Era como un biznieto de Federico Nietzsche.
Era el acólito predilecto de Georges Sorel.
Era como un sobrino de Ernesto Hemingway.
Era el niño que lee a Spengler en lugar del Evangelio.
Era como el novio de Arturito Rimbaud.
Era el valet de chambre de Isidore Ducasse.
Era el kinder compañero de Capote y de James Dean.
Era el office-boy de Arturo Strindberg.
Era el peor recuerdo de Oscar Wilde en París.
Era el robafichas de Dostowieski en Baden Baden.
Era el firma manifiestos de John Osborne.
Era hijo secreto de Gertrude Stein y Bertold Brecht.
Era cliente fijo de Freud y de María Bonaparte.
Era el pianista favorito de Bela Bartock.
Era de los teen-agers que la noche cuelga en la 42.
Era taquígrafo de Henry Miller y de Ezra Pound.
No nació en Gales: nació en un cuento de Williams, Tennessee.
Y con todo eso, un día, ¡chas!,
Los bosques de Escocia sintieron caer un árbol
Que había sido muy remecido por el ventarrón de la poesía.
Y aquí yace, cubierto por la espuma de la cerveza
Y ahogado por la amarguísima leche de la vida,
aquí yace, Dylan Thomas.