, desde algún oscuro portal de nubes
arroja sobre el mar un puente flotante de luz,
a través de cuyos tablones temblorosos nuestras fantasías
se agolpan en el reino del misterio y la noche,
Así desde el mundo de los espíritus desciende
un puente de luz que lo conecta con éste,
sobre cuyo suelo inestable, que se balancea y se dobla,
vagan nuestros pensamientos sobre el tenebroso abismo.