la muerte no es nada
La muerte no es nada.
No cuenta.
Solo he pasado a la habitación contigua.
Nada ha pasado.
Todo sigue exactamente como era.
Yo soy yo, y tú eres tú,
y la antigua vida que vivimos juntos con tanto cariño permanece intacta, sin cambios.
Lo que éramos el uno para el otro, lo seguimos siendo.
Llámame por el antiguo nombre familiar.
Habla de mí en la forma simple que siempre usaste.
No cambies tu tono.
No fuerces un aire de solemnidad o pena.
Ríete como nos reíamos de las pequeñas bromas que disfrutábamos juntos.
Juega, sonríe, piensa en mí, ora por mí.
Que mi nombre sea la palabra familiar que siempre fue.
Que se pronuncie sin esfuerzo, sin el fantasma de una sombra sobre él.
La vida significa todo lo que alguna vez significó.
Es lo mismo que siempre fue.
Hay una continuidad absoluta e ininterrumpida.
¿Qué es esta muerte sino un insignificante accidente?
¿Por qué debería estar fuera de la mente porque estoy fuera de la vista?
Sólo estoy esperándote, por un intervalo,
en algún lugar cercano,
justo a la vuelta de la esquina.
Todo está bien.
Nada está herido; nada se pierde.
Un breve momento y todo volverá a ser como antes.
¡Cómo nos reiremos de la molestia de separarnos cuando volvamos a encontrarnos!